Adiós a tata Ismael Bautista
Por: Martín Equihua Equihua
Comachuen, Mich.-A
Ismael Bautista la vida se le extinguió
literalmente cantando, el último día de la
fiesta que su pueblo, Comachuen, ofrece a su
patrona, la Virgen de la Asunción. La voz se le
apagó en seco, a media pirekua, como no le
ocurría desde pequeño, cuando setenta años atrás
decidió acompañar a Aurelio Santiago y a Rogelio
Sebastián, los primeros compositores que tocaron
con una guitarra y que lo inspiraron para hacer
la suya de tejamanil y cuerdas de colas de
caballo.
Minutos antes de cerrar sus ojos para siempre,
al píe de la Sierra de Kóndiro, el compositor
nacido en agosto de 1930, le pidió a Esperanza
Cano Sebastián, su esposa, que se acercara, que
lo abrazara y que se dejara abrazar, que deseaba
entregarle la mano que ella le había dado, que
anhelaba cantarle lo último que le dictó el
corazón ya postrado en la cama, y con su canto,
Ismael agradeció a la vida, a su mujer, a sus
hijos, a sus amigos, a su pueblo; al final, ella
le dijo que no tuviera pendiente, “vete ya
Pak`ma, le murmuró, yo aquí me quedo con los
hijos”, y le pidió que se marchara en paz porque
ya había cumplido con la vida. En adelante esa
última composición suya llevará el nombre de Ya
me voy del mundo. Todavía quiso cantar más, la
mañana de anteayer, pero ya no pudo terminar con
la segunda pieza, la voz y la vida lo
abandonaron.
Ricardo Pedroza Sebastián, su nieto, nos platica
que cuatro días antes de la muerte, Ismael pidió
que lo llevaran a la casa del carguero de la
imagen del Santo Niño, que aun tenía fuerza en
sus piernas para caminar Comachuen, y allá rezó
y suplicó a Dios para que se lo llevara ya, si
esa era su voluntad, o que lo sanara si no,
porque no quería sufrir más esa enfermedad que
endulza la sangre y amarga la vida. Al día
siguiente aun pidió que lo llevaran a San Juan
Nuevo a ver al Cristo de los Milagros, y quiso
que lo dejaran bailar como es propio de aquel
santuario, y como ya no pudo lo llevaron casi en
brazos, y “como que recuperó energía” para
regresar. Todavía se dio tiempo de repartir en
vida la herencia de sus pocos bienes, y hecho
esto se dispuso a esperar la muerte.
De cuerpo presente
El servicio religioso ante su cuerpo inerte
estuvo a cargo de los sacerdotes Javier
Constancio y Francisco Martínez, quien en el
sermón aseguró que la fecha de la muerte de Tata
Ismael debe quedar gravada en el corazón de
todos “porque la necesitamos”, ya que en la
meseta se siguen perdiendo las raíces, la
naturaleza. “500 años de puros chingadazos nos
han dejado cojos”, sostuvo en medio de un
silencio sepulcral, pero que a pesar de todo ha
habido quines han sabido guardar los valores
enraizados en la historia, para trasmitirlos a
las nuevas generaciones.
Recordó los tiempos juveniles de Ismael, sus
tocadas en las esquinas resguardado en las
madrugadas, sus inicios de pastor, de trabajador
de la construcción, su travesía por la música de
su tímida segunda voz en duetos y tríos, hasta
que aparecieron los Chapas de Comachuen desde
donde pudo capturar el alma purépecha y llevar
en el canto, la melodía y el ritmo, la alegría y
la tristeza de su pueblo; como pireri, cual
“filósofo”, logró expresar el sentido del pueblo
indígena, su pensamiento, su relación con la
tierra.
Estamos frente a “un gran hombre”, continúo el
popular Padre Pancho desde el púlpito, frente a
alguien que no dejó la tierra, ni el olor del
nurhiteni, ni el pino; alguien que no renunció a
la raíz, que no se dejó impresionar por
espejitos; estamos frente a “un testigo de
cargo” también, quien desde la tumba podría
acusarnos por lo mucho que se ha perdido.
Debemos conservar la esperanza y no seguir
peleando “por pendejadas”, retomar el camino,
pues Tata Ismael morirá cuando ya no haya monte,
ni vergüenza, ni dignidad, porque entonces no
quedará nada, concluyó el religioso.
Desde el mismo púlpito, Irineo Rojas sostuvo con
lágrimas a flor de piel y sollozos, que se
despedía a un gran hombre de la cultura, que
quizá no fue comprendido con suficiencia, pero
que llevó lejos el nombre de Comachuén y de
Michoacán; alguien que supo cantar clásicamente
la pirekua, y que por cierto, gracias a la
tecnología musical, vivirá por siempre.
Rocío Próspero, una de las voces maravillosas de
todos los tiempos, resumió con un silencio
súbito y un sollozo, el sentir generalizado,
para después agregar con voz cortada, “es muy
difícil, muy difícil”, como respuesta a la
pregunta de lo que pierde Comachuén y la cultura
purépecha en la muerte de Ismael Bautista Rueda
Las letras de sus palabras
Ismael se habría llevado a la tumba como “70
pirekuas que no escribió”; y de lo más sonado de
su pirekuario, encontramos aquellas que
inequívocamente le cantaron al amor ofrendado a
mujeres: Esperancita, Juanita, Aurorita, Enedina,
Lichita, Adelita, Chabelita, entre muchas otras,
a quienes cantó por bailar bonito, con el rebozo
dobladito entre los hombros, o por hablar
hermoso para engañar a los hombres, o para pedir
que recojan sus prendas porque él perdió su
forma de vida.
Tata Ismael también le canto a los sueños, a las
manzanas, al trenecito, a la lluvia, a las
estrellas y, por supuesto, a la botella, al
trago que acompañó sus madrugadas de enamorado;
sin faltar los Ojos coquetos a los que pide, si
es posible, que lo quieran hasta la muerte.
Quería un monumento
Su último deseo fue que junto a su
amigo de Quinceo Francisco Salmerón Equihua, les
construyeran un monumento en su pueblo, para que
se le recuerde en todas las fiestas, mientras se
reúne con los artistas que se le adelantaron
como Amado y Quirino González, Gregorio Ramos,
Aurelio Santiago, Luís Vargas, Roberto
Sebastián; y especialmente con sus maestros
Rogelio Sebastián y Eliseo Ramos, a quienes
“extrañó mucho” y a quienes dirá tras el
reencuentro: “pa` dònde jalamos”.