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Para vergüenza
de nuestros antepasados
Por: Francisco Martínez Gracián
De
los más de 30 años que llevo en la Meseta P´urhépecha, éste
es uno de los más tristes. A este querido pueblo que la
habita le debo todo. Las cuestas empinadas de sus volcanes,
las barrancas de sus montañas, los paninos y valles, las
lluvias torrenciales, los bosques -umbríos unos, otros
desolados- me fueron mostrando poco a poco la enorme riqueza
y potencialidad de sus recursos naturales. La circular
horizontalidad de su vida comunitaria -legado de sus
antepasados- ha sido un constante reclamo al culto de mi
individualismo trasnochado. El gusto por el diálogo, la
alegría por las cosas sencillas, la enhiesta valentía cuando
se necesita, la tolerancia ubicua, el enorme placer por la
fiesta, la economía de servicio, los cargos -evangelio de
Dios hecho indígena- me mostraron una forma de llevar los
días que en página alguna de mis libros había encontrado.
Problemas siempre los ha tenido
este gran pueblo. El choque brutal de la conquista hace 500
años. El dominio hispano. La pérdida de gran parte de su
territorio. El ataque sistemático a su pindekua. La
aculturación de su sistema educativo. La atomización de su
lengua. El desmembramiento. El sablazo salinista a la
posesión comunal de sus bosques y tierras. Su aparcelamiento.
La invasión de los medios occidentales. El imparable
golpeteo a su utopía histórica. El pisoteo gubernamental a
su autonomía. Y sin embargo, en esa lucha desigual, la
resistencia p´urhépecha ha sido un leitmotiv (1)
sostenido ante propios y extraños. Con todo, no se puede
negar que los golpes de fuera le han causado bajas y le han
dejado muchos daños.
Pero no tantos como los que
internamente se está causando. De ahí mi tristeza. ¿Cómo
defender de sí misma a la Meseta? Las luchas fraticidas, de
ésas que, mandando al carajo los valores más preciados de su
Xiranhua, han causado sólo este año muchos muertos en
Ahuiran, Patamban, Cocucho y Urapicho, mancillan hasta lo
más hondo su sentido de comunidad, contradicen totalmente su
historia y herencia como pueblo, duelen hasta el fondo del
corazón y simplemente no se justifican. Querida Meseta, ¿qué
te pasa? En todo caso, los verdaderos enemigos, habría que
buscarlos fuera. ¿A qué sumar a la injusticia que te rodea,
tu maceración interna? Porque la fortaleza de tu raza radica
en lo que la une y su debilidad en lo que la desune.
Dispénsame la manera en que te hablo. Dispénsame si
desvarío. Los tata k´ericha te dejaron los elementos
suficientes para mantenerte como un pueblo digno, prudente,
valiente, sabio. Eso y no las matanzas entre hermanos, es lo
que debes legarle a cada hijo que te nazca, a cada familia
que fundes, a cada comunidad que conformes. ¿O cada niñito o
niñita con que Dios te bendice ha de nacer obligado a cargar
las venganzas y revanchas de sus progenitores?
Cuando se pierden el nudo y el
rumbo comunitario, algo grave está sucediendo. De veras. Es
entonces que hay que guardar silencio, hacer un alto y
entablar el diálogo. Me cae que sí. Chingaos. ¿O la
confusión actual, la ausencia de sabiduría, el desatino, el
protagonismo individualista de algunos de tus jóvenes que se
han atrevido a montar antes de tiempo los puestos de
autoridad te están resolviendo tus problemas? No. Es hora de
que escuches y dejes actuar a tus tata k´ericha.
Manda mucho la chingada -al menos por este rato- los
intereses de los partidos políticos. Esos cabrones nomás te
han desbrujulado. ¿O vamos a seguir cayendo en picada, sin
saber otra cosa para tratar nuestros problemas que
asesinarnos y darnos en la madre? Párale. ¿O crees que es
demasiado tarde? Si así lo creyeras, te equivocas y
entonces, entonces aunque yo sólo sume 30 años en tus
tierras y tú más de 500 años, dame permiso por favor de
decirte algo. El tiempo a todos nos da una compañera: la
experiencia. Acude a ella.
Francisco
Martínez
palenquepurhe@yahoo.com
(1)
Motivo conductora
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