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Identidad y globalización desde el Cupatitzio
Por:
Martín Equihua Equihua
Constantemente hacemos referencia al Cupatitzio, el río que
canta. Está en la poesía de casa, en la plástica, en la
música, en los sueños para restituirle grandeza. Nos parece
un elemento central en la configuración de lo que podría ser
la identidad regional cualquier cosa que esto sea-; es
decir, algo así como la tinta misma con la que se firmó el
acta de nacimiento de Uruapan, y una de las credenciales de
presentación con la que nos presumimos por el mundo diverso,
donde si algo vive es el mestizaje.
Así ha
sido en cada pedazo de historia, en cada sitio donde la
cultura ha sido posible. Originalmente los ríos y los
manantiales jugaron, hablaron y dieron sentido; las montañas
también, las barrancas, los llanos interminables; cada uno,
el Tarhe Tsuruán, el Comburinda, el Tancítaro, el Patamban,
el Arantepacua, el lago en Pátzcuaro o el Zirahuén; la
laguna de Zacapu y el "ojo de mar" del mismo rumbo, han
representado en el imaginario regional desde tiempos
prehispánicos, referencias sagradas porque han sido morada
de dioses hacedores de mundos, sitios obligados para la
veneración, para ofertar gratitud por la vida; fuentes pues
del pensamiento y de los sentimientos identitarios, de la
cultura ancestral, purépecha aquí y ahora, como O`otham en
el norte, o Tzotzil en el sureste, o Mixteca en el sur; y
así en cada trozo del territorio donde vive la patria, y
donde ésta alimenta sus identidades mirando su travesía a
través de la historia, camino siempre a construir una
identidad nacional que nos englobe a todos.
Pero
dónde está nuestra identidad
Es
difícil diferenciar las fronteras de la identidad,
especialmente cuando se trata de satisfacer las
preocupaciones por la globalización. Qué tanto se ha perdido
de la lengua por ejemplo, o de la música, la danza; o cómo
se han aflojado los lazos de pertenencia a la tierra, o cómo
es que cada vez se consume más pizza que corundas. Y lo es
porque en todo caso cuando hablamos de identidad no lo
hacemos de un catalogo exhaustivo de características
inequívocamente distintivas; no se trata de una esencia a
todas luces vista e inmutable, sino de una extraña suma de
historia, de invenciones simbólicas de nuestros colectivos,
de practicas de la tradición, y en mucho, de sueños o
sentimientos de un destino que nos guía, que nos lleva al
futuro.
Y es que,
contra la candidez de quienes llaman a defender la identidad
de la globalización avasalladora, habría que recordar que
hoy casi todo aquello que nos definiría como mexicanos
según la última versión de patriotismo de Televisa-, como
la lengua, la religión y su morenita convertida en estrella
del canal de las estrellas, el mariachi, el fútbol, la
arquitectura y los pueblos mágicos; y la propia organización
constitucional, republicana, y cuanto nos da cohesión, que
todo ello, en estricto sentido, nos ha llegado de fuera, ya
sea por vía de invasión, guerra o lenta incorporación; no
sin resistencias, claro está, como la ofrecida por los
pueblos indígenas (guadalupanos, dicho sea de paso).
Pero sin
duda que plantea retos el proceso al que asistimos -cuando
menos en las dos últimas décadas del pasado siglo, y lo que
va del presente- bautizado como globalización, y que en todo
caso se trata de una nueva etapa de la mundialización de
vieja data; especialmente en las nuevas generaciones, las
que, por ejemplo en la meseta, oscilan entre la recreación
de elementos de una tradición rural, mística, y una serie de
manifestaciones urbanas, o de modelos de consumo que
ingresan por la televisión, la migración u otras fuentes;
otras músicas, vestimentas, lenguajes, comidas, que no
corresponden a la representación generalizada de lo
purépecha. Es un diálogo, una tensión, un vértigo acaso.
Pero,
como dice un abogado y estudioso de la cultura, amante del
buen cine, de la pintura, de la música y la bohemia, "soy un
indígena de ahora", que está menos preocupado por el retorno
de Cuiricaueri, que por mejorar las condiciones para que los
jóvenes de hoy puedan acceder al estudio, a las mejores
universidades, sin tener que abandonar ni su lengua ni la
adscripción a un ente llamado cultura purépecha, que en si
misma encierra diversidad. Como él, ahora son muchos los que
mantienen apertura hacia otras manifestaciones culturales.
