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Entre la ley y el suelo
matrio
“Las culturas son mapas de
significado que vuelven inteligible al mundo”
-Peter Jackson, geógrafo,
1989
La
Secretaría de Cultura del Gobierno de Michoacán y la
Comisión de Cultura del H. Congreso del Estado han convocado
al Primer Congreso Estatal de Cultura que, en aras a
elaborar una iniciativa de Ley de Fomento a la cultura del
Estado, tendrá lugar del 16 al 19 de marzo en Morelia. Entre
sus objetivos se encuentra “establecer una propuesta
estratégica que incluya las opiniones de los actores claves
en el ámbito cultural”. De sus cinco temas ejes, toca
el segundo la diversidad cultural. Tema necesario por cuanto
en Michoacán no ha dejado de darse un proceso de
aculturación o contacto de culturas. Por cierto, harto
dispar. Y me refiero no sólo al choque brutal que al embate
de la conquista sufrieron sus pueblos originarios hace 500
años. Que a nadie será permitido mirar de soslayo esa
invasión ominosa e insidiosa que día a día y a costa de los
territorialmente despojados continúa haciendo una “cultura
global” que ya se ha apropiado de la llamada cultura
nacional.
Claro, ninguna cultura es
estática. Cuando éstas entran en contacto a causa de la
migración, el comercio o, lo más común, debido a la invasión
masiva de los medios de telecomunicación -siempre en poder
de las culturas dominantes- entonces una decrece o hasta
fenece para que la otra se afiance. Al empuje de la
globalización, impulsada principalmente por los EUA y la UE,
las formas de vivir, entender el mundo e interactuar con él
que distinguen a entidades minoritarias, como una maleza
indetenible son invadidas por la cultura dominante. Dígase
lo mismo de sus escalas de valores, sus costumbres lúdicas,
sus relaciones intrafamiliares y sociocomunitarias, sus
maneras de construir una casa y hasta su dieta básica. Y lo
que es más: el valor atribuido a sus raíces culturales y a
la ventana de las mismas como lo es su lengua materna.
Siempre ha sucedido así: durante milenios, las culturas han
evolucionado o fenecido debido a ese tipo de contactos.
Sólo que ahora el ritmo y la fuerza de los acontecimientos
han cambiado. Hasta hace cinco siglos, al menos para los