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Al encuentro de la sabiduría perdida
Por Francisco Martínez
Gracián
P´urhépecha eruditos suman docenas.
Sabios, unos cuantos. Por desgracia. Por eruditos no me
refiero, como bien quisiera, a aquéllos de conocimiento
amplio y profundo debido al estudio de alguna materia,
porque a pesar de que haya quienes puedan presumir
licenciaturas, maestrías y doctorados, sobran los dedos de
una mano para contar a quienes hayan cuajado una propuesta
que de veras haya resuelto algún problema de la Cañada, de
la Región del Lago, de la Ciénaga o de la Meseta. Es más, de
esos p´urhépecha titulados, la gran mayoría, residentes
cómodos de los Zamoras, Pátzcuaros o Morelias, beneficiarios
abigarrados de becas académicas y sueldos de Gobierno, lo
que vive, sufre, sabe, discute o pelea su pueblo, no lo
conocen de mano primera, lo saben la mayoría de las veces,
por lo que leen o les cuentan. Ni modo, la fuga de cerebros
-matrio compromiso en estampida- también se da entre los
p´urhépecha.
Los sabios, los sabios son otra
cosa. A más de referirme a quienes han llegado al propio
conocimiento, al de la Xiranhua que les fundamenta y
al de la comunidad que les sustenta, mediante la observación
cotidiana de la “res p´urhépecha” y, a través de sus
años de servicio, mediante su experiencia; he de referirme
sobre todo a aquéllos tata k´ericha que, pudiendo, no
han abandonado su terruño y, entre el polvo de su tierra y
el sudor de su gente, han logrado llegar a viejos cargando a
cuestas no sólo su humanidad, sino un notable conocimiento
de las cosas, una conducta prudente y juiciosa, un apego
sosegado a la divinidad y han fortalecido la pindekua
mediante su testimonio de vida y la generación de su
tradición oral. Letrados, apuntaba, los hay. Puedo nombrar,
entre muchos, a Ireneo Rojas, Agustín Jacinto, Moisés
Franco, Bertha Dimas y Alberto Medina. Sabios, me honra
nombrar a Tata Juan Cerano, Tata Esteban Márquez y su hijo
Pedro de Cheranástico y a Tata Juan Victoriano de San
Lorenzo Narheni.
Sólo que nombrar individuos
sabios o ilustres no casa con lo p´urhépecha. ¿Podríamos
entonces nombrar comunidades letradas? ¿Y de haber
comunidades sabias, podríamos nombrarlas? Sin recurrir al
pasado, ya en el primer quinquenio de este siglo XXI
nombrarles es todo un reto. Miren que los embates culturales
sufridos por el pueblo p´urhépecha, como los meteoritos
lunares, acusan, ubicuos, su impacto y su frecuencia. De que
hay comunidades con hartos titulados, las hay. ¿Gustan un
ejemplo?: Aranza y Zacán. Sólo que quien vaya a visitarlas,
las advertirá solas. Sus muchos licenciados y maestros, así
les construyan un auditorio o les gesten obras, las han
abandonado. Esas comunidades, lo letrado lo tienen empeñado
fuera. Y, aunque se hallen harto pobladas, empeños similares
habría que adosar Charapan, Sicuicho, Paracho, Nahuatzen,
Cherán. ¿Y qué de comunidades sabias? ¿Las hay?
El pasado viernes 25 de
noviembre, luego de muchos encuentros y de mucho diálogo,
quiero dejar constancia de dos comunidades que, tras
innumerables desencuentros trágicos y sin eruditos a su
lado, cobraron seso, recurrieron cordura, usaron buen juicio
y procedieron con prudencia. Es decir, dejando de lado
impericia, imprudencia, ineptitud e incultura, hubieron
sapiencia, tino y maestría. Tuvieron, en una palabra,
sabiduría. Y tras un pleito ancestral por linderos en el que
hubo muchos muertos, se citaron en tasakapuichápitiru
-lugar de los hechos- para celebrar la Eucaristía y juntos
firmar un acuerdo: enterrar sus agravios, darse la mano y de
la Sentencia a sus pleitos, acatar el fallo. Otrora
señaladas por propios y extraños como mal ejemplo, esta vez
Cocucho y Urapicho encontraron y dejaron como testigo de
cargo y para años venideros, esa sabiduría de la que
adolecen otros: gobiernos, iglesias y pueblos que no les
ayudaron y sí les condenaron.
Diosi meiamuje,
Tata Epitasiu Maximu ka Tata Jose Luisi Barajasi,
jurámutichaKokuchu ka Urapichu anapuecha!
Francisco
Martínez
palenquepurhe@yahoo.com
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