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          DIARIO DIGITAL 15 de septiembre de 2005

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México..

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La sociedad multiétnica

Por: Francisco Martínez Gracián

    

       La distancia es corta; pero entre Zamora y Ocumicho dista un mundo. Otro, entre Capacuaro y Uruapan. O entre Los Reyes y Sirío. Quienes nacimos asentados al occidente del Estado, nos sabemos michoacanos; mas no siempre, miembros de una sociedad multiétnica. O pluricultural. Porque implícito cargamos en nuestro bagaje social que a todos nos ha de cortar una tijera igual. Mismas leyes, mismo programa educativo, mismo sistema electoral. Por no decir más. Que en eso radica “la buena sociedad”. Ésa que muy pronto olvida el reconocimiento del valor de la diversidad. Del derecho a nacer, pensar, hablar, querer y actuar diferente. Del derecho a ser tolerado, aceptado y respetado dentro de una sociedad que debe ser tan pluralista como para decidirse a acoger sin temor a disolverse al “enemigo cultural”. Porque –venga el ejemplo- quien nace dentro de una cultura teocrática plantea retos muy distintos de quien nace de una que por principio acepta la separación entre religión y política.

 

            Del modo en que un ciudadano del occidente de Michoacán conciba el pluralismo, dependerá su manera de entender la tolerancia, el consenso, el disenso y el conflicto. Para muchos buenos zamoranos, por ejemplo, porque conciben tolerancia como indiferencia, o les vale un comino que los comuneros de Urapicho y Cocucho se estén matando por problemas de linderos, o se quedan pensando que esos indígenas son tan necios como primitivos. Olvidan que tolerancia exige conocimiento profundo del otro. Que tolerancia ni es indiferencia, ni la presupone. Quien escoge la indiferencia ante al vecino, es que éste no le interesa. Así de simple. Quien por otra parte suponga que tolerancia implica relativismo, excede el término. Tolerancia es tolerancia, precisamente porque no presupone una visión relativista y sí multiplicidad y complementariedad en los puntos de vista. No es lo mismo que un uruapense armado de sus escrituras se disponga a pelear contra su colindante porque las escrituras de su casa  empalman su predio unos centímetros, a que una comunidad indígena defienda su propiedad comunal histórica de los empalmes que le fueron y siguen endilgando cada vez que la tasaron con sus mediciones y dictámenes primero las autoridades virreinales, luego las revolucionarias.

 

            Tolerar obliga. Quien tolera se sabe con creencias y principios propios y los considera verdaderos; sin embargo concede de antemano que los otros tengan derecho a cultivar su mundo con “creencias equivocadas” (Sartori, G. Pluralismo, multiculturalismo e estranei, Milano, 2001). De ahí que toda tolerancia, porque no es ilimitada, implique tensión. Si a la sociedad michoacana, por ejemplo, no le importa otra cosa que la propiedad privada, tratará a priori de justificarla, estructurarla, realizarla y legalizarla; si no lo hace, sería difícil pensar que de veras le importa; pero no le será lícito dogmatizarla sin más e imponerla a cualquier costo (por ahí les hablan, latifundistas de Uruapan). La tolerancia no es pues ilimitada, pero es, debe ser, elástica. La tolerancia debe proporcionar siempre razones de aquello que considera intolerable, por eso no le casa el dogmatismo. La tolerancia ha de tener como principio no hacer el mal al otro. Por algo exige reciprocidad: te tolero, me toleras, me toleras, te tolero. Te doy mis razones, recibo las tuyas. La tolerancia va de la mano con lo razonable según los patrones culturales propios y según los patrones culturales del otro. He ahí su clave.

 

            De modo que cuando los zamoras, uruápanes, zacapus y demás, armados del derecho occidental, continúan queriendo imponer su patrón de propiedad sobre la propiedad comunal de los ocumichos, tarecuatos, san lorenzos, capacuaros, tacuros y demás, no enseñan otra cosa que el cobre de su intolerancia. Olvidan el Derecho de quienes estuvieron primero. De modo que cuando comunidades indígenas hermanas, engolosinadas por dictámenes de carácter turixhi, terminan matándose, muestran ese cobre también. Porque sin diálogo horizontal la tolerancia no se alcanza. Tampoco sin conocimiento del otro o sin su respeto. Y éstos, porque de natura le son endógenos a toda comunidad, poco pueden darse en una sociedad neoliberal e individualista. Ésa que campea en los pueblos que rodean a la Meseta y que está logrando contaminar sus relaciones intra e intercomunitarias.

 

Francisco Martínez  

palenquepurhe@yahoo.com

 


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