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Frontera
USA/MEX: cedazo y barrera
Por Francisco Martínez
Gracián
También
los perversos titubean: “hay que admitir que hay gente que
vendrá a trabajar si un estadounidense no hace el trabajo”,
acaba de declarar Bush en Washington (06-01-12) al verse
obligado a admitir que construir una barda a lo largo de
toda la frontera con México sería “impráctico”. Propugna
ahora una emigración legal de carácter temporal. Bien por la
propuesta de Fox, pues. Pero, independientemente de las
falacias bushianas, el Muro de la Vergüenza en la frontera
USA/MEX siempre ha existido de una u otra manera. Sin
embargo, “a diferencia de aquél niño que metiera el dedo en
el agujero de un dique para salvar a su pueblo, este dique,
esa frontera, se resiste. Se resiste a su propia existencia”
(The Living Gaze, Jacobo, Correa & Flores, an
Introduction by Davies, A., LARC Press, San
Diego, 2004). En otras palabras, esa barrera hecha con
herrumbradas planchas metálicas que fueran pistas de
aterrizaje durante la Segunda Guerra Mundial, se
autodestruye. Permanece tan permeable que no sólo filtra a
diario miles de personas, sino cultura, comercio, religión,
mito, aspiraciones y expectativas de ambos lados.
A pesar de los muchos que se
obstinan en creer en su poder de exclusión desde que se
instrumentó la llamada Operación Guardián en 1994,
esa barrera se ha vuelto una barrera contra la vida misma; a
pesar de que desde aquél 11 de septiembre se ha convertido
en un atasco infernal de horas y empleos perdidos; le pese a
quien le pese, esa barrera se ha convertido en una
contradicción artificial, meramente política, trazada al
medio de una nación real, span/english, que no es
mexicana ni norteamericana. Como señala Carlos Fuentes en su
Cristóbal Nonato, se trata de “Mexamérica, independiente de
México y de los Estados Unidos”. Y visto desde lo que
también vivimos en las zonas de escarpe de la Meseta
P´urhépecha con los zamoras y uruápanes, se trata de una
tercera cultura. Realidad indómita, no entendible para quien
ahí no habite. Porque si en estos lares no se puede
deslindar claramente qué es p´urhépecha y qué es uruapense y
zamorano; mucho menos allá, qué sea mexicano o qué
estadounidense.
Desde antes que la tinta del
Tratado de Guadalupe Hidalgo se secara, la economía de la
zona fronteriza crecía y evolucionaba. Desde antes del
Tratado de Libre Comercio saliniano, ya Profirio Díaz había
establecido una zona libre fronteriza de doce millas de
ancho. Al final, esa línea artificial, bardeada o por
bardearse, ha constituido un paso gigantesco de más de 3,000
kilómetros de ancho por donde la gente emigra, llevando no
sólo un propósito firme de trabajo, de negocios o de visita,
sino acarreando su forma alimenticia, su música, su idioma,
sus costumbres, su historia, su ciencia y tecnologías, sus
fundamentalismos y sus fobias. Y como muchos se quedan
anidando ese paso, quien por ahí les visite oirá a los
mexamericanos comunicarse en span/english; honrar
unos a Juan Soldado (santo que tienen los de este lado para
proteger a quienes se brincan la línea) y otros a Jesús Chuy
Malverde, patrón de los narcotraficantes. Y, tratándose de
quienes permanecen al 100% en la ortodoxian católica, si no
a esos santos, sí al Dr. José Gregorio Hernández, venezolano
recién beatificado, quien otorga bienestar a los pobres. En
tratándose de allá p´acá, observará también desde
donde se encuentre, la influencia de las pandillas del este
de Los Ángeles, de los barrios de Yuma, Nogales, Bisbee,
Douglas, El Paso, Presidio, Del Río, Eagle Pass, Laredo,
McAllen o de Brownsville, que también se han filtrado y
asentado sus reales.
Si Bush titubea una vez más -que
de seguro lo hará- y abandona esa propuesta foxiana de
convenir de alguna manera la emigración del trabajador
temporal, entonces alargar ese muro de ignominia e
implementar un control más estricto por parte de la Patrulla
Fronteriza, sólo seguirá propiciando lo que Frank del Olmo
adujo en el editorial del 8 de julio de 2001 en The Los
Angeles Times: “Entre más tratamos de impedir la entrada
de los mexicanos, más los obligamos a ser inmigrantes
permanentes” (Cfrt. Opus Citada). Porque si las generaciones
anteriores de mexicanos que iban a trabajar a USA, tarde que
temprano regresaban; ahora, como cada uno de nosotros, amigo
lector, lo estamos experimentado en nuestras familias, los
inmigrantes actuales están terminando por quedarse sea de
motu propio o de a tiro atrapados en esas tierras. No sé
por qué, pero esas barreras, esos muros de soberbia, ocultan
una ignorancia crasa: la unidad geológica, ambiental,
cultural y económica de esa zona.
Francisco
Martínez
palenquepurhe@yahoo.com
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