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          DIARIO DIGITAL 30 de octubre del 2006

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México. 

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*¿Podríamos iniciar la visita guiada por la casa del Secretario de Turismo y de otros funcionarios de gobierno estatal?

 

Gobierno de Michoacán convierte “Noche de Muertos” en museo de difuntos

 

Cuando el gobierno mexicano postuló la candidatura de la fiesta indígena de muertos para que fuera reconocida como patrimonio universal, se comprometió a preservar su perfil estético y metafísico frente a la voracidad comercial y las actividades recreativas no indígenas, que suelen ocultar el carácter espiritual del acontecimiento cultural; por igual, aceptó la recomendación de “mejorar” –como si alguna hubiera– la protección legal y el respaldo de investigaciones que destacaran el sentido ritual y las cosmologías subyacentes en más de dos tercios del total de pueblos indígenas mexicanos –62, según el último recuento oficial– que periódicamente conmemoran a sus difuntos.

 

Hay que decir con todas su letras que no se ha cumplido, y no sólo eso, sino que se ha caminado en sentido inverso y que, por desgracia, Michoacán sobresale con mucho, y más ahora que ha agregado al tour la “visita guiada a las casas donde hay muertos nuevos”, porque ahí, en casa, k’umanchikua, donde la tradición se refugiaba ante la invasión masiva a los panteones. De seguir por esa ruta, pronto podríamos que asistir a otra tumba, la de la significación centenaria del ritual sincrético que rendía culto a los muertos.

 

Preguntamos a quienes corresponda, una vez más: ¿hasta dónde?, ¿hasta cuándo? Y no es que seamos partícipes de la pureza ritual, si tal cosa existiera, sino que pensamos que es posible encontrar formas para que el ceremonial perviva, se muestre y se observe con elemental respeto y la protección legal necesaria, lejos de la aberración turística que persiste en ofrecerlo como producto, cosa atractiva de museo. Son patéticas, por ejemplo, las transmisiones radiales “en vivo de la Noche de Muertos”, las lámparas de neón y los cables por encima de donde pasen; las pandillas de borrachos; los miles de disparos de cámaras fotográficas, el seguimiento a los pasos con la ofrenda a cuestas por la cámara de video; el tumulto que no distingue entre pasillos y sepulturas, y que podría provocar que un día, un mal día o noche, se desprenda tal vez el paredón del muy pequeño panteón de Janitzio; como es patética también la candidez irresponsable de hoteleros, restauranteros y anexas, beneficiarios incalculables de la fiesta.

 

No se puede medir la eficacia del gobierno en relación con la Noche de Muertos que alude a ese distintivo humanizante de las culturas, que es justo la relación con la muerte, por el número de visitantes, el número de accidentes, el número de pesos en las casetas, el de habitaciones ocupadas en los hoteles, el número de ofrendas visitadas en las casas... Una vez más: ¿hasta cuándo los indios como viles cosas?, ¿estamos acaso agregando algo a esa obra maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad? Y ya encarrerados, preguntamos, ¿podríamos esta vez empezar esa visita guiada por la casa de Genovevo Figueroa, sus subsecretarios, delegados regionales y todos los apasionados promotores de la visita a las casas de las ofrendas, para saber si ellos preservan también un espacio de diálogo, o un vacío por la ausencia de sus muertos?

 

Profanación de la memoria de difuntos

La conmemoración a los muertos en Michoacán cada vez recibe mayor embestida del turismo y la transculturación, característica de la era global, sin embargo el pueblo purépecha pese a todo se manifiesta por conservar la grandeza de sus valores esenciales en torno al culto a la muerte, dicen purépechas.

 

Las recomendaciones de UNESCO, que hace 3 años incorporó en la lista de los sitios protegidos, como Patrimonio de la Humanidad, siguen sin escucharse, pues por un lado hombres adolescentes que buscan futuro en el “otro lado”, han adoptado de nuevas costumbres y en sus comunidades imponen costumbres extranjeras en torno a la celebración del ritual a los muertos, esto mientras los adultos de las comunidades ribereñas de lago de Pátzcuaro continúan su ritual de honrar a los fieles difuntos con ofrendas, respeto y veneración.

 

A esta lucha de las comunidades indígenas por preservar las costumbres de las influencias que llegan del norte, de los que los ven como un atractivo turístico más, se suma a la lucha ecológica, pues en algunas comunidades se ha optado por usar flores de plástico en lugar de las tradicionales flores naturales. Otros de los graves problemas que surgen en este sentido son en Tzintzuntzan, donde el alcohol se consume por litros entre grupos juveniles que visitan. Las drogas empieza a circular, y después todo se vale. Convierten en estacionamiento cualquier espacio. Y cualquier rincón oscuro las transforman en lugares de faje.

 

También hay situaciones amables, por ejemplo, las escuelas de nivel medio superior inculcan a los jóvenes sobre la historia y el valor de las tradiciones purépechas que hay en torno a la noche de muertos, de hecho realizan concursos de altares entre instituciones educativas, pero sigue siendo insuficiente para esta avalancha de nuevas manifestaciones de culturas extranjeras. (Con información de Martín Equihua y Pedro Victoriano)

 

 

 

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