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Hasta
el odio se debe vivir con amor:
Tata
Juan
Victoriano
No
todos los días llegan los tonos ni las letras, quién sabe
por qué
Hoy terminamos nuestra conversación con el músico y poeta
Tata Juan Victoriano Cira, quien ha alegrado con sus
pirekuas el corazón de los enamorados, pero quien ha
alimentado también las nostalgias, la tristeza incluso, con
los sonidos que ha bajado del cerro, de donde otros hombres,
menos sutiles, le desnudaron sus hogares a los pájaros que a
él le proveyeron de notas.
A sus 16 años, Victoriano Cira empezó a bordar su oficio de
compositor, y desde ahí no le ha parado, sino ha levantado
una construcción musical cuya estética se nutre de las voces
de la naturaleza agredida, de las intimidades de la vida
amorosa, de cierto erotismo que recorre sus canciones, tal y
como se percibe en sus intituladas pirekuas: Male Rosita,
Lindo México, Sebastianita, Hortensia Tsitsiki, Esos
Ojitos, Ay qué Dalia Tsitsiki, Jucheti Crusita, Francisquita
y muchas más, en las que, inevitables, sus personajes son
las flores, el viento, los pájaros.
No
siempre se puede hacer música...
No sólo es importante descubrir que alguien puede cantarle a
la vida, ponerle letras y sonidos hermosos para llevarla a
feliz término; también es importante saber que “dios lo
escogió a uno”, que escogió sus oídos, sus letras, sus
tonos, pero descubrir que no es para siempre; “en ocasiones
ando buscando el modo de cómo hacerle para componer, pero no
me llega la idea, puro en blanco me la paso, porque no es ni
todas las horas ni todos los días”
“Ni el tono, ni la letra, están siempre a la mano”; muchas
pero muchas veces, las más de la vida, ni con cerveza, ni
aguardiente, ni de noche, ni de día, ni en el cerro, ni
frente a los sonidos de los pájaros, ni frente a tal o cual
muchacha, ni bajo la luz tenue de la luna, ante nada llega
la belleza convertida en música. Hay días, semanas y hasta
meses que no se pueden “pensar cosas bonitas”, y los que no
saben de esto no lo entienden. Algunas veces, cuando alguien
le encargaba algo, y que él decía que no había podido
componer nada, hasta se burlaban, “¿cómo que no puedes?”, le
decían, y hasta pensaban que era “nomás cuando me hacía
falta un refresquito, pero no”. La creatividad de los
hombres no es cosa de todos los días. Si fuera así, nomás de
decir “voy a hacer pirekuas”, todo mundo las haría, y por
tanto no habría necesidad de que otros tuvieran en sus casas
guardadas las orquestas con sus violines y los tonos y las
letras aprendidos.
Dominguita
y las demás
Ella es pues, como ha quedado dicho desde hace un par de
semanas, la mera-mera, su Dominga Cruz, la mujer con la que
ha compartido su vida, y a la que sólo le ha compuesto cinco
o seis pirekuas, no más, no tantas, al fin que la tiene a
ella completa. La conoció a sus 15 años, una mañana que fue
a llenar sus cantaros en el ojo de agua, cuando ésta era más
escasa y tenían que ir hasta “las canalejas” por ella,
atravesando el malpais y muchos potreros. Los muchachos ya
sabían que por allá, por esos rumbos del agua, había siempre
la oportunidad de ver muchachas, de adivinar sus cuerpos al
inclinarse a llenar sus cantaros, cuando las figuras de sus
caderas, cuando las líneas de sus piernas, se dibujan a
través de las naguas; y sí, aquella mañana que la vio por
primera vez venía con dos amigas suyas, y él –que entonces
no era Tata Juan, sino simplemente Juan-, con sus propios
amigos, las esperaron de regreso, al pie de la cerca donde
inevitablemente se detenían para trepar con calma. Y en
efecto, se detuvieron, y cada cual cruzó palabra con la
suya.
