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La sociedad
multiétnica
Por: Francisco Martínez Gracián
La distancia es corta; pero entre
Zamora y Ocumicho dista un mundo. Otro, entre Capacuaro y
Uruapan. O entre Los Reyes y Sirío. Quienes nacimos
asentados al occidente del Estado, nos sabemos michoacanos;
mas no siempre, miembros de una sociedad multiétnica. O
pluricultural. Porque implícito cargamos en nuestro bagaje
social que a todos nos ha de cortar una tijera igual. Mismas
leyes, mismo programa educativo, mismo sistema electoral.
Por no decir más. Que en eso radica “la buena sociedad”. Ésa
que muy pronto olvida el reconocimiento del valor de la
diversidad. Del derecho a nacer, pensar, hablar, querer y
actuar diferente. Del derecho a ser tolerado, aceptado y
respetado dentro de una sociedad que debe ser tan pluralista
como para decidirse a acoger sin temor a disolverse al
“enemigo cultural”. Porque –venga el ejemplo- quien nace
dentro de una cultura teocrática plantea retos muy distintos
de quien nace de una que por principio acepta la separación
entre religión y política.
Del modo en que un ciudadano del
occidente de Michoacán conciba el pluralismo, dependerá su
manera de entender la tolerancia, el consenso, el disenso y
el conflicto. Para muchos buenos zamoranos, por ejemplo,
porque conciben tolerancia como indiferencia, o les vale un
comino que los comuneros de Urapicho y Cocucho se estén
matando por problemas de linderos, o se quedan pensando que
esos indígenas son tan necios como primitivos. Olvidan que
tolerancia exige conocimiento profundo del otro. Que
tolerancia ni es indiferencia, ni la presupone. Quien escoge
la indiferencia ante al vecino, es que éste no le interesa.
Así de simple. Quien por otra parte suponga que tolerancia
implica relativismo, excede el término. Tolerancia es
tolerancia, precisamente porque no presupone una visión
relativista y sí multiplicidad y complementariedad en los
puntos de vista. No es lo mismo que un uruapense armado de
sus escrituras se disponga a pelear contra su colindante
porque las escrituras de su casa empalman su predio unos
centímetros, a que una comunidad indígena defienda su
propiedad comunal histórica de los empalmes que le fueron y
siguen endilgando cada vez que la tasaron con sus mediciones
y dictámenes primero las autoridades virreinales, luego las
revolucionarias.
Tolerar obliga. Quien tolera se
sabe con creencias y principios propios y los considera
verdaderos; sin embargo concede de antemano que los otros
tengan derecho a cultivar su mundo con “creencias
equivocadas” (Sartori, G. Pluralismo, multiculturalismo e
estranei, Milano, 2001). De ahí que toda tolerancia,
porque no es ilimitada, implique tensión. Si a la sociedad
michoacana, por ejemplo, no le importa otra cosa que la
propiedad privada, tratará a priori de justificarla,
estructurarla, realizarla y legalizarla; si no lo hace,
sería difícil pensar que de veras le importa; pero no le
será lícito dogmatizarla sin más e imponerla a cualquier
costo (por ahí les hablan, latifundistas de Uruapan). La
tolerancia no es pues ilimitada, pero es,
debe ser, elástica. La tolerancia debe
proporcionar siempre razones de aquello que considera
intolerable, por eso no le casa el dogmatismo. La tolerancia
ha de tener como principio no hacer el mal al otro. Por algo
exige reciprocidad: te tolero, me toleras, me toleras, te
tolero. Te doy mis razones, recibo las tuyas. La tolerancia
va de la mano con lo razonable según los patrones culturales
propios y según los patrones culturales del otro. He ahí su
clave.
De modo que cuando los zamoras,
uruápanes, zacapus y demás, armados del derecho occidental,
continúan queriendo imponer su patrón de propiedad sobre la
propiedad comunal de los ocumichos, tarecuatos, san lorenzos,
capacuaros, tacuros y demás, no enseñan otra cosa que el
cobre de su intolerancia. Olvidan el Derecho de quienes
estuvieron primero. De modo que cuando comunidades indígenas
hermanas, engolosinadas por dictámenes de carácter
turixhi, terminan matándose, muestran ese cobre también.
Porque sin diálogo horizontal la tolerancia no se alcanza.
Tampoco sin conocimiento del otro o sin su respeto. Y éstos,
porque de natura le son endógenos a toda comunidad,
poco pueden darse en una sociedad neoliberal e
individualista. Ésa que campea en los pueblos que rodean a
la Meseta y que está logrando contaminar sus relaciones
intra e intercomunitarias.
Francisco
Martínez
palenquepurhe@yahoo.com
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