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Un poco sobre la renovación del año.
Quiero iniciar la reseña sobre este acontecimiento que año tras año se realiza en las comunidades étnicas de la región p'urhépecha con una cita de Mircea Eliade en la que a mi modo de entender nos explica el origen y el sentido universal del año nuevo en todos los pueblos. Al respecto argumenta:
"...Pero aquí se impone una precisión: si es probable que la intuición del Año en cuanto ciclo se encuentre en el origen de la idea del Cosmos que se renueva periódicamente, en los escenarios mítico-rituales del Año Nuevo se descubre otra idea de origen y de estructura diferente. Es la idea de la perfección de los comienzos, expresión de una experiencia religiosa más íntima y más profunda nutrida por el recuerdo imaginario de un Paraíso perdido, de una beatitud que precedía la actual condición humana. Puede ser que el escenario mítico-ritual del Año Nuevo haya desempeñado un papel tan importante en la historia de la humanidad especialmente porque, al asegurar la renovación cósmica, alentaba así mismo la esperanza de una recuperación de la beatitud de los comienzos. La imagen del año-Círculo está llena de un simbolismo cósmico-vital ambivalente, a la vez pesimista y optimista. Así pues el transcurso del Tiempo implica el alejamiento progresivo de los comienzos y, por tanto, la perdida de la perfección inicial. Todo lo que dura, se desmorona, degenera y acaba por perecer. Se trata evidentemente de una expresión vitalista de lo real; pero no hay que olvidar que, para el primitivo el ser se revela -y se expresa- en términos de vida. La plenitud y el vigor se encuentran en el comienzo: es lo que podría llamarse el pesimismo inherente a esta concepción, pero hay que añadir inmediatamente la plenitud, aunque perdida muy rápidamente, es recuperable periódicamente. El año tiene un fin, es decir, que va seguido automáticamente por un nuevo comienzo” /1
Sobre la fiesta p’urhépecha.
En afirmación de los propios miembros pertenecientes a la étnia p'urhé de nuestros días, los antecedentes de la celebración del año nuevo en la actualidad, se remontan a la época prehispánica tiempo en el cual se realizaban diferentes ceremonias que tenían relación con los actos de la vida cultural en que se desarrollaba la sociedad p'urhépecha. Un documento histórico fundamental para tratar de entender el origen y desarrollo de estos acontecimientos lo es La Relación de Michoacán que en su apartado uno romano referente, a De la justicia general que se hacia, correspondiente a la segunda parte denominada... Síguese la historia como fueron los señores, el cazonci, y sus antepasados en esta provincia de Michoacán, ahí se refiere lo siguiente:
"Había una fiesta llamada Equata Cónsquaro que quiere decir de las flechas, luego el día siguiente después de la fiesta, haciáse justicia de los malhechores que habían sido rebeldes o desobedientes, y echábanlos a todos presos en una cárcel grande y había un carcelero diputado para guardarlos. Y eran estos los que cuatro días habían de traer leña para los fogones, cuando el cazonci mandaba mandamiento general por toda la provincia que trajesen leña, quien la dejaba de traer lo echaban preso. Y eran estos: los espías de guerra, los que no habían ido a la guerra o se volvían de ella sin licencia. Los malhechores, los médicos que habían muerto alguno, las malas mujeres, los hechiceros, los que se iban de sus pueblos y andaban vagabundos, los que habían dejado perder las sementeras del Cazonci por no desyerbarlas (que eran para las guerras), los que quebraban los magueyes, y a los pacientes en el vicio contra natura. A estos echaban presos en aquella cárcel, que fuesen vecinos de la ciudad y de todos los otros pueblos, y a otros esclavos desobedientes que no querían servir a sus amos, y a los esclavos que dejaban de sacrificar en sus fiestas, a todos estos susodichos llamaban Uazcata. Y si cuatro veces habían hecho delitos los sacrificaban. Y cada día hacían justicia de los malhechores, mas una hacían general este dicho día, veinte días antes de la fiesta, hoy uno mañana otro, hasta que se cumplían los veinte días”/2
Algunos antecedentes del año nuevo P´urhépecha.
El rescate de esta celebración se inició gracias a la iniciativa de un grupo de personas de origen p’urhépecha que han ido adquiriendo formación en diferentes ramas de las ciencias y humanidades, todos ellos pertenecientes a la etnia y con ascendencia en las comunidades de las cuatro subregiones: Lago de Pázcuaro, Sierra o Meseta, Cañada de los Once Pueblos y Ciénega de Zacapu.