Se trata
de una identidad nueva, por así decirlo, de nuevas ventanas,
donde sin dejar de ver el pasado, han dejado la idealización
de lo indígenaretomada ahora por los intereses turísticos
que descubrieron tardíamente a la antropología generadora de
espectáculos.
Sea pues
lo que fuere, la identidad es un ropaje en movimiento, en
cambio constante, donde hebras distintas se mantienen en
tensión, en fusión permanente, a veces imperceptible. La
mezcla, el sincretismo resultante, enriquece al mundo,
especialmente cuando de actos concientes se trata. Por
ejemplo, poco daño hace a nuestro ser nacional, o regional,
las novedades tecnológicas y científicas de quienes comandan
la globalización, o los índices de su desarrollo humano,
entre otros.
El
laberinto de la identidad
Somos pues, es cierto, las huellas que ha ido dejando
nuestra historia, desgarrada a veces, inventada otras,
gloriosa en ciertas páginas del libro simbólico que llamamos
México. Ese abanico de sentimientos que aprendemos desde la
casa, la escuela, las calles de nuestra infancia. Esas
prendas con las que vamos cubriendo nuestra desnudez
sucesiva, con las que vamos llenando nuestros vacíos.
Nuestro
ser mexicano contemporáneo, hunde su anzuelo en las grandes
culturas cuyo curso fue interrumpido por la invasión más
destructiva de que tenga memoria la historia universal de la
humanidad un amigo sacerdote no comparte esta expresión.
Ser nacional que empezó a edificarse en los hijos de los
españoles nacidos de este lado del atlántico, que quisieron
diferenciarse de sus parientes peninsulares. Las
revoluciones de 1810, el siglo de la construcción política
independiente, y la de un siglo después, de 1910; como las
batallas contra las invasiones imperiales, aportaron los
héroes, la trama patriótica que alimentó una política de
estado que pretendió borrar fronteras y construir un sujeto
único, el mexicano liberal, habiendo sepultado las
tradiciones comunales, las expresiones colectivas de las
culturas ignoradas, pisoteadas, exterminadas; sin embargo,
lo diverso perduró, no sin pérdidas.
En ese
caldo histórico han nacido nuestras máscaras diversas,
sucesivas o alternadas, simultáneas tal vez: somos mexicanos
de mañanitas y pajarillos que cantan, michoacanos que piden
a las palomas mensajeras que detengan su vuelo, purépechas
que cantan a la florecita de la niña Clara, Uruapenses de
fiestas tumultuarias de barrios, curanderos o brujos de
Cherán, pero, y por qué no, también futboleros, tequileros,
guadalupanos, americanistas, panistas o priístas, liberales
o comunistas, católicos o protestantes, homosexuales o
machos de bota y cinto piteado.
En cada
una, indudable, como en cada fracción habitada del
territorio -como lo recordaron los indígenas del sureste y
sus fusiles de palo-, en cada una, en cada pedazo de cerro,
desde la Lacandona hasta el Comburinda, desde Guachochi en
la tarahumara hasta Santa Cruz Tanaco en la meseta, desde el
Metlatonoc mixteco y pobre, hasta el musical Zacán; en todas
partes, en los barrios viejos de Uruapan, en los pasillos de
Bellas Artes, en el parque Fundidora de Monterrey, en la
Plaza de Armas de Guadalajara; con los Huicholes coloridos,
con la oscuridad de los chavos dark, con los migrantes que
regresaron cholos a Charapan, con todos, en cada uno, vive
la patria.
O sea
que, contra la fatalidad de muchos, celebramos que no se
haya ni esté en riesgo mayor de perderse la diversidad
cultural: no vamos al mundo homogéneo que imaginaron
políticos integracionistas y grandes novelistas de ciencia
ficción del siglo pasado. La conciencia de la importancia de
lo diverso avanza, como lo hace la rebelión de las
particularidades en cada pueblo, en cada grupo, en cada
región; donde la única globalización que tiene futuro, es la
de la diversidad.
La
identidad es un ropaje en movimiento, en cambio constante,
donde hebras distintas se mantienen en tensión, en fusión
permanente, a veces imperceptible. Sea pues lo que fuere, la
identidad es un ropaje en movimiento, en cambio constante,
donde hebras distintas se mantienen en tensión, en fusión
permanente, a veces imperceptible.
La
mezcla, el sincretismo resultante, enriquece al mundo,
especialmente cuando de actos concientes se trata. Por
ejemplo, poco daño hace a nuestro ser nacional, o regional,
las novedades tecnológicas y científicas de quienes comandan
la globalización, o los índices de su desarrollo humano,
entre otros.
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