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Para que no se acabe su
mundo
Por Francisco Martínez
Gracián
Dicen
que hacen falta al menos 100 mil hablantes para asegurar
larga vida a una lengua. Por lo pronto el idioma
p´urhépecha, con sus 109,361 (censo 2000) pareciese tenerla
asegurada. Pero si se revisan sus tendencias, a un relativo
equilibrio cuantitativo en su número absoluto de hablantes
habría que sumar un pronunciado descenso cualitativo en la
calidad y uso del habla. Poco a poco la lengua p´urhépecha
va quedando atesorada y en el nicho de sus letrados, quienes
si bien propalan -y con sobrada razón- sus maravillas a
propios y extraños, cuando uno entrevista a sus hijos,
éstos, en una mayoría significativa, algunas veces todavía
la entienden, pero ya no la hablan. No digamos del
p´urhépecha común que deja su terruño. Cierto, año con año
surgen estudios nuevos sobre la lengua y se publican algunos
textos para escuelas y otro tipo de libros. Mas sólo unos
pocos los usan y practican: la mayoría termina en estantes
de escuelas o amontonados en los depósitos de alguna que
otra bodega. Se trata entonces de un amor disparejo por la
lengua y, muy a querer y no, quizá, el destino no lo quiera,
de su futuro incierto.
Y es que en lo que toca al
t’utixi, al michoacano promedio, quien se exprese en
esta lengua, es un “indio”, un “indígena”. Con todo el
apartheid que esas palabras conllevan. Si le preguntamos, si
tocamos a lo más hondo de su conciencia, para él, habitante
de los morelias, uruápanes, apatzinganes y zamoras, decir
“indio p’urhépecha” no es incluye al dueño originario de
estas tierras, sino al que aún se le tiene tolerando que
habite algunas manchitas del Estado: parte de la ribera del
lago, parte de la cañada parte de la sierra. Para el homo
michoacanensis, al “indígena p’urhépecha” no lo
distingue una cultura: le distinguen sus usos raros. No
posee una espiritualidad, sino supersticiones mayúsculas. No
es sincero, inteligente y noble; es ladino, solerte y
tretero. No se comunica en un idioma, sino que mal se
expresa su dialecto. No produce arte: hace artesanías. El
michoacano común, como aduce Montemayor del mexicano,
conforma en realidad un pueblo racista y es de su
etnocentrismo do surge ésa su estúpida idea de una cultura
que no acepta y, sin conocerla, discrimina. Eso sí, la
mentalidad de ese michoacano hubiera cambiado de manera
radical si en su educación básica hubiese llevado como
obligatoria la enseñanza de la lengua y cultura p´urhépecha.
Pero eso no se va a dar. Ni siquiera en la comunidad
clerical (pregunte en el Seminario Mayor Diocesano). Tampoco
en la sociedad civil (pregunte en la UMSNH o en el Congreso
del Estado).
En cuanto al p´urhépecha actual,
entre su aceptación total, su indiferencia o su rechazo
práctico a la lengua, su situación es dispar. Hubo un
francés de origen tunecino, Claude Hagège, autor del libro
Alto a la muerte de las lenguas, a quien se debe el
término “lingüicidio”. Éste lo atribuye a causas exógenas de
carácter físico: conquista, despojo, etnocidio, genocidio,
epidemias, exterminio. A causas económicas y sociales:
presión de una economía más fuerte y poderosa, imposición de
una supuesta cultura superior, aculturación y abandono de
las actividades tradicionales. A causas políticas: educación
integracionista y trasvase de modelos anticomunitarios.
También, por desgracia, a causas endógenas. Porque una
enorme mayoría de comunidades y familias p’urhépecha -por lo
que toca a la Meseta- han dejado de apostar por su lengua
materna: Patamban, Charapan, Corupo, Pomocuarán, Paracho,
Aranza, Nahuatzen, Tingambato, Sicuicho, etc. Otras tantas
están terminando de dejar de apostar: Sevina, Cherán,
Chilchota, etc. Otras, las que aún la usan en su vida
cotidiana, andan zigzagueando en un indudable coqueteo con
la lengua y cultura dominantes, a costa de la pindekua
y del idioma primigenio.
Frente a este etnocidio
lingüicida, frente a esta ausencia de diálogo intercultural.
Habrá quien le eche la culpa a la globalización que imponen
los medios y a esa imparable migración impuesta por la falta
de efectividad gubernamental. También a las nuevas
tecnologías. Sin embargo, ni el desarrollo global ni el
progreso tecnológico han de ocurrir a costa de territorio,
lengua y tradiciones de estos pueblos. En lo que toca al
idioma, desde hace 500 años el castellano, como lengua
nacional ha venido siendo el ariete fatal. Se pasa de un
monolingüismo a otro. El bilingüismo se elude. En todo caso
se busca “bilinguar” con el idioma inglés. Imán irresistible
del profesionista y del migrante. Así las cosas, el
advenimiento del 2006 debiera aprovecharse para percutir el
pivote de una ecología lingüística michoacana en defensa del
p’urhépecha. Y del mazahua, mixteco, náhuatl, zapoteco y
otomí. De otra manera, al igual que lo que ha acontecido con
los bosques, se llegará a un camino sin retorno como trágica
denuncia de la merma de un patrimonio lingüístico. Las
lenguas necesitan quien las hable, declame, narre y cante.
También quien las enseñe y escriba. Si ni al p’urhé medio,
ni al michoacanensis vulgaris les anda importando
poco que el idioma p´urhépecha termine por extraviar sus
cartas de ciudadanía, quién lo va a llorar? O como reza un
proverbio guaraní, “¿Quién rezará para que no se
acabe su mundo?”
Francisco
Martínez
palenquepurhe@yahoo.com
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