De acuerdo al calendario que conserva hasta nuestros días esta étnia, el año p’urhépecha se compone de 365 días, la semana de 5 días y un mes consta de 20 días. En total el año comprende 18 meses a los que se le suman 5 días aciagos, que los antiguos p’urhépecha los empleaban para reflexionar, meditar, hacer acción de gracias a los dioses y a realizar sacrificios. Los últimos cinco días se la pasaban a obscuras, es decir, no prendían para nada fuego en espera de un nuevo ciclo que se asumiría con el encendido del fuego nuevo.
El día último de este ciclo anual entre los p’urhépecha era lo que ahora en el calendario mexicano es el primero de febrero por lo que el inicio del nuevo ciclo inicia el segundo día de este mes cuando la estrella conocida como "el arado" se encuentra en el cenit siendo precisamente este momento cuando concluye e inicia un nuevo período en el que se distribuye el fuego nuevo en todas las comunidades del territorio como símbolo de nueva vida.
Durante la época prehispánica los antepasados p’urhépecha contaban con todo un calendario de fiestas y celebraciones que giraban alrededor de sus dioses y su religión propia las que las generaciones de ahora siguen manteniendo, auque ya fusionadas con los ritos católicos que les impusieron los conquistadores europeos a partir del siglo XVI.
La celebraciones eran pequeñas y grandes fiestas, pues las había que duraban uno o varios días, según la importancia ya que estas estaban dedicadas a los principales dioses, al cambio de las estaciones, el inicio del ciclo de las cosechas y a los periodos de siembra de maíz. Los principales centros ceremoniales eran sin duda Tzintzuntzan, Pázcuaro, Zacapu y Zinápecuaro en donde tenían sus templos sus principales dioses del imperio y que se constituían en centros de reunión para los habitantes de sus diferentes regiones del territorio p’urhépecha.
Como ya señalamos anteriormente, su calendario constaba de 18 meses lunares, por lo que eran de 20 días cada uno, lo que daba un total de 360, en los que por lo menos había una gran fiesta que celebrar a lo que empleaban para su cómputo completo 5 días que ellos consideraban nefastos y en los cuales prácticamente se dedicaban a despedirse de sus familiares y amigos haciendo visitas y llevándose regalos pues tenían la creencia de que en estos días podían sucumbir el sol ante las tinieblas y la tierra podría quedar en la oscuridad, ya no se recuperaría jamás y concluiría la humanidad, sobre todo ante los animales carnívoros nocturnos ante los que estarían inermes.
Por ello, durante estos días no encendían el fuego en los hogares y se procuraba hacer oración y sacrificios personales en apoyo a Tata Juriata (Señor Sol) para sostenerlo en su lucha por la sobrevivencia mientras los sacerdotes en los templos permanecían en vela y ofrendando a la divinidad del fuego sus oraciones. La noche del último día, de se mantenían en ayuno y hasta entonces encendían el fuego nuevo con el que buscaban alentar al sol en su lucha y de esta manera se daba inicio a un nuevo año que coincidía con el inicio del ciclo agrícola.
Desde otro punto de vista, este día coincidió a la llegada de los europeos, con la celebración de la virgen de la candela haciendo referencia al fuego y a la vela quedando finalmente como el “día de la candelaria” por lo que no fue difícil que se aceptara el nuevo rito que se ofrecía a los antiguos habitantes de Michoacán. Con diversos grados de presencia, en unas y otras comunidades se conserva la costumbre de encender fogatas en los caminos durante la noche del primero al dos de febrero recordando así esta tradición ancestral.
Tomando en cuenta algunos aspectos antes señalados se buscó implantar la celebración del año nuevo p’urhépecha con la participación de algunos estudiosos amantes de la cultura michoacana, entre ellos el antropólogo sacerdote Agustín García ya fallecido quien en colaboración de otros profesionistas de origen p’urhépecha, llegaron a la conclusión de que el día más apropiado para realizar dicha celebración era el día primero de febrero, para concluir con el encendido del fuego nuevo por la noche de ese mismo día y así iniciar un nuevo ciclo al amanecer del segundo día de este mes. En el calendario p’urhépecha esta fecha corresponde al inicio del ciclo agrícola que da principio con el paso de la constelación de Orión por el cenit del firmamento dándose así las condiciones favorables para la preparación de las tierras de cultivo.
Importancia del fuego entre los p’urhépecha.
