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De Francisco Martínez Gracián
Un hombre
llamado Tata Juan Victoriano
Comenzaré
con esta larga frase: en sociedades de carácter tecno-industrial
como las nuestras, el individualismo de carácter neoliberal
que las permea las ha vuelto tan materialistas que
literalmente han resguardado en los estantes de las
bibliotecas y, últimamente, en los discos duros de las
computadoras, el monto del saber que a través del tiempo sus
miembros han ido acumulando. Es así que se gastan, y con
mucha razón, ingentes cantidades de recursos en edificar y
dotar bibliotecas que acunan signos y símbolos en cientos de
miles de libros, videos y todo tipo de soporte digital a
donde pocos acuden, a no ser unos cuantos estudiosos que
consagran su vida a escudriñar su contenido.
Concebido como recipiente refractario, el aprendiz crece dentro de
un aparato gubernamental cuyo sistema educativo consiste ni
más ni menos en pasar de los estantes bibliotecarios un
saber enlatado para que luego le sea vaciado. Tras cada
dosis recibida y comprobada se le extenderá un diploma o un
certificado. Este sistema supone que primero alguien sume
una serie de esos conocimientos “bibliotecados” para que
luego, clase por clase, día por día, curso tras curso, año
por año, los vaya regurgitando a sus alumnos. Éstos, una vez
que se gradúen, aplicarán la misma receta, sea para
demostrar que se hallan capacitados y puedan conseguir un
trabajo o para vomitar a su vez las dosis recibidas a nuevos
aprendices. El saber se tasará entonces por la cantidad y
calidad de libros estudiados o libros publicados.
En este tipo de sociedades con sus oleajes implacables de nuevos
conocimientos y tecnologías, a no ser en reducidos círculos
especializados, lo antiguo sirve para acrecentar archivos
que o se congelan en bibliotecas y discos duros o
simplemente para, una vez que pasen de moda, ser desechados.
Lo nuevo, y es su supuesto axiomático, será tasado siempre
como lo mejor. De ahí esa cotidiana e imparable lluvia
torrencial de información vuelta periódicos, revistas,
libros y esa compleja y gigantesca red cibernética que
bombardea al hombre de hoy. A tanta información, la
reflexión decrece y el espíritu crítico mengua.
Manipulación. Deshumanización. Diarrea. Tráigase entonces a
colación el arte de guardar y transmitir conocimientos que
regentean las comunidades p’urhépecha.
Básico en todo tipo de sociedad, en una comunidad el sistema de
comunicación, entendido como una transferencia cariñosa de
información con el propósito de modificar el comportamiento
según los patrones comunitarios, constituye su sistema más
preciado. Regida principalmente por sistemas de transmisión
oral e intercambio afectivo, una comunidad no guarda en los
fríos anaqueles de una biblioteca o en los datos binarios de
una P.C. sus tesoros del saber. Envueltos en el manto de la
tradición y de la experiencia, éstos se hallan en la mente y
en el corazón de sus ancianos. Son sus Tata k'ericha
(auténticos depósitos de los conocimientos, sentires y
afectos comunitarios) quienes los guardan, alquitaran y
transmiten. A diferencia de los maestros turhixiecha no toman
un libro para vaciarlo en el alumno, son ellos mismos los
que con el ejemplo de su vida, primero testimonian el valor
de lo aprendido. Luego lo van transmitiendo las más de las
veces con su presencia y su silencio, con su palabra
cariñosa, con su regaño, con su uénikua=poesía, o con su
sonecito y su pirekua.
Entre todos los Tata k'ericha de la Meseta, guardo en mi corazón el
testimonio de un hombre bueno, digno, amoroso y honrado.
Eclipsa con su saber a muchos letrados. Tiene para dar desde
su pobreza, lo que algunos pudientes quisieran. Con su
humildad y silencios cuenta más autoridad su prédica que la
de muchos purpurados. Poeta de la vida y de las letras, ha
sabido plasmar en sus poemas el amor a la comunidad, a la
mujer y a la naturaleza. Músico consumado (quien no haya
escuchado “Lindo México” o “Toronjil Morado”, ¿cómo llegará
al alma p´urhépecha), valen más dos que tres compases de
alguno de sus sones o sus pirekuecha, que todo el sonsonete
de un Pancho Barrasa o la retórica de algunos músicos
canónicamente formados. Tata Juan Victoriano Cira de San
Lorenzo Narheni es ejemplo de sabiduría y de congruencia.
Para propios y extraños: todo un maestro consumado. Si
supiera escuchar, si viniera a verle, cuánto aprendería de
este hombre esa sociedad tecno-industrial que le rodea.
¡Acha Dios iujchakurakeni, tata Juanu!
Francisco Martínez
P'urhe P'ukutapu, Iauatseni.
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