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          DIARIO DIGITAL 31 de diciembre de 2005

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México..

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Para que no se acabe su mundo

 

Por Francisco Martínez Gracián

        Dicen que hacen falta al menos 100 mil hablantes para asegurar larga vida a una lengua. Por lo pronto el idioma p´urhépecha, con sus 109,361 (censo 2000) pareciese tenerla asegurada. Pero si se revisan sus tendencias, a un relativo equilibrio cuantitativo en su número absoluto de hablantes habría que sumar un pronunciado descenso cualitativo en la calidad y uso del habla. Poco a poco la lengua p´urhépecha va quedando atesorada y en el nicho de sus letrados, quienes si bien propalan -y con sobrada razón- sus maravillas a propios y extraños, cuando uno entrevista a sus hijos, éstos, en una mayoría significativa, algunas veces todavía la entienden, pero ya no la hablan. No digamos del p´urhépecha común que deja su terruño. Cierto, año con año surgen estudios nuevos sobre la lengua y se publican algunos textos para escuelas y otro tipo de libros. Mas sólo unos pocos los usan y practican: la mayoría termina en estantes de escuelas o amontonados en los depósitos de alguna que otra bodega. Se trata entonces de un amor disparejo por la lengua y, muy a querer y no, quizá, el destino no lo quiera, de su futuro incierto.

 

            Y es que en lo que toca al t’utixi, al michoacano promedio, quien se exprese en esta lengua, es un “indio”, un “indígena”. Con todo el apartheid que esas palabras conllevan. Si le preguntamos, si tocamos a lo más hondo de su conciencia, para él, habitante de los morelias, uruápanes, apatzinganes y zamoras, decir “indio p’urhépecha” no es incluye al dueño originario de estas tierras, sino al que aún se le tiene tolerando que habite algunas manchitas del Estado: parte de la ribera del lago, parte de la cañada parte de la sierra. Para el homo michoacanensis, al “indígena p’urhépecha” no lo distingue una cultura: le distinguen sus usos raros. No posee una espiritualidad, sino supersticiones mayúsculas. No es sincero, inteligente y noble; es ladino, solerte y tretero. No se comunica en un idioma, sino que mal se expresa su dialecto. No produce arte: hace artesanías. El michoacano común, como aduce Montemayor del mexicano, conforma en realidad un pueblo racista y es de su etnocentrismo do surge ésa su estúpida idea de una cultura que no acepta y, sin conocerla, discrimina. Eso sí, la mentalidad de ese michoacano hubiera cambiado de manera radical si en su educación básica hubiese llevado como obligatoria la enseñanza de la lengua y cultura p´urhépecha. Pero eso no se va a dar. Ni siquiera en la comunidad clerical (pregunte en el Seminario Mayor Diocesano). Tampoco en la sociedad civil (pregunte en la UMSNH o en el Congreso del Estado).

            En cuanto al p´urhépecha actual, entre su aceptación total, su indiferencia o su rechazo práctico a la lengua, su situación es dispar. Hubo un francés de origen tunecino, Claude Hagège, autor del libro Alto a la muerte de las lenguas, a quien se debe el término “lingüicidio”. Éste lo atribuye a causas exógenas de carácter físico: conquista, despojo, etnocidio, genocidio, epidemias, exterminio. A causas económicas y sociales: presión de una economía más fuerte y poderosa, imposición de una supuesta cultura superior, aculturación y abandono de las actividades tradicionales. A causas políticas: educación integracionista y trasvase de modelos anticomunitarios. También, por desgracia, a causas endógenas. Porque una enorme mayoría de comunidades y familias p’urhépecha -por lo que toca a la Meseta- han dejado de apostar por su lengua materna: Patamban, Charapan, Corupo, Pomocuarán, Paracho, Aranza, Nahuatzen, Tingambato, Sicuicho, etc. Otras tantas están terminando de dejar de apostar: Sevina, Cherán, Chilchota, etc. Otras, las que aún la usan en su vida cotidiana, andan zigzagueando en un indudable coqueteo con la lengua y cultura dominantes, a costa de la pindekua y del idioma primigenio.

 

            Frente a este etnocidio lingüicida, frente a esta ausencia de diálogo intercultural. Habrá quien le eche la culpa a la globalización que imponen los medios y a esa imparable migración impuesta por la falta de efectividad gubernamental. También a las nuevas tecnologías. Sin embargo, ni el desarrollo global ni el progreso tecnológico han de ocurrir a costa de territorio, lengua y tradiciones de estos pueblos. En lo que toca al idioma, desde hace 500 años el castellano, como lengua nacional ha venido siendo el ariete fatal. Se pasa de un monolingüismo a otro. El bilingüismo se elude. En todo caso se busca “bilinguar” con el idioma inglés. Imán irresistible del profesionista y del migrante. Así las cosas, el advenimiento del 2006 debiera aprovecharse para percutir el pivote de una ecología lingüística michoacana en defensa del p’urhépecha. Y del mazahua, mixteco, náhuatl, zapoteco y otomí. De otra manera, al igual que lo que ha acontecido con los bosques, se llegará a un camino sin retorno como trágica denuncia de la merma de un patrimonio lingüístico. Las lenguas necesitan quien las hable, declame, narre y cante. También quien las enseñe y escriba. Si ni al p’urhé medio, ni al michoacanensis vulgaris les anda importando poco que el idioma p´urhépecha termine por extraviar sus cartas de ciudadanía, quién lo va a llorar? O como reza un proverbio guaraní, “¿Quién rezará para que no se acabe su mundo?”

 

 Francisco Martínez  

palenquepurhe@yahoo.com


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