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          DIARIO DIGITAL 18 de septiembre de 2005

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México..

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Identidad y globalización desde el Cupatitzio  

      

Por: Martín Equihua Equihua

 

Constantemente hacemos referencia al Cupatitzio, el río que canta. Está en la poesía de casa, en la plástica, en la música, en los sueños para restituirle grandeza. Nos parece un elemento central en la configuración de lo que podría ser la identidad regional ­cualquier cosa que esto sea-; es decir, algo así como la tinta misma con la que se firmó el acta de nacimiento de Uruapan, y una de las credenciales de presentación con la que nos presumimos por el mundo diverso, donde si algo vive es el mestizaje.

 

Así ha sido en cada pedazo de historia, en cada sitio donde la cultura ha sido posible. Originalmente los ríos y los manantiales jugaron, hablaron y dieron sentido; las montañas también, las barrancas, los llanos interminables; cada uno, el Tarhe Tsuruán, el Comburinda, el Tancítaro, el Patamban, el Arantepacua, el lago en Pátzcuaro o el Zirahuén; la laguna de Zacapu y el "ojo de mar" del mismo rumbo, han representado en el imaginario regional desde tiempos prehispánicos, referencias sagradas porque han sido morada de dioses hacedores de mundos, sitios obligados para la veneración, para ofertar gratitud por la vida; fuentes pues del pensamiento y de los sentimientos identitarios, de la cultura ancestral, purépecha aquí y ahora, como O`otham en el norte, o Tzotzil en el sureste, o Mixteca en el sur; y así en cada trozo del territorio donde vive la patria, y donde ésta alimenta sus identidades mirando su travesía a través de la historia, camino siempre a construir una identidad nacional que nos englobe a todos.

 

Pero dónde está nuestra identidad

Es difícil diferenciar las fronteras de la identidad, especialmente cuando se trata de satisfacer las preocupaciones por la globalización. Qué tanto se ha perdido de la lengua por ejemplo, o de la música, la danza; o cómo se han aflojado los lazos de pertenencia a la tierra, o cómo es que cada vez se consume más pizza que corundas. Y lo es porque en todo caso cuando hablamos de identidad no lo hacemos de un catalogo exhaustivo de características inequívocamente distintivas; no se trata de una esencia a todas luces vista e inmutable, sino de una extraña suma de historia, de invenciones simbólicas de nuestros colectivos, de practicas de la tradición, y en mucho, de sueños o sentimientos de un destino que nos guía, que nos lleva al futuro.

 

Y es que, contra la candidez de quienes llaman a defender la identidad de la globalización avasalladora, habría que recordar que hoy casi todo aquello que nos definiría como mexicanos ­según la última versión de patriotismo de Televisa-, como la lengua, la religión y su morenita convertida en estrella del canal de las estrellas, el mariachi, el fútbol, la arquitectura y los pueblos mágicos; y la propia organización constitucional, republicana, y cuanto nos da cohesión, que todo ello, en estricto sentido, nos ha llegado de fuera, ya sea por vía de invasión, guerra o lenta incorporación; no sin resistencias, claro está, como la ofrecida por los pueblos indígenas (guadalupanos, dicho sea de paso).

 

Pero sin duda que plantea retos el proceso al que asistimos -cuando menos en las dos últimas décadas del pasado siglo, y lo que va del presente- bautizado como globalización, y que en todo caso se trata de una nueva etapa de la mundialización de vieja data; especialmente en las nuevas generaciones, las que, por ejemplo en la meseta, oscilan entre la recreación de elementos de una tradición rural, mística, y una serie de manifestaciones urbanas, o de modelos de consumo que ingresan por la televisión, la migración u otras fuentes; otras músicas, vestimentas, lenguajes, comidas, que no corresponden a la representación generalizada de lo purépecha. Es un diálogo, una tensión, un vértigo acaso.

 

Pero, como dice un abogado y estudioso de la cultura, amante del buen cine, de la pintura, de la música y la bohemia, "soy un indígena de ahora", que está menos preocupado por el retorno de Cuiricaueri, que por mejorar las condiciones para que los jóvenes de hoy puedan acceder al estudio, a las mejores universidades, sin tener que abandonar ni su lengua ni la adscripción a un ente llamado cultura purépecha, que en si misma encierra diversidad. Como él, ahora son muchos los que mantienen apertura hacia otras manifestaciones culturales.