Algunos otros fundamentos sobre la celebración del año nuevo y la importancia del fuego para los p’urhépecha se encuentran consignados en La Relación de Michoacán, documento que ya hemos mencionado líneas atrás. En las ceremonias más importantes el sacerdote mayor iniciaba el discurso en esta forma: “...Vosotros los del linaje de nuestro dios Curicaueri(...) ya nos habemos juntado aquí en uno, donde nuestro dios Tirípeme-Curicaueri se quiere quedar con vosotros...” /3
El dios Curicaueri era venerado en los templos llamados cué, en donde se le honraba quemando leña día y noche por personas especializadas en esta actividad; era una obligación muy importante ser “quemador” de leña y estar al tanto para que no se apagara el fuego; si por descuido el fuego se extinguía, era considerado como uno de los delitos más graves: “Ticáteme(...) y díjoles a la partida: una cosa os quiero decir, que digais a vuestros señores, y es que ya saben cómo yo con mi gente ando en los montes trayendo leña para los cués...”/4
Uno de los grandes visionarios del imperio púrhépecha fue Taríacuri, quien quedó huérfano de padre, cuando aún no era adulto y era pequeño de estatura, sin embargo, estaba destinado para el cargo de gobernante, una de las recomendaciones hecha por los sacerdotes que lo adoctrinaron era: “Señor Tariácuri, ya tienes discreción: trai leña para los cués; dá de comer a Curicaueri”/5, estas indicaciones fueron la prueba que cumplió con gran puntualidad. Este mismo personaje, en uno de sus momentos de graves problemas personales, que incluso motivó que dejara de comer y “de continuo no hacía otra cosa, sino traer leña para los cués, y no íba a su casa, más íbase a la casa de los papas y traía arreo veinte días de leña, y después otros veinte, y no quería comer nada, que estaba ya flaco y perdido el color, todo blanquizco. Tenía la cinta que se ceñía, metida muy allá en las tripas, y no se podía tener en los pies...” /6
La simbología del nuevo ciclo
Los elementos simbólicos que acompañan las celebraciones del año nuevo p’urhépecha comprenden una piedra en forma de pirámide cuadrangular con cuatro caras donde se van registrando los glifos que representan a las diferentes comunidades que han sido sedes; otra piedra representando a la figura de un pescado (k’urucha) alimento ancestral de los antepasados p’urhépecha que da significado al territorio michoacano como “lugar de pescado” o “lugar de pescadores”; una tercer piedra que representa a la figura de un perro coyote, animal sagrado al que se le atribuyen ciertos poderes; una piedra de obsidiana enmarcado en un cuadro que representa al dios del fuego del pueblo p’urhépecha: el Curicaveri ó K’eri Kurhikua que significa el Gran Fuego, este es venerado hasta nuestro tiempo, teniendo una participación central en la ceremonia del encendido del fuego nuevo, esencia de la entrada a un nuevo ciclo solar o nuevo Tata Juriata.
Otros símbolos resultado de la lucha del pueblo p’urhépecha que han sido incorporados a esta celebración son la Bandera, el cual consiste en un lienzo de telas de cuatro colores que representan a las cuatro regiones que comprenden al territorio actual en que viven los p’urhépecha: el color morado representa a la región de la ciénega ó Tsiróndarhu, el color azul claro representa a la región lacustre ó Japúntarhu, el color verde representa a la sierra ó P’ukúmintu y el color amarillo representa a la región cañada ó Eráxamani. En el centro del lienzo se identifica un escudo que representa la unidad del pueblo p’urhépecha conteniendo los siguientes elementos simbólicos: una obsidiana negra conteniendo una punta de flecha con resplandores en color blanco que representa al dios Curicaveri; un haz de cinco flechas orientadas hacia los cuatro puntos cardinales que representan el carácter guerrero de los p’urhépecha; una mano indígena empuñada que representa la unidad del pueblo p’urhé que se ha mantenido hasta este tiempo; finalmente, en la parte baja de la bandera se lee una inscripción en lengua materna: “juchari uinapikua” que significa nuestra fuerza, expresando con esto, el poder propio que tiene el pueblo p’urhépecha.
Desde cuándo y dónde se ha realizado la celebración.
