Gobierno de Michoacán convierte
“Noche de Muertos” en museo de difuntos
Cuando el gobierno mexicano postuló la
candidatura de la fiesta indígena de muertos
para que fuera reconocida como patrimonio
universal, se comprometió a preservar su perfil
estético y metafísico frente a la voracidad
comercial y las actividades recreativas no
indígenas, que suelen ocultar el carácter
espiritual del acontecimiento cultural; por
igual, aceptó la recomendación de “mejorar”
–como si alguna hubiera– la protección legal y
el respaldo de investigaciones que destacaran el
sentido ritual y las cosmologías subyacentes en
más de dos tercios del total de pueblos
indígenas mexicanos –62, según el último
recuento oficial– que periódicamente conmemoran
a sus difuntos.
Hay que decir con todas su letras que no se ha
cumplido, y no sólo eso, sino que se ha caminado
en sentido inverso y que, por desgracia,
Michoacán sobresale con mucho, y más ahora que
ha agregado al tour la “visita guiada a las
casas donde hay muertos nuevos”, porque ahí, en
casa, k’umanchikua, donde la tradición se
refugiaba ante la invasión masiva a los
panteones. De seguir por esa ruta, pronto
podríamos que asistir a otra tumba, la de la
significación centenaria del ritual sincrético
que rendía culto a los muertos.
Preguntamos a quienes corresponda, una vez más:
¿hasta dónde?, ¿hasta cuándo? Y no es que seamos
partícipes de la pureza ritual, si tal cosa
existiera, sino que pensamos que es posible
encontrar formas para que el ceremonial perviva,
se muestre y se observe con elemental respeto y
la protección legal necesaria, lejos de la
aberración turística que persiste en ofrecerlo
como producto, cosa atractiva de museo. Son
patéticas, por ejemplo, las transmisiones
radiales “en vivo de la Noche de Muertos”, las
lámparas de neón y los cables por encima de
donde pasen; las pandillas de borrachos; los
miles de disparos de cámaras fotográficas, el
seguimiento a los pasos con la ofrenda a cuestas
por la cámara de video; el tumulto que no
distingue entre pasillos y sepulturas, y que
podría provocar que un día, un mal día o noche,
se desprenda tal vez el paredón del muy pequeño
panteón de Janitzio; como es patética también la
candidez irresponsable de hoteleros,
restauranteros y anexas, beneficiarios
incalculables de la fiesta.
No se puede medir la eficacia del gobierno en
relación con la Noche de Muertos que alude a ese
distintivo humanizante de las culturas, que es
justo la relación con la muerte, por el número
de visitantes, el número de accidentes, el
número de pesos en las casetas, el de
habitaciones ocupadas en los hoteles, el número
de ofrendas visitadas en las casas... Una vez
más: ¿hasta cuándo los indios como viles cosas?,
¿estamos acaso agregando algo a esa obra maestra
del Patrimonio Oral e Intangible de la
Humanidad? Y ya encarrerados, preguntamos,
¿podríamos esta vez empezar esa visita guiada
por la casa de Genovevo Figueroa, sus
subsecretarios, delegados regionales y todos los
apasionados promotores de la visita a las casas
de las ofrendas, para saber si ellos preservan
también un espacio de diálogo, o un vacío por la
ausencia de sus muertos?
Profanación de la memoria de difuntos
La conmemoración a los muertos en Michoacán cada
vez recibe mayor embestida del turismo y la
transculturación, característica de la era
global, sin embargo el pueblo purépecha pese a
todo se manifiesta por conservar la grandeza de
sus valores esenciales en torno al culto a la
muerte, dicen purépechas.
Las recomendaciones de UNESCO, que hace 3 años
incorporó en la lista de los sitios protegidos,
como Patrimonio de la Humanidad, siguen sin
escucharse, pues por un lado hombres
adolescentes que buscan futuro en el “otro
lado”, han adoptado de nuevas costumbres y en
sus comunidades imponen costumbres extranjeras
en torno a la celebración del ritual a los
muertos, esto mientras los adultos de las
comunidades ribereñas de lago de Pátzcuaro
continúan su ritual de honrar a los fieles
difuntos con ofrendas, respeto y veneración.
A esta lucha de las comunidades indígenas por
preservar las costumbres de las influencias que
llegan del norte, de los que los ven como un
atractivo turístico más, se suma a la lucha
ecológica, pues en algunas comunidades se ha
optado por usar flores de plástico en lugar de
las tradicionales flores naturales. Otros de los
graves problemas que surgen en este sentido son
en Tzintzuntzan, donde el alcohol se consume por
litros entre grupos juveniles que visitan. Las
drogas empieza a circular, y después todo se
vale. Convierten en estacionamiento cualquier
espacio. Y cualquier rincón oscuro las
transforman en lugares de faje.
También hay situaciones amables, por ejemplo,
las escuelas de nivel medio superior inculcan a
los jóvenes sobre la historia y el valor de las
tradiciones purépechas que hay en torno a la
noche de muertos, de hecho realizan concursos de
altares entre instituciones educativas, pero
sigue siendo insuficiente para esta avalancha de
nuevas manifestaciones de culturas extranjeras.
(Con información de Martín Equihua y Pedro
Victoriano)