El
día primero de febrero
los p'urhépecha de
Michoacán celebran
el rito del fuego nuevo,
dentro del calendario
propio. No es sólo una
celebración religiosa o
que quepa solamente
dentro de los usos y las
costumbres de nuestros
pueblos ancestrales. Las
celebraciones de
nuestros pueblos van más
allá en el alcance de
sus significados. Pero
hay que conocerlos.
No basta mencionar
su existencia o saber
que algo se celebraba.
Se necesita penetrar en
el conocimiento e ir
hasta las últimas
causas, hasta las
últimas razones, hasta
las primeras luces,
hasta el conocimiento
pleno de lo
que realmente es el
tiempo, es la luz, es el
fuego, para nuestros
ancestros.
Y, sólo, a través de
la investigación se
llega hasta donde se
encuentra la plena
verdad. Para eso, no
sólo hay que quemarse
las pestañas para
ponerse a estudiar los
pocos indicios que hay
de tales cosas, o los
pocos vestigios que
existen al respecto.
También hay que invertir
mucho tiempo y recursos
y sólo con el apoyo de
quien debe apoyar se
puede hacer t
al
cosa.
Aquí pongo a
consideración de mis
tres lectores algo de lo
que al respecto he
espigado, durante el
estudio que hice para mi
novela “El Día que Murió
un Imperio” y para mi
otro libro de
investigación sobre “El
Lienzo de Jucutacato”.
Seguramente habrá
quien más sepa de esto,
pero yo he querido, hoy,
sacar estas ideas a las
ventanas y a las puertas
de los lectores de la
Opinión de Michoacán,
para que normemos lo que
significan las
celebraciones de estos
días, para que veamos la
alta estima, pero no
sólo la estima, sino
también la gran
sabiduría que nuestros
ancestros tenían sobre
el tiempo y las medidas
tan precisas que sobre
él sostenían.
Los antiguos
habitantes de estas
tierras conocían
perfectamente lo que era
el tiempo. Sabían
medirlo con precisión.
No ignoraban sus
alcances, ni sus
cambios, ni sus influjos
sobre la existencia
humana, con aplicaciones
precisas en la
agricultura, en la
astronomía, en la
religión y hasta en la
vida diaria. Debemos
conocerlo. El
conocimiento es la luz
que ilumina el mundo
velado de nuestros
antepasados.
Para ellos existían
los días, los meses, los
años, los ciclos y los
siglos. Los años
constaban de 18 meses de
20 días cada uno, más
cinco que se añadían
para la reflexión y los
ritos, 365 días como hoy
son nuestros años. Los
ciclos eran: Cuatro
periodos de 13 años cada
uno que venían a formar
los siglos, de 52 años,
cada uno, o lo que es lo
mismo, la suma total de
los cuatro ciclos de 13
años.
Tenían varias
celebraciones del fuego
nuevo, una en la
familia, otra en los
pueblos, como pueblos o
señoríos y otra
finalmente para todo el
reino y después, cuando
estos se confederaron,
para todo el imperio.
Las familias
celebraban la fiesta del
fuego nuevo al empezar
el mes de Purecoracua
(3-22 de febrero). Los
pueblos tenían la
ceremonia del fuego
nuevo al empezar cada
ciclo los cuales se
llamaban: Auani, conejo;
tsimba, caña; Tsinapu,
pedernal o cuchillo y
K’ta, casa. El reino o
el imperio celebraban la
ceremonia del fuego
nuevo cada 52 años, es
decir, cuando empezaban
nuevamente los cuatro
ciclos de la vida.
En estas ceremonias
“se mataba todo fuego”
(así lo dicen algunos
documentos) y se sacaba
el nuevo, no de piedras
de lumbre, sino de un
instrumento especial,
dos palos, uno de madera
dura y otro de madera
porosa. El de madera
dura se hacía girar
sobre el de madera
porosa hasta que este
encendía.
Estudiemos lo
nuestro simplemente para
entenderlo y para hacer
brillar la verdad y la
trascendencia de lo que
hoy sigue siendo
nuestro, la ceremonia
del fuego nuevo. ¿Habrá
algo más significativo y
de consecuencias de más
alcance? Nuestra gente y
los estudiosos lo podrán
decir, ellos tienen la
palabra.