 

Se trata de una identidad nueva, por así decirlo, de nuevas ventanas, donde sin dejar de ver el pasado, han dejado la idealización de lo indígena­retomada ahora por los intereses turísticos que descubrieron tardíamente a la antropología generadora de espectáculos.

 

Sea pues lo que fuere, la identidad es un ropaje en movimiento, en cambio constante, donde hebras distintas se mantienen en tensión, en fusión permanente, a veces imperceptible. La mezcla, el sincretismo resultante, enriquece al mundo, especialmente cuando de actos concientes se trata. Por ejemplo, poco daño hace a nuestro ser nacional, o regional, las novedades tecnológicas y científicas de quienes comandan la globalización, o los índices de su desarrollo humano, entre otros.  

 

El laberinto de la identidad

         Somos pues, es cierto, las huellas que ha ido dejando nuestra historia, desgarrada a veces, inventada otras, gloriosa en ciertas páginas del libro simbólico que llamamos México. Ese abanico de sentimientos que aprendemos desde la casa, la escuela, las calles de nuestra infancia. Esas prendas con las que vamos cubriendo nuestra desnudez sucesiva, con las que vamos llenando nuestros vacíos.

 

Nuestro ser mexicano contemporáneo, hunde su anzuelo en las grandes culturas cuyo curso fue interrumpido por la invasión más destructiva de que tenga memoria la historia universal de la humanidad ­un amigo sacerdote no comparte esta expresión. Ser nacional que empezó a edificarse en los hijos de los españoles nacidos de este lado del atlántico, que quisieron diferenciarse de sus parientes peninsulares. Las revoluciones de 1810, el siglo de la construcción política independiente, y la de un siglo después, de 1910; como las batallas contra las invasiones imperiales, aportaron los héroes, la trama patriótica que alimentó una política de estado que pretendió borrar fronteras y construir un sujeto único, el mexicano liberal, habiendo sepultado las tradiciones comunales, las expresiones colectivas de las culturas ignoradas, pisoteadas, exterminadas; sin embargo, lo diverso perduró, no sin pérdidas.

 

En ese caldo histórico han nacido nuestras máscaras diversas, sucesivas o alternadas, simultáneas tal vez: somos mexicanos de mañanitas y pajarillos que cantan, michoacanos que piden a las palomas mensajeras que detengan su vuelo, purépechas que cantan a la florecita de la niña Clara, Uruapenses de fiestas tumultuarias de barrios, curanderos o brujos de Cherán, pero, y por qué no, también futboleros, tequileros, guadalupanos, americanistas, panistas o priístas, liberales o comunistas, católicos o protestantes, homosexuales o machos de bota y cinto piteado.

 

En cada una, indudable, como en cada fracción habitada del territorio -como lo recordaron los indígenas del sureste y sus fusiles de palo-, en cada una, en cada pedazo de cerro, desde la Lacandona hasta el Comburinda, desde Guachochi en la tarahumara hasta Santa Cruz Tanaco en la meseta, desde el Metlatonoc mixteco y pobre, hasta el musical Zacán; en todas partes, en los barrios viejos de Uruapan, en los pasillos de Bellas Artes, en el parque Fundidora de Monterrey, en la Plaza de Armas de Guadalajara; con los Huicholes coloridos, con la oscuridad de los chavos dark, con los migrantes que regresaron cholos a Charapan, con todos, en cada uno, vive la patria.

 

O sea que, contra la fatalidad de muchos, celebramos que no se haya ni esté en riesgo mayor de perderse la diversidad cultural: no vamos al mundo homogéneo que imaginaron políticos integracionistas y grandes novelistas de ciencia ficción del siglo pasado. La conciencia de la importancia de lo diverso avanza, como lo hace la rebelión de las particularidades en cada pueblo, en cada grupo, en cada región; donde la única globalización que tiene futuro, es la de la diversidad.

 

La identidad es un ropaje en movimiento, en cambio constante, donde hebras distintas se mantienen en tensión, en fusión permanente, a veces imperceptible. Sea pues lo que fuere, la identidad es un ropaje en movimiento, en cambio constante, donde hebras distintas se mantienen en tensión, en fusión permanente, a veces imperceptible.

 

La mezcla, el sincretismo resultante, enriquece al mundo, especialmente cuando de actos concientes se trata. Por ejemplo, poco daño hace a nuestro ser nacional, o regional, las novedades tecnológicas y científicas de quienes comandan la globalización, o los índices de su desarrollo humano, entre otros.


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