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          DIARIO DIGITAL 18 de agosto del 2006

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México. 

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Falleció un gran defensor del arte musical purhépecha...

 

Adiós a tata Ismael Bautista

          

  Por: Martín Equihua Equihua

 

Comachuen, Mich.-A Ismael Bautista la vida se le extinguió literalmente cantando, el último día de la fiesta que su pueblo, Comachuen, ofrece a su patrona, la Virgen de la Asunción. La voz se le apagó en seco, a media pirekua, como no le ocurría desde pequeño, cuando setenta años atrás decidió acompañar a Aurelio Santiago y a Rogelio Sebastián, los primeros compositores que tocaron con una guitarra y que lo inspiraron para hacer la suya de tejamanil y cuerdas de colas de caballo.

 

Minutos antes de cerrar sus ojos para siempre, al píe de la Sierra de Kóndiro, el compositor nacido en agosto de 1930, le pidió a Esperanza Cano Sebastián, su esposa, que se acercara, que lo abrazara y que se dejara abrazar, que deseaba entregarle la mano que ella le había dado, que anhelaba cantarle lo último que le dictó el corazón ya postrado en la cama, y con su canto, Ismael agradeció a la vida, a su mujer, a sus hijos, a sus amigos, a su pueblo; al final, ella le dijo que no tuviera pendiente, “vete ya Pak`ma, le murmuró, yo aquí me quedo con los hijos”, y le pidió que se marchara en paz porque ya había cumplido con la vida. En adelante esa última composición suya llevará el nombre de Ya me voy del mundo. Todavía quiso cantar más, la mañana de anteayer, pero ya no pudo terminar con la segunda pieza, la voz y la vida lo abandonaron.

 

Ricardo Pedroza Sebastián, su nieto, nos platica que cuatro días antes de la muerte, Ismael pidió que lo llevaran a la casa del carguero de la imagen del Santo Niño, que aun tenía fuerza en sus piernas para caminar Comachuen, y allá rezó y suplicó a Dios para que se lo llevara ya, si esa era su voluntad, o que lo sanara si no, porque no quería sufrir más esa enfermedad que endulza la sangre y amarga la vida. Al día siguiente aun pidió que lo llevaran a San Juan Nuevo a ver al Cristo de los Milagros, y quiso que lo dejaran bailar como es propio de aquel santuario, y como ya no pudo lo llevaron casi en brazos, y “como que recuperó energía” para regresar. Todavía se dio tiempo de repartir en vida la herencia de sus pocos bienes, y hecho esto se dispuso a esperar la muerte.

 

De cuerpo presente

El servicio religioso ante su cuerpo inerte estuvo a cargo de los sacerdotes Javier Constancio y Francisco Martínez, quien en el sermón aseguró que la fecha de la muerte de Tata Ismael debe quedar gravada en el corazón de todos “porque la necesitamos”, ya que en la meseta se siguen perdiendo las raíces, la naturaleza. “500 años de puros chingadazos nos han dejado cojos”, sostuvo en medio de un silencio sepulcral, pero que a pesar de todo ha habido quines han sabido guardar los valores enraizados en la historia, para trasmitirlos a las nuevas generaciones.

 

Recordó los tiempos juveniles de Ismael, sus tocadas en las esquinas resguardado en las madrugadas, sus inicios de pastor, de trabajador de la construcción, su travesía por la música de su tímida segunda voz en duetos y tríos, hasta que aparecieron los Chapas de Comachuen desde donde pudo capturar el alma purépecha y llevar en el canto, la melodía y el ritmo, la alegría y la tristeza de su pueblo; como pireri, cual “filósofo”, logró expresar el sentido del pueblo indígena, su pensamiento, su relación con la tierra.

 

Estamos frente a “un gran hombre”, continúo el popular Padre Pancho desde el púlpito, frente a alguien que no dejó la tierra, ni el olor del nurhiteni, ni el pino; alguien que no renunció a la raíz, que no se dejó impresionar por espejitos; estamos frente a “un testigo de cargo” también, quien desde la tumba podría acusarnos por lo mucho que se ha perdido. Debemos conservar la esperanza y no seguir peleando “por pendejadas”, retomar el camino, pues Tata Ismael morirá cuando ya no haya monte, ni vergüenza, ni dignidad, porque entonces no quedará nada, concluyó el religioso.

 

Desde el mismo púlpito, Irineo Rojas sostuvo con lágrimas a flor de piel y sollozos, que se despedía a un gran hombre de la cultura, que quizá no fue comprendido con suficiencia, pero que llevó lejos el nombre de Comachuén y de Michoacán; alguien que supo cantar clásicamente la pirekua, y que por cierto, gracias a la tecnología musical, vivirá por siempre.

 

Rocío Próspero, una de las voces maravillosas de todos los tiempos, resumió con un silencio súbito y un sollozo, el sentir generalizado, para después agregar con voz cortada, “es muy difícil, muy difícil”, como respuesta a la pregunta de lo que pierde Comachuén y la cultura purépecha en la muerte de Ismael Bautista Rueda

 

Las letras de sus palabras

Ismael se habría llevado a la tumba como “70 pirekuas que no escribió”; y de lo más sonado de su pirekuario, encontramos aquellas que inequívocamente le cantaron al amor ofrendado a mujeres: Esperancita, Juanita, Aurorita, Enedina, Lichita, Adelita, Chabelita, entre muchas otras, a quienes cantó por bailar bonito, con el rebozo dobladito entre los hombros, o por hablar hermoso para engañar a los hombres, o para pedir que recojan sus prendas porque él perdió su forma de vida.

 

Tata Ismael también le canto a los sueños, a las manzanas, al trenecito, a la lluvia, a las estrellas y, por supuesto, a la botella, al trago que acompañó sus madrugadas de enamorado; sin faltar los Ojos coquetos a los que pide, si es posible, que lo quieran hasta la muerte.

 

Quería un monumento

         Su último deseo fue que junto a su amigo de Quinceo Francisco Salmerón Equihua, les construyeran un monumento en su pueblo, para que se le recuerde en todas las fiestas, mientras se reúne con los artistas que se le adelantaron como Amado y Quirino González, Gregorio Ramos, Aurelio Santiago, Luís Vargas, Roberto Sebastián; y especialmente con sus maestros Rogelio Sebastián y Eliseo Ramos, a quienes “extrañó mucho” y a quienes dirá tras el reencuentro: “pa` dònde jalamos”.


 

 

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