¿Cómo
podemos interpretar el
hecho de que más de 100
elementos de la Policía
Federal Preventiva,
armados con armas de
alto poder hayan
prácticamente asaltado
violentamente las
instalaciones de una
radio comunitaria de la
ciudad de Monterrey? El
grupo policiaco acudió
el pasado 6 de junio a
cerrar la radio
comunitaria Tierra y
Libertad y a incautar el
equipo de transmisión,
la razón: ilegalidad, la
radio no cuenta con la
autorización oficial.
El
Ministerio Público que
atestiguó los hechos se
negó a dejarles copia de
la orden de cateo, así
como del acta
administrativa que están
obligadas las
autoridades a realizar.
Unas 200 personas
defendieron la radio y
lograron que no se
llevaran a Héctor
Camero, responsable de
la estación, sin
embargo, el Ministerio
Público le advirtió que
tendría que ir a
declarar este viernes 13
de junio, sin mediar
ningún citatorio por
escrito, tal como lo
marca la ley (Asociación
Mundial de Radios
Comunitarias, AMARC).
La
emisora Tierra y
Libertad, de un vatio de
potencia con alcance de
unos cuatro kilómetros
entre asentamientos de
clases populares al
poniente de la ciudad de
Monterrey, ha sido hasta
hoy, y desde hace siete
años, una radio
comunitaria en la que se
trataban temas de
educación, de salud,
culturales, de derechos
humanos y laborales, así
como de análisis
político. Mucho se ha
mencionado la
“ilegalidad” de esta
emisora, sin embargo, la
radio Tierra y Libertad
solicitó el permiso para
operar desde noviembre
de 2002, en oficio
recibido y sellado con
fecha de 11 de noviembre
de ese año por la
oficina en Nuevo León,
de la Secretaría de
Comunicaciones y
Transportes, sin que
haya tenido respuesta
alguna por parte de las
autoridades (AMARC).
Imagínese
usted el poder de
comunicación de este
medio, apenas cuatro
kilómetros. ¿Qué amenaza
podría representar para
el Estado, para las
autoridades o para los
grandes monopolios de la
comunicación? Ninguna,
sin duda. ¿Por qué
entonces el encono y la
represión en contra de
estas formas
comunitarias de
comunicación social
desde abajo, desde el
pueblo?
Estas
acciones no son aisladas
ni nuevas, hay un ataque
sistemático que va desde
el hostigamiento hasta
el asesinato en contra
de las radios
comunitarias. Veamos
algunos hechos que así
lo demuestran: Hacia
principios de la década
de 1980 nace una radio
entre la comunidad
estudiantil de Guerrero,
en una de las regiones
con mayores problemas de
desarrollo social, se le
llamó Radio Universidad
Pueblo e inicia
transmisiones en el año
de 1982, igual que
Teocelo solicitó el
permiso y cuando le fue
negado se amparó
legalmente para realizar
por algún tiempo sus
transmisiones hasta que
fueron reprimidos
violentamente por el
aparato estatal del
gobierno federal.
Radio Huayacocotla, en
Veracruz, incluyó en su
programación la
participación de
organizaciones
indígenas, campesinas y
sociales que promueven
el respeto a los
derechos humanos y el
desarrollo de los
pueblos indios en la
región. Ese fue el
pretexto para que la SCT
suspendiera sus
transmisiones en abril
de 1995, con el
argumento de que no
cumplía los requisitos
técnicos establecidos
por la ley. Previamente,
funcionarios del
gobierno federal y
estatal habían insinuado
que la estación
transmitía “mensajes
cifrados” y “promovía la
violencia”. Los mensajes
cifrados no eran otra
cosa que transmisiones
en lengua nahua, otomí y
tepehua. Tres meses
después y luego de una
serie de protestas que
incluyó un desplegado
con la firma de tres mil
indígenas de la región,
Radio Huaya fue
reabierta.
Radio
Bemba opera desde las
instalaciones de la
Universidad de Sonora,
sin la aprobación de las
autoridades
universitarias; pretende
crear un espacio para la
sociedad civil y
fortalecer la defensa de
los derechos humanos, la
información de salud, el
rescate del medio
ambiente, la equidad de
género y la identidad.
La estación es operada
por los propios
estudiantes, quienes
reciben amenazas
constantes de cierre por
parte de la SCT y
presiones de los
concesionarios locales.
El 7 de
abril fueron asesinadas
en Oaxaca Felícitas
Martínez y Teresa
Bautista, jóvenes
triques, reporteras y
locutoras de la radio La
Voz que Rompe el
Silencio. De acuerdo con
familiares y miembros de
la radio, Juan de Dios
Castro, subprocurador de
Derechos Humanos y
Atención a Víctimas de
la PGR, y la Fiscalía
Especial para la
Atención de Delitos
contra Periodistas,
dirigida por Octavio
Orellana, fueron
hostiles con ellos: “Nos
dicen que Felícitas y
Teresa ni siquiera eran
periodistas, y que por
eso la Fiscalía no puede
supervisar la
investigación del
crimen, que es lo que
pedimos, porque no
queremos que nuestros
hijos tengan este mismo
problema”.
El propio
Juan de Dios Castro
acusó de enemiga del
Estado a Aleida Calleja,
vicepresidenta de AMARC,
cuando ella encabezando
a un grupo internacional
de radialistas lo visitó
para tratar el caso del
asesinato de las dos
periodistas de la radio
comunitaria en Oaxaca,
La Voz que Rompe el
Silencio. Esto a pesar
de que la misión en
reiteradas ocasiones
manifestó su disposición
de colaboración y
diálogo.
La comunicadora y líder
de radios comunitarias
comenta:
Independientemente del
maltrato de ese
funcionario, lo más
preocupante es lo que
significa el hecho en sí
mismo, pues de él (Juan
de Dios Castro) depende
el área del gobierno
mexicano que debiera
investigar y sancionar a
los agresores de
periodistas. Si la
actitud es tal, resulta
comprensible por qué la
mayoría de los casos se
encuentran en la
impunidad.
Y así, la lista de
hechos es interminable.
Las
radios comunitarias
representan una de las
formas de comunicación
social que desde la
perspectiva del Estado y
las clases dominantes,
desafían la situación
imperante. Y no tanto
porque hagan uso del
medio para “hacer la
revolución”, sino
simplemente porque
escapan al control
absoluto, omnímodo,
omnipresente de las
formas convenientes al y
del Estado para operar
desde abajo la
comunicación social
horizontal.
Los
ataques a las radios
comunitarias hacen ver
las profundamente
antidemocráticas
prácticas de un Estado
que se presume y asume
como democrático.