La ofrenda a difuntos purhépecha
pisoteada por turismo
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Gobierno michoacano invita a visitar museo de difuntos
Por: Martín Equihua
Una
vez más, los pequeños panteones de las
comunidades de la ribera del lago de Pátzcuaro,
y especialmente el de la isla de Janitzio serán
invadidos por miles de visitantes convocados por
una política turística irresponsable, que
promueve como atractivos, las imágenes de
rostros afligidos de viudas, las escenas
íntimas de las ofrendas conversadas dulcemente
con los difuntos ajenos, y que, por si fuera
poco, a partir de esta edición agregó al tour,
las “visitas guiadas a las casas donde hay
difuntos nuevos”, para que “la fiesta” se pueda
vivir desde dentro.
Se promociona como si se tratara sólo de objetos
y de una pachanga cualquiera. Pero en realidad
son ya dos décadas de saturación de los
cementerios. Es por eso que gran parte de los
purépecha ribereños han tenido que alterar sus
ceremonias y trasladar su ofrenda a los altares
de casa, o desplazarse al camposanto en las
horas próximas a la mañana, cuando las hordas de
pisatumbas se han marchado.
Por desgracia poco se ha hecho desde la esfera
de los poderes legislativo y ejecutivo, ni
federal ni estatal, para atender los compromisos
que se contrajeron con la UNESCO, para preservar
de la Noche de Muertos su perfil estético y
espiritual, frente a la voracidad comercial del
turismo numérico, y de las actividades
recreativas que suelen nublar el carácter
espiritual del acontecimiento cultural.
Compromisos de cuando se postuló la candidatura
para que fuera reconocida como Obra Maestra del
Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad.
¿Dónde está la protección legal y el respaldo de
investigaciones que destacarían el sentido
ritual y las cosmologías subyacentes en los más
de 40 Pueblos Indígenas de ceremoniales
mortuorios? ¡No se ha cumplido! Es más, se ha
favorecido el camino de sentido inverso,
especialmente en Michoacán, donde al tour han
sumado aquello de la visita guiada a las casas
de muertos nuevos; a la casa justamente,
k`umanchikua, donde la tradición mortuoria se
refugiaba desde que estalló la invasión masiva a
los panteones.
De
seguir por esa ruta, asistiremos pronto a otra
tumba, a la del significado centenario del
ritual sincrético que rinde culto a los muertos.
Por eso, preguntamos: ¿Hasta cuándo? Y no es que
creamos en la pureza ritual, pero fórmulas ha de
haber para que el ceremonial sobreviva, se
muestre y se observe con respeto; para ello se
necesita una mínima regulación normativa que
sacuda la aberración turística que persiste en
ofrecer un producto, una cosa consumible,
desechable.
Son patéticas por ejemplo, las transmisiones
radiales “en vivo, de la noche de muertos”,
las lámparas industriales y los cientos de
metros de cable enredados entre las cruces; las
pandillas de jóvenes alcoholizados, a la vieja
manera cervantina; los disparos incesantes de
las cámaras fotográficas, el seguimiento del
video a los pasos de la ofrenda a cuestas; el
tumulto, cual gusanos, que no distingue entre
pasillos y sepulturas, como aquellos no lo hacen
entre ojos y corazón. ¿Por qué esperar a que un
mal día, o noche, se desprenda el enorme paredón
del pequeño panteón de Janitzio para incrementar
el inventario de difuntos? Pero es patética
también, la candidez atolondrada de hoteleros,
restauranteros, directores municipales de
turismo, quienes creen que todo es cosa de
contar turistas.
No debería el gobierno del antropólogo Lázaro
Cárdenas Batel –como ningún otro-, ni el
despacho de su candoroso secretario de turismo,
Genovevo Figueroa, evaluar su eficiencia en
relación a la Noche de Muertos, por el número de
pesos pagados en las casetas, el número de
habitaciones rentadas en los hoteles, el número
de ofrendas visitadas en k`umanchikua, el número
de accidentes carreteros, el número de órdenes
servidas en las mesas, el número de tumbas
pisoteadas. No. Especialmente si en sus casas, o
en sus corazones, tuvieran también una beta de
diálogo, o de vacío, por la ausencia de sus
muertos.
No se trata, pues, de un festejo pachanguero. El
ritual que recrea la relación con la muerte
-rasgo distintivo de lo propiamente humano desde
el amanecer de los tiempos del hombre- nada
tiene que ver con la euforia en que han
convertido por acción u omisión a la Noche de
Muertos. Los turísticos, los turhixiecha, los de
fuera, a los que la muerte interesa sólo como
mercancía y la ofrenda como simple escenografía,
fuente de imágenes; deben tener ya un límite.
Contrario a lo que suponen las autoridades, al
grueso de los habitantes de la ribera del Lago
no le agrada la presencia masiva de turistas,
por muchas enchiladas que venda doña Cuca. No
quieren ver las tumbas de sus seres queridos
pisoteadas por quienes ignoran la vitalidad de
su contenido, alabadas por la plasticidad del
zempoalxochitl, curioseadas para saber si
alguien llora, maltratadas y humilladas por la
irreverencia de alcoholizados jóvenes… créanlo,
se ha obligado a muchos a desplazar el ritual a
deshoras de la madrugada, cerca a los primeros
cantos de los gallos, cuando la muchedumbre se
ha desgastado, para así poder llegar a la tumba
de sus muertos, cuando los carteles ofensivos
empiezan a ser obsoletos.
De otra forma, como hemos dicho, aunada a la
muerte del pez blanco y del lago mismo, a las
que asistimos diariamente, podríamos también
embarcar a la Noche de Muertos, entre las almas
condenadas que sobre el río Aqueronte
transportaba el viejo Carón rumbo al infierno,
en la célebre Divina Comedia del florentino
Alighieri. ¡Aún hay tiempo de evitarlo!