Tata Juan Victoriano

 

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La vida es como la música: Tata Juan Victoriano

 

Se canta y se toca por puro gusto, por puro amor

 

       Sí, es cierto, la vida es como la música: a veces triste, cargada de melancolía; otras tantas alegre, llena de fiesta; de pronto con el ritmo apresurado o con la melodía gratificante; en ocasiones escasa de notas, como los panes que huyen de las cocinas… por eso yo, mientras viva, seguiré inundado de ella para compensar las carencias que el caminar sobre el mundo nos va dejando impresas en la carne. Seguiré tejiendo pirekuas, seguiré haciendo llorar el violín para que los pájaros no olviden que al fin de cuentas somos hermanos.

 

      Hoy hemos querido traer a esta página a un músico, a un compositor p'urhépecha, a un poeta sencillo pero tan profundo como el que más, a Tata Juan Victoriano Cira, quien ha alegrado más corazones que gotas de agua han caído en un siglo, desde que vio la luz primera en los cielos de San Lorenzo, hace ocho décadas.

 

      No le pediremos que nos cuente sólo de las cientos de sones, de abajeños, de pirekuas y otras composiciones que ahora andan en los clarinetes y saxofones, en las guitarras y violines de tantas bandas, orquestas y solistas; sino también de cómo vive la injusticia de haberle servido tanto al amor como a la muerte, a la fiesta como a la tragedia, a las flores, al viento, a lo mero íntimo pues del corazón de miles y miles de hombres y mujeres de las últimas generaciones, y de no haber recibido nunca nada de nadie, o casi de nadie -a no ser el cariño de la familia-, y de vez en cuando un papel donde dicen que le reconocen quien sabe qué, y que no sirve sino para la foto que agrandará el currículo cultural de quien lo firma y lo entrega.

 

      Es decir, le interrogaremos de esa suerte maldita –pero mejor dicho, del abandono- de los compositores purépechas, a quienes jamás les importó eso de los derechos de autor; de los colegas suyos que le han muerto en la pobreza total sin recibir nunca un peso siquiera de lo que llaman regalías de sus hechuras artísticas; y ni qué decir de algún programa, de algún fondo, de alguna compensación por cualquier vía, que les distrajera la crudeza de sus necesidades, pues esas no son ocupaciones del Estado, preocupado en engrandecer a la patria en las promesas globalizadoras.

 

       Pero no le hace, él, Tata Victoriano, lo sabe, como lo saben y supieron los otros, los que fueron muriendo mientras en algún pueblo, u hogar, estaban de fiesta con su música: tocaron y cantaron por puro amor, y por eso seguirán viajando por el tiempo y por el corazón de los hombres buenos. Pero le pediremos también que en las próximas dos semanas nos cuente de esas alegrías –reales y ficticias- que le llegaron con el alcohol, cuando lo tomó por gusto primero, y cuando aquel se lo tomó a él, mientras otros hombres se vestían de locura para los pleitos, o de alegría para reír bajo el tronido de los cuetes, o de las cascadas de luces de los castillos que se quemaban al ritmo de sus abajeños.

 

        Estaremos pues con Tata Juan, iremos a su troje a charlar largo y tendido y a escuchar su violín, al tiempo que le arrancamos los recuerdos que le han quedado, los sufridos, los gozados, los brutales, los que nunca supieron de las prisas del reloj, los propios y ajenos; los primeros cuando hombre solo en su rodar por el mundo, encontró las manos de Dominga Cruz, cuando descubrió con ella el placer de darle más hijos a la tierra mientras las horas y los años pasaban. Dominga, la mujer con quien descubrió a plenitud que el amor es más dulce que la miel más dulce de las abejas, pero acidez también, amargura de pronto, aunque espacio insustituible entre los compositores, como entre los poetas todos, incluidos aquellos a quienes llamaron “los malditos”.

       

      Va pues nuestro modesto homenaje a este hombre a quien no lo enmudeció la tristeza, ni la alegría le hizo ir más allá de la prudencia musical; a Tata Juan Victoriano, el compositor erótico, el de los corazones apasionados y las flores; el de la vida y la muerte; uno más del directorio de los artistas purés que le siguen cantando a la luna y al zumbar de las chicharras.

 

 

 

Por: Martín Equihua Equihua

Información publicada en la página

Historias de Ayer ... Memorias de hoy

del diario la Opinión de Michoacán

Julio 20, del 2005. 

 


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