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La Cruz del Obispo
Por Francisco Martínez
Gracián
Cuenta
la tradición que en 1565, a su oeste y cerca de Paracho, se
encontraron el muy ilustre primer obispo de Michoacán Don
Vasco de Quiroga y Fray Juan de San Miguel. Colocada como
homenaje en el lugar del encuentro 400 años después, una
cruz conmemora el evento. Y con harta justeza. Hombres como
ésos, a pesar de la falta que nos hacen, no se dan en
maceta. Por ejemplo, gracias a la labor de Fray Juan de San
Miguel, la acción evangelizadora de los franciscanos, se
pudo profundizar y extender en estas tierras. Sepultado en
Tarecuato, al igual que su hermano de hábito, Fray Jacobo
Daciano, aprendido que hubo y muy bien el idioma
p´urhépecha, desarrolló un papel importante en la fundación
y congregación de pueblos y en la erección de monasterios.
Mas no sólo eso. En 1531 fundó en Guayangareo el Colegio de
San Miguel, primero que se estableció para la instrucción de
niños. Modelo de fundaciones, en 1531 trazó la población de
Uruapan a la usanza española, ubicándole su plaza y su
convento. Es más, realizó obras de irrigación e introdujo la
siembra del trigo y oficios de Castilla. Dotándole de
Hospital, organizó la vida política con alcalde, mayordomos
y fiscales, bajo un sistema concejil. Y si se encontró con
Don Vasco, camino a Paracho, quizá fue porque, ese
predicador excelente, como apunta Fray Jerónimo de Mendieta,
“hizo bajar de las montañas muchos indios que vivían
derramados por ellas haciendo vida silvestre y los juntó en
poblaciones en los llanos”.
De Vasco de Quiroga, ni qué abundar. Al imaginar un modelo
de vida comunitaria basada en los ideales del humanismo
renacentista, dejó una huella imborrable en nuestra
historia. Con su clero diocesano, consiguió realizar un
programa de fundación de pueblos y hospitales de carácter
excepcional que le dio un sello distintivo a la
evangelización e integración de los indios michoacanos con
la sociedad colonial. No cabe duda, a pesar de sus
diferencias, en ese entonces ambos cleros, el regular y el
diocesano, supieron, para vergüenza de los de ahora,
trabajar juntos por el bien del pueblo. De modo que Paracho
hizo bien en pegar unas piedras y erigir la cruz mencionada
en recuerdo del encuentro de esos prohombres. Quien guste
verla, tome la carretera Paracho-Uruapan y pasando la
desviación a Pomacuarán, antes de llegar al volcán Cicapen,
vire a su izquierda por una brecha. No se perderá. Para más
señas, de inmediato se hallará inmerso en un mar de basuras
y hediondez de más de 6 km2. Aguante la respiración.
Tráguese el coraje y, justo bajo los cables de una línea
eléctrica de alta tensión a 161 Kv encontrará, arrumbada,
“la cruz del obispo”.
En infinidad de ocasiones, y en estas
páginas, he abundado sobre los derechos humanos de los
pueblos indígenas. Ésos, los que no se negocian. Aduciendo
además que son inalienables, imprescriptibles e
inembargables y que no pueden ni deben ser objeto de ningún
tipo de limitaciones. He pasado de ahí a recalcar su derecho
a la libre determinación y a desarrollar su propia identidad
política, social, religiosa, económica y cultural; dejando
siempre como piedra angular el derecho colectivo a tierras,
territorio y recursos naturales. Hoy, frente a la cruz del
obispo, lo vuelvo a acentuar. Con una rabiosa aclaración:
derecho aneja deber. ¿Cómo compagina un pueblo edificar como
homenaje al encuentro de esos dos grandes constructores de
comunidad, una cruz de piedra, si luego la tiene inmersa en
un mar de basura y pestilencia? Esa cruz que atestigua el
recuerdo de quienes ahí la pusieron, se erige ahora también
como testigo de cargo contra quienes así la mantienen. Eso
quiere decir que a más de más campañas de limpieza, a
nuestra querida comunidad de Paracho le hace falta, le urge
ya, la construcción de un Centro Integral de Aprovechamiento
de Residuos Sólidos o Relleno Sanitario (Nom 083). Cosa de
trabajar juntos. Cosa de darnos la mano. Fray Juan de San
Miguel y Tata Vasco lo agradecerán. No digamos nuestra madre
tierra.
Francisco
Martínez
palenquepurhe@yahoo.com
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