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Me
iba al cerro a traer música: Tata Juan Victoriano
Cada planta y cada animal, y hasta el pisar
de las mariposas, tiene un tono...
Yo me iba al cerro a bajar la música, a buscarla en los
sonidos del viento enredado en las hojas espinosas de los
pinos, o en las hojas anchas de los encinos, o en el canto
de los pájaros. Para que no se me olvidara, la “escribía por
allá, en el monte. Sí, allá escribía las notas que cantaban
los pájaros”.
-Estamos con Juan Victoriano una vez más, con el compositor
p'urhépecha que nos dará cuenta de parte de la arquitectura de
sus creaciones musicales; de las increíbles fuentes que
alimentan su inspiración, para que su música no sea leída
nunca como una manera de escaparse del mundo, sino como una
forma de rehacerlo, de aprender a vivir dentro de él y en
armonía con las cosas y los seres.
Hemos venido a preguntarle si es verdad que el mundo se va
ensordeciendo cada vez más a las voces de la naturaleza, y
si es por eso que no cesamos de destruir los bosques, las
aguas, los aires. Pero a preguntarle también, si a pesar de
ello la música sigue caminando sola, y si es conveniente que
nunca le digamos a un niño que no sabemos tal canción.
LA MARIPOSA, CERCANA AL SILENCIO
Algunas veces tenía yo motivos a la mano para componer una
pirekua, como la imagen de la señorita Clara y su jardín con
toronjiles morados, y entonces solo me quedaba “ir a bajar
la música del cerro”, porque todos los animales, los
coyotes, las ranas, los insectos, las víboras, todos, y
sobre todo los pájaros como el carpintero, el jilguero, la
golondrina, todos pues, pero toditos, tienen un tono;
igualmente las plantas, las piedras, el agua que baja por
las barrancas; todo tiene un acento cuando andas buscando
sonidos y no sólo leña en el cerro, no sólo animales para
matarlos, sino cuando buscas resonancias para componer
canciones; entonces te das cuenta que todas las cosas
hablan.
Cada hora del día tiene, del mismo modo, un sonido distinto,
tonos que le son propios; de igual forma los animales de las
casas, como las vacas corrientes que braman de una manera, o
las vacas finas que lo hacen de otra; o los perros que
caminan con un sonido si están asustados y con otro cuando
están alegres; o los borregos, a quienes por el puro cantar
les sabe uno si están llenos o si tienen hambre; o a los
becerros que chillan cuando necesitan a su madre, o que
suenan distinto cuando simplemente tienen pereza.
Pero también hay sonidos especiales, como el de la
chuparrosa que antes de pegarse a la flor, primero le canta,
le pide permiso, la seduce, para que ella, la florecita, se
le pueda abrir; no llega así nomás, sin chiste, a robarle su
miel, sino que tiene cierta cortesía para que le abran la
puerta y le ofrezcan el néctar.
Las plantas también cantan; los árboles como el pinabete
chiflan muy delgadito, muy agudo; el pino lacio silva más
grueso, y el pino chino más suavecito; el encino en cambio,
es como el bajo, chifla grueso. Y como la música es juntar
lo delgado con lo grueso y con el silencio, las montañas
siempre serán musicales, aunque los hombres que se quedaron
sordos no hayan dejado de agredirlas.
Las alas de las mariposas tienen un sonido cercano al
silencio, como otros animalitos que “tienen ruidos
escondidos”, y que me han servido para las músicas tristes
que le tocan a las tristezas de la vida. Cuando se posa una
mariposa en una hojita, apenas se oye el ruidito de sus
patitas, muy chiquito, pero ahí está, “o lo pensamos”, lo
imaginamos y nos recuerda como los sonidos se pueden ir
diluyendo en el silencio.
LA MÚSICA, EL LENGUAJE DE DIOS
Juan Victoriano sabe que de vez en cuando los vientos sobre
el monte también tienen color, ora son azules, ora blancos,
ora grises, ora negros; sabe que a su paso van
descubriéndole su voz a las plantas, pero que asimismo
enriquecen el trinar de los pájaros, desde la hora en que
las sombras se levantan, en que huyen porque la luz se va
derramando por doquier.
Sabe este Juan –nuestro protagonista musical de hoy- que así
como las chuparrosas piden permiso a la flor para entrar por
su miel, también el cielo lo pide para anunciar las lluvias;
pero más sabe que Dominga Cruz ha sido su musa por más de 60
años, desde que la descubrió llenando el cántaro de agua en
el arroyo; sabe que ella es y ha sido una fuente de mil
tonos, como ahora mismo que limpia unos hongos que llevará a
su fogón, mientras llega el breve diluvio dibujado en el
cielo pardo de San Lorenzo…
Las palabras de Juan Victoriano Cira tienen impresa la
música, y sus silencios parecen de roca, como aquellas que
arrojó el volcán, en el tiempo en que aun las montañas no
estaban desnudas; lo recuerda a plenitud, pues antes de la
erupción había descubierto ya que en todo hay tonos, antes y
después que la luz despierta a los pájaros, antes y después
del mecer de sus cabecillas, de las sacudidas desperezadoras
de sus alas, del estirar desentumecedor de una de sus patas
primero, de la otra después: siempre.
Sabe Juan que hay canciones de fuego, canciones rojas que
encienden al más helado de los hombres, o a la más fría de
las mujeres, como aquella de la florecita que le pide al
colibrí que regrese otro día a besar su cosita; sabe que hay
canciones de hielo también, de muerte. Sabe que las cosas,
como los seres, bajo la luz de la luna, también tienen sus
sonidos propios, inconfundibles.
Durante este viaje al corazón del artista p'urhépecha,
una conclusión nos sugiere, como buen creyente que es: “la
música es el lenguaje de Dios”, por eso nos habla con
soltura de las orquestas del monte, de los violines que
bajan del cielo en las lluvias desordenadas, de las bandas
que nacen en el rugir de las aguas que descienden en las
barrancas, de las arañas que rasgan las cuerdas de sus
guitarras, del canto caótico de los pericos, de los güiros
de la leña encendida, mientras este tecleador se roba unos
duraznos y unas manzanas con todo y sus tonos, aprovechando
que aquel sigue embelesado presumiendo su poesía.
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