Es en el año de 1983 cuando da inicio la celebración del año nuevo p’urhépecha con todo un sentido de recuperación en la ciudad que fuera la antigua capital del imperio, Tzintzuntzan, que posee hasta nuestros días un conjunto de construcciones en forma circular y rectangular conocidas como “yácatas” lugar que fue el escenario natural de las ceremonias juego de pelota “uarhukukua” y encendido del fuego nuevo. Con esta primer celebración se buscó dar fundamento al al año nuevo con la creación de símbolos que tuvieran la suficiente significación para el pueblo p’urhépecha y que a su vez sirvieran para buscar la unificación de la etnia y la revitalización de su pasado perdido a través de más de 300 años de sometimiento por parte de los españoles. En una piedra en forma de columna piramidal escogida especialmente para este evento, se grabó una figura de dos estrellas.
Para 1984 se realiza la segunda celebración en la comunidad de Ihuatzio. Aquí se contó con la participación de bandas y orquestas y se hace la descripción del año nuevo dando una participación especial a los pireris y danzas así como la presentación de juegos tradicionales. Aquí se grabó como símbolo en la piedra un corazón.
En el año de 1985 le correspondió ser sede de la celebración a la comunidad de Nurío lugar donde se presentó por primera ocasión la bandera p’urhépecha, el juego de pelota de piedra así como danzas propias de la comunidad que se estaban perdiendo. En esta comunidad se grabaron tres círculos solares en la piedra, significando el número de evento realizado.
Para el año de 1986 la celebración se realizó en la comunidad ribereña de San Andrés Tziróndaro. En esta comunidad la novedad fue la presentación del juego de pelota encendida que se practica de noche. Aquí se grabó en la piedra la figura de un pescado, principal producto para el sostenimiento de la población.
La comunidad de Angahuan fue la sede de la celebración para el año de 1987. En este lugar se presentó el juego del “k’uilichi” que es una especie de ajedrez con el que se realizan concursos de fuerzas con las manos tirando unos palitos sobre un cuadro dibujado en una piel de venado. También se presentaron platillos como pozole de maíz negro, tortillas preparadas a base de maíz especial molido en metate que se doran al comal para finalmente ser saboreadas con atole agrio. En esta comunidad se grabó un símbolo repesentando al juego prehispánico ya mencionado.
En 1988 la celebración se realizó en la comunidad de Pichátaro en la que se contó con la participación de un nutrido grupo de pireris y danzantes de las cuatro regiones p’urhépecha. Aquí se grabó un glifo en el que se representó una “troje” que es el tipo de vivienda que hasta hace algunos años predominaba en la población grabándose en la piedra un símbolo representando este tipo de vivienda.
La comunidad de Tacuro, en la cañada de los once pueblos fue la sede del año nuevo para el año de 1989, siendo aquí donde se desarrollaron las primeras actividades de promoción del evento dirigidas especialmente a los niños. El glifo que se grabó en esta ocasión fue la figura de un “tecolote” que da origen al nombre de esta comunidad.
Para el año de 1990 se vistió de gala la comunidad de Santa Fé de la Laguna, sede de la celebración, grabándose en esta ocasión como símbolo en la piedra la figura de una “jarra” siendo esta una de las artesanías más tradicionales de la alfarería de esta población. En esta comunidad se originó la bandera p’urhépecha como resultado de las luchas por la tierra.
Ya para el año de 1991 corresponde a la comunidad de Cheranátzicurin ser sede de la celebración del año nuevo. Aquí se grabó una “mazorca” representando al principal producto del trabajo de los campesinos de esta población.
En 1992 se llevó a cabo la celebración en la comunidad de Ichupio donde se grabó la figura de una “canoa” representando al principal instrumento de trabajo que los habitantes de esta población ribereña utilizan para realizar la pesca diaria.
Para el año de 1993 se realizó el evento en la comunidad de Cocucho, aquí se grabó una olla de arena llamada “kokucha” que es la principal producción artesanal de las mujeres del pueblo de la que se deriva el nombre del mismo. En este lugar se dio un evento trascendental al reunirse las mujeres viudas de esta comunidad y de Nurío olvidando así los enfrentamientos que se habían tenido en años anteriores.
En 1994 es asignada la celebración a la comunidad de Ucazanástacua realizándose en esta ocasión la fiesta en la ciudad de Pátzcuaro por ser una de los lugares donde se consolidó la cultura p’urhépecha. Aquí se grabó en la piedra la figura de un árbol llamado “ucaz” de donde se deriva el nombre del pueblo.
Para el año de 1995 la sede de la celebración es la comunidad de Tarecuato, simbolizándose este evento con el grabado de un “morral” de ixtle que es la principal producción de este pueblo.
Ya en 1996 se realiza el año nuevo p’urhépecha en la comunidad de Puácuaro, grabándose aquí la figura de un árbol frutal del “tumine” de dónde se dice se originó el nombre del pueblo.
Para el año de 1997 el evento se realizó en la comunidad de Sevina. Aquí se grabó en la piedra la figura de un “arado” considerado por los habitantes como el principal instrumento de trabajo para la actividad fundamental de la población que es la agricultura.
En 1998 se realizó la celebración en la comunidad isleña de Janitzio, principal centro de atracción turística p’urhépecha grabándose la figura de una isla para representar con esta al lugar sede.
Para el año de 1999 la realización del evento se llevó a cabo en la comunidad de San Lorenzo Narhen dónde se grabó la figura de un cerro que representa a la sierra y el oficio de la elaboración del tejamanil quedando así registrado el paso de esta fiesta por esta población. El petamuti de esta comunidad presenta el proyecto de la creación del himno p'urhépecha, además se inician los acuerdos con los demás petamitiecha para que dicha fiesta sea un símbolo de unidad más allá de una simple celebración o fiesta, que sea un punto de partida para esculcar los diferentes ámbitos de la cultura, medicina, educación, historia, organización social, política, creencia, y gobierno, con mirar a reconstruir nuestro antiguo reino.
Finalmente, en este año 2000, habiendo ya entrado el siglo XXI la celebración se realizó en la comunidad de Tiríndaro dónde se grabó la figura de una parangua que simboliza la convivencia familiar alrededor del fuego, como parte de la cultura de esta población.
De Tiríndaro, los símbolos del Año Nuevo P’urhépecha fueron trasladados la noche del día primero de febrero de este año a una de las comunidades más grandes de la meseta p’urhépecha, nos referimos a Cherán, municipio que fue sede de la celebración diecinueve del uno al dos de febrero del 2001. Aquí se grabó la figura de un círculo que representa a una luna llena conteniendo los glifos de los cuatro elementos de la naturaleza: fuego, tierra, aire y agua, representando así la sabiduría de conocimientos y las capacidades para ejercer el curanderismo, practicado en esta población desde la antigüedad. En esta forma y celebrando este acontecimiento los p’urhépecha cerraron la entrada al tercer milenio que traerá consigo el resurgimiento de los pueblos y culturas indígenas del mundo.
Para el año 2002, después de haber tenido una reunión en Cherán, el Consejo de Petámutis analizó dos solicitudes de los símbolos del Año Nuevo P’urhépecha y más tarde determinó otorgar por mayoría, como sede de la celebración a la comunidad de Carapan, localizada en la región de Eráxamani o Cañada de los once pueblos.
La sede del Año Nuevo P’urhépecha para el año 2003, por consenso del Consejo de Petámutis, se otorgó a la comunidad y municipio hermano de Parangaricutiro, más conocido como San Juan Nuevo, el cual se vistió con sus mejores galas para realizar esta gran fiesta cultural-histórica del pueblo p’urhépecha.
Este año de 2004 la celebración será en la ciudad de Pátzcuaro, allí representantes de diversas comunidades p’urhépecha se organizan para llevar a cabo el ceremonial histórico-cultural.
E mail: josemerced@correo.unam.mx
Notas textuales por autor y obra que se citan en esta ponencia.
/1 Mircea Eliade Mito y Realidad edit. Labor.1994 pp. 55, 56. Madrid, España.
/2 Petámutis P’urhépecha y Fray Jerónimo de Alcalá. La Relación de Michoacán. (Relación de la Ceremonias y Ritos de Población y Gobierno de los Indios de la Provincia de Michoacán, que data del año de 1541). Edit. Balsal. 1997. Morelia, Mich. México.
/3 Juan Velázquez Pahuamba et., al Vocabulario práctico bilingüe P’urhépecha – Español. Edición especial INEA, 1998. Morelia, Mich.
/4 Ibidem.
/5 Ibidem.
/6 Ibidem.
Otras referencias bibliográficas que se pueden consultar sobre este tema:
Moderno ritual político entre los púrhépecha, en el libro: Los Señores de Utopía de Eduardo Zárate
La reconstrucción de la nación p’urhépecha y el proceso de autonomía en Michoacán, México, en el libro: El Reto a la diversidad de varios autores.
Región nacional y la construcción de un medio cultural, El Año Nuevo P’urhépecha, en la revista: Relaciones número 52, de Andrew Roth Seneff.
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