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Hacer música de los sonidos de la naturaleza...
Pireri se ha
revelado como un poeta sencillo,
pero
profundo como el que más
En el mundo de las
creaciones musicales purépechas, Juan Victoriano Cira, Tata
Juan, es una referencia obligada. Originario de San Lorenzo,
municipio de Uruapan, el pireri se ha revelado a través de
un extenso directorio de ejecutantes, como un poeta
sencillo, tal vez, pero tan profundo como el que más.
Empezó a bordar su arte desde la edad de 16
años, y desde ahí no ha parado en la construcción musical,
cuya estética se nutre de las voces de la naturaleza
agredida, de las intimidades de la vida amorosa, de cierto
erotismo que recorre sus piezas, tal como se pinta en sus
pirekuas Male Rosita, Lindo México, Sebastianita, Hortensia
Tsitsiki, Esos ojitos, Ay qué Dalia Tsitsiki, Juchiti
Crusita, Francisquita, y muchas más, en las que,
inevitables, sus personajes son las flores, el viento, los
pájaros y las mujeres. A sus 80 años, está convencido de
haber alegrado más corazones que gotas de agua han caído en
un siglo.
Lo visitamos en su troje, porque queríamos que nos
hablara de la arquitectura de sus pirekuas, que ahora andan
en los clarinetes y saxofones, en las guitarras y violines
de tantas bandas, orquestas y solistas. Queríamos que nos
contara de la injusticia de haber servido tanto al amor como
a la muerte, a la fiesta como a la tragedia, a las flores,
al viento, a lo mero íntimo, pues, del corazón de miles de
hombres y mujeres, y de no haber recibido nunca nada de
nadie, o casi nada, a no ser un "reconocimiento" de papel de
vez en cuando, que "no me puedo comer", que suele servir más
para la foto que agranda las bondades culturales de quien lo
firma y lo entrega. Eso queríamos, pero cedámosle la voz y
nuestras comas.
La mariposa, cercana al silencio
Yo me iba al cerro a bajar la música, a buscarla en los
sonidos del viento enredado en las hojas espinosas de los
pinos, o en las hojas anchas de los encinos, o en el canto
de los pájaros. Para que no se me olvidara, la escribía por
allá, en el monte. Sí, allá escribía las notas que cantaban
los pájaros.
Algunas veces tenía yo motivos a la mano para componer
una pirékua, como la imagen de la señorita Clara y su jardín
con toronjiles morados, y entonces sólo me quedaba ir a
traer la música de las montañas, porque todos los animales,
los coyotes, las ranas, los insectos, las víboras, todos, y
sobre todo los pájaros, como el carpintero, el jilguero, la
golondrina; todos tienen un tono. Igualmente las plantas,
las piedras, el agua que baja por las barrancas; todo tiene
un acento cuando andas buscando sonidos y no sólo leña en el
cerro, no sólo animales para matarlos, sino resonancias para
componer canciones; entonces te das cuenta de que todas las
cosas hablan.
Cada hora del día tiene, del mismo modo, un
sonido distinto, tonos que le son propios. De igual forma,
los animales de las casas, como las vacas corrientes que
braman de una manera, o las vacas finas que lo hacen de
otra; o los perros que caminan con un sonido si están
asustados, y con otro si están alegres; o los borregos, a
quienes por el puro cantar se sabe si están satisfechos o si
tienen hambre; o a los becerros, que chillan cuando
necesitan a su madre, o que suenan distinto cuando
simplemente tienen pereza.
Pero también hay sonidos especiales, como el de
la chuparrosa, que antes de pegarse a la flor primero le
canta, le pide permiso, la seduce, para que ella, la
florecita, se le pueda abrir; no llega así nomás, sin
chiste, a robarle su miel, sino lo hace con cierta cortesía
para que le abran la puerta y le ofrezcan el néctar.
Las plantas también cantan. Los árboles, como el
pinabete, chiflan muy delgadito, muy agudo; el pino lacio
silva más grueso, y el pino chino más suavecito; el encino,
en cambio, es como el bajo, chifla grueso. Y como la música
es juntar los sonidos delgados con los gruesos y con el
silencio, las montañas siempre serán musicales, aunque los
hombres que se han quedado sordos no dejen de agredirlas.
Las alas de las mariposas tienen un sonido cercano al
silencio, como otros animalitos que tienen ruidos
escondidos, y que me han servido para la música que le
tocamos a las tristezas de la vida. Cuando se posa una
mariposa en una hojita, apenas se oye el ruidito de sus
patitas, muy chiquito, pero ahí está, o lo pensamos, lo
imaginamos, sabiendo que los sonidos, al fin de cuentas, se
diluyen en el silencio.
La música, el lenguaje de Dios
Yo sé que de vez en cuando los vientos sobre el monte
también tienen color, ahora son azules, ahora blancos,
grises, negros; sé que a su paso van descubriéndole su voz a
las plantas, que a su vez enriquecen el trinar de los
pájaros, desde la hora en que las sombras se levantan, en
que huyen porque la luz se va derramando por todos lados. Sé
que como las chuparrosas piden permiso a la flor para entrar
por su miel, también el cielo lo pide para anunciar las
lluvias, como el breve diluvio que ahora mismo se dibuja en
el cielo pardo de San Lorenzo.
Sé que hay canciones de fuego, canciones rojas
que encienden al más helado de los hombres, o a la más fría
de las mujeres, como aquella de la florecita, que le pide al
colibrí que regrese otro día a besar su cosita; sé que hay
canciones de hielo también, de muerte. Sé que las cosas,
como los seres, bajo la luz de la luna, también tienen sus
sonidos propios, inconfundibles. Pero sobre todo sé que la
música es el lenguaje de Dios, por eso he escuchado siempre
con soltura a las orquestas del monte, a los violines que
bajan del cielo en las lluvias desordenadas, a las bandas
que nacen en el rugir de las aguas que descienden en las
barrancas, a las arañas que rasgan las cuerdas de sus
guitarras, al canto caótico de los pericos, a los güiros de
la leña.
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