Desde entonces se frecuentaron cerca al ojo de agua, entre
cantaros y jícaras, hasta que el destino quiso que se
pusieran de acuerdo para convertirse primero en novios, con
un tiempo finito, acordado, y después en lo que son desde
entonces, en pareja.
-Sin embargo, dicha sea la verdad, y visto ya su recorrido
de seis décadas como pareja, a Dominga no le agradó del todo
que aquel anduviera de compositor y esas cosas de la música,
de la fiesta, sobre todo por la tomada, por el trago y las
locuras que el mentado Juan hacía, pero esa es otra
historia, la de ella, que algún día traeremos a esta página-
Una de las piezas que Juan Victoriano Cira compuso para
ella, siendo joven, diría mas o menos así, si se nos
dispensa que no esté escrita en verso: Cuando yo era un
jovencito tenía muchas ganas de platicar contigo para que
hubieras sido mi amor desde antes; quería ponerme mi sarape
nuevo desde entonces, quería ponerme un sombrero también
nuevo y andar contigo a todas horas; y ahora que ya estas
conmigo, Dominga, con mi gabán y mi sombrero, el machete no
me faltará nunca para defenderte, y para pelear por ti si es
necesario, porque no aceptaré nunca que nadie venga a
quererte quitar de mi lado, porque ya eres mía para siempre,
para toda la vida.
Las demás…
Otra de sus pirekuas, intitulada Hortensia, con la misma
licencia de trascripción, diría: A dónde andabas Hortensia,
por qué no estabas en casa mientras yo andaba en el campo
trabajando, por qué eres así Hortensia; si ya no quieres
estar conmigo, mejor dime, mejor vete y déjame que yo viviré
mi vida solo, tomando aguardiente, en la borrachera, nomás
pensando en ti, ingrata.
Otra más sería para Aurorita, a la que le diría que: Si
quieres que venga a pedirte, Aurorita, dímelo ya y yo vengo
por ti; y así te llevaría a la plaza de aquí, o en Uruapan,
porque estás bonita, y te compraría algo de cositas, como un
rebozo y un delantal, y si quieres te llevo a pasear a
Morelia, y después de ahí nos vamos hasta a Acapulco.
Pero de los encargos que le hicieron, tal vez el que más le
gustó, fue el de un compañero de juventud que le pidió que
compusiera una pirekua a la mujer que amaba, y le resultó la
de Esperancita, que reproducimos al final de este texto.
Cuando aquella mujer la escuchó en una noche de serenata,
fue tal el impacto que le causó el poema musicalizado, que
decidió empezar un noviazgo que se convertiría después en
matrimonio, apadrinado por el mismísimo Juan, nuestro autor.
Esperanza y Cecilio actualmente tienen el cargo de
autoridades tradicionales en San Lorenzo, el pueblo del que
e por sí hemos estado hablando.
Lo demás…
Nunca renegué de las duras jodas diarias del campo, en él
aprendí a usar mis vista, mi tacto, mi olfato. Esa fue mi
infancia. Descubrí los muchos rostros del viento, aun cuando
me veía envuelto en los remolinos o cuando perseguían a mi
hermana Juana; recuerdo incluso que mi madre nos llevaba de
comer y cuando le tocaba que un remolino la abrazara y la
dejara llena de polvo, se enojaba, pero nada podía hacer,
“porque el viento es el viento, nada más”. Las flores en
cambio son las mas hermosas de la creación, “son perfectas”,
pero también son la ruina del hombre cuando no sabe
distinguir su envenenador aroma.
La vida aprendió de mí y yo aprendí de ella, nos acoplamos,
por eso hablo, por eso puedo recomendarla: A la vida hay que
amarla siempre, quererla en las buenas y en las malas, que
de pronto tiene muchas, cantarle con sabiduría y humildad,
reclamarle su estupidez, regañarla por sus fallas, halagarla
en sus virtudes, e incluso odiarla si es necesario, pero
“odiarla con amor”, beberla a sorbos tal vez, acariciarle su
cuerpo, desearla, hasta el último instante. (Y aquí diríamos
que hasta la última letra).
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