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          DIARIO DIGITAL 1 de noviembre del 2006

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México. 

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*¿Podríamos iniciar la visita guiada por la casa del Secretario de Turismo y de otros funcionarios de gobierno estatal?

 

La ofrenda a difuntos purhépecha  pisoteada por turismo

 

* Gobierno michoacano invita a visitar museo de difuntos

 

Por: Martín Equihua

       

      Una vez más, los pequeños panteones de las comunidades de la ribera del lago de Pátzcuaro, y especialmente el de la isla de Janitzio serán invadidos por miles de visitantes convocados por una política turística irresponsable, que promueve como atractivos, las imágenes de rostros afligidos de viudas, las  escenas íntimas de las ofrendas conversadas dulcemente con los difuntos ajenos, y que, por si fuera poco, a partir de esta edición agregó al tour, las “visitas guiadas a las casas donde hay difuntos nuevos”, para que “la fiesta” se pueda vivir desde dentro.

 

        Se promociona como si se tratara sólo de objetos y de una pachanga cualquiera. Pero en realidad son ya dos décadas de saturación de los cementerios. Es por eso que gran parte de los purépecha ribereños han tenido que alterar sus ceremonias y trasladar su ofrenda a los altares de casa, o desplazarse al camposanto en las horas próximas a la mañana, cuando las hordas de pisatumbas se han marchado.

 

       Por desgracia poco se ha hecho desde la esfera de los poderes legislativo y ejecutivo, ni federal ni estatal, para atender los compromisos que se contrajeron con la UNESCO, para preservar de la Noche de Muertos su perfil estético y espiritual, frente a la voracidad comercial del turismo numérico, y de las actividades recreativas que suelen nublar el carácter espiritual del acontecimiento cultural. Compromisos de cuando se postuló la candidatura para que fuera reconocida como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad. ¿Dónde está la protección legal y el respaldo de investigaciones que destacarían el sentido ritual y las cosmologías subyacentes en los más de 40 Pueblos Indígenas de ceremoniales mortuorios? ¡No se ha cumplido! Es más, se ha favorecido el camino de sentido inverso, especialmente en Michoacán, donde al tour han sumado aquello de la visita guiada a las casas de muertos nuevos; a la casa justamente, k`umanchikua, donde la tradición mortuoria se refugiaba desde que estalló la invasión masiva a los panteones.

 

       De seguir por esa ruta, asistiremos pronto a otra tumba, a la del significado centenario del ritual sincrético que rinde culto a los muertos. Por eso, preguntamos: ¿Hasta cuándo? Y no es que creamos en la pureza ritual, pero fórmulas ha de haber para que el ceremonial sobreviva, se muestre y se observe con respeto; para ello se necesita una mínima regulación normativa que sacuda la aberración turística que persiste en ofrecer un producto, una cosa consumible, desechable.

 

       Son patéticas por ejemplo, las transmisiones radiales “en vivo, de la noche de muertos”, las lámparas industriales y los cientos de metros de cable enredados entre las cruces; las pandillas de jóvenes alcoholizados, a la vieja manera cervantina; los disparos incesantes de las cámaras fotográficas, el seguimiento del video a los pasos de la ofrenda a cuestas; el tumulto, cual gusanos, que no distingue entre pasillos y sepulturas, como aquellos no lo hacen entre ojos y corazón. ¿Por qué esperar a que un mal día, o noche, se desprenda el enorme paredón del pequeño panteón de Janitzio para incrementar el inventario de difuntos? Pero es patética también, la candidez atolondrada de hoteleros, restauranteros, directores municipales de turismo, quienes creen que todo es cosa de contar turistas.

 

      No debería el gobierno del antropólogo Lázaro Cárdenas Batel –como ningún otro-, ni el despacho de su candoroso secretario de turismo, Genovevo Figueroa, evaluar su eficiencia en relación a la Noche de Muertos, por el número de pesos pagados en las casetas, el número de habitaciones rentadas en los hoteles, el número de ofrendas visitadas en k`umanchikua, el número de accidentes carreteros, el número de órdenes servidas en las mesas, el número de tumbas pisoteadas. No. Especialmente si en sus casas, o en sus corazones, tuvieran también una beta de diálogo, o de vacío, por la ausencia de sus muertos.

 

      No se trata, pues, de un festejo pachanguero. El ritual que recrea la relación con la muerte -rasgo distintivo de lo propiamente humano desde el amanecer de los tiempos del hombre- nada tiene que ver con la euforia en que han convertido por acción u omisión a la Noche de Muertos. Los turísticos, los turhixiecha, los de fuera, a los que la muerte interesa sólo como mercancía y la ofrenda como simple escenografía, fuente de imágenes; deben tener ya un límite.

 

     Contrario a lo que suponen las autoridades, al grueso de los habitantes de la ribera del Lago no le agrada la presencia masiva de turistas, por muchas enchiladas que venda doña Cuca. No quieren ver las tumbas de sus seres queridos pisoteadas por quienes ignoran la vitalidad de su contenido, alabadas por la plasticidad del zempoalxochitl, curioseadas para saber si alguien llora, maltratadas y humilladas por la irreverencia de alcoholizados jóvenes… créanlo, se ha obligado a muchos a desplazar el ritual a deshoras de la madrugada, cerca a los primeros cantos de los gallos, cuando la muchedumbre se ha desgastado, para así poder llegar a la tumba de sus muertos, cuando los carteles ofensivos empiezan a ser obsoletos.

 

      De otra forma, como hemos dicho, aunada a la muerte del pez blanco y del lago mismo, a las que asistimos diariamente, podríamos también embarcar a la Noche de Muertos, entre las almas condenadas que sobre el río Aqueronte transportaba el viejo Carón rumbo al infierno, en la célebre Divina Comedia del florentino Alighieri. ¡Aún hay tiempo de evitarlo!

 

 

 

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