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          DIARIO DIGITAL 8 de diciembre de 2005

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México..

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La Cruz del Obispo

 

Por Francisco Martínez Gracián

 

   Cuenta la tradición que en 1565, a su oeste y cerca de Paracho, se encontraron el muy ilustre primer obispo de Michoacán Don Vasco de Quiroga y Fray Juan de San Miguel. Colocada como homenaje en el lugar del encuentro 400 años después, una cruz conmemora el evento. Y con harta justeza. Hombres como ésos, a pesar de la falta que nos hacen, no se dan en maceta. Por ejemplo, gracias a la labor de Fray Juan de San Miguel, la acción evangelizadora de los franciscanos, se pudo profundizar y extender en estas tierras. Sepultado en Tarecuato, al igual que su hermano de hábito, Fray Jacobo Daciano, aprendido que hubo y muy bien el idioma p´urhépecha, desarrolló un papel importante en la fundación y congregación de pueblos y en la erección de monasterios. Mas no sólo eso. En 1531 fundó en Guayangareo el Colegio de San Miguel, primero que se estableció para la instrucción de niños. Modelo de fundaciones, en 1531 trazó la población de Uruapan a la usanza española, ubicándole su plaza y su convento. Es más, realizó obras de irrigación e introdujo la siembra del trigo y oficios de Castilla. Dotándole de Hospital, organizó la vida política con alcalde, mayordomos y fiscales, bajo un sistema concejil. Y si se encontró con Don Vasco, camino a Paracho, quizá fue porque, ese predicador excelente, como apunta Fray Jerónimo de Mendieta, “hizo bajar de las montañas muchos indios que vivían derramados por ellas haciendo vida silvestre y los juntó en poblaciones en los llanos”.

     De Vasco de Quiroga, ni qué abundar. Al imaginar un modelo de vida comunitaria basada en los ideales del humanismo renacentista, dejó una huella imborrable en nuestra historia. Con su clero diocesano, consiguió realizar un programa de fundación de pueblos y hospitales de carácter excepcional que le dio un sello distintivo a la evangelización e integración de los indios michoacanos con la sociedad colonial. No cabe duda, a pesar de sus diferencias, en ese entonces ambos cleros, el regular y el diocesano, supieron, para vergüenza de los de ahora, trabajar juntos por el bien del pueblo. De modo que Paracho hizo bien en pegar unas piedras y erigir la cruz mencionada en recuerdo del encuentro de esos prohombres. Quien guste verla, tome la carretera Paracho-Uruapan y pasando la desviación a Pomacuarán, antes de llegar al volcán Cicapen, vire a su izquierda por una brecha. No se perderá. Para más señas, de inmediato se hallará inmerso en un mar de basuras y hediondez de más de 6 km2. Aguante la respiración. Tráguese el coraje y, justo bajo los cables de una línea eléctrica de alta tensión a 161 Kv encontrará, arrumbada, “la cruz del obispo”.

      En infinidad de ocasiones, y en estas páginas, he abundado sobre los derechos humanos de los pueblos indígenas. Ésos, los que no se negocian. Aduciendo además que son inalienables, imprescriptibles e inembargables y que no pueden ni deben ser objeto de ningún tipo de limitaciones. He pasado de ahí a recalcar su derecho a la libre determinación y a desarrollar su propia identidad política, social, religiosa, económica y cultural; dejando siempre como piedra angular el derecho colectivo a tierras, territorio y recursos naturales. Hoy, frente a la cruz del obispo, lo vuelvo a acentuar. Con una rabiosa aclaración: derecho aneja deber. ¿Cómo compagina un pueblo edificar como homenaje al encuentro de esos dos grandes constructores de comunidad, una cruz de piedra, si luego la tiene inmersa en un mar de basura y pestilencia? Esa cruz que atestigua el recuerdo de quienes ahí la pusieron, se erige ahora también como testigo de cargo contra quienes así la mantienen. Eso quiere decir que a más de más campañas de limpieza, a nuestra querida comunidad de Paracho le hace falta, le urge ya, la construcción de un Centro Integral de Aprovechamiento de Residuos Sólidos o Relleno Sanitario (Nom 083). Cosa de trabajar juntos. Cosa de darnos la mano. Fray Juan de San Miguel y Tata Vasco lo agradecerán. No digamos nuestra madre tierra.
 

Francisco Martínez  

palenquepurhe@yahoo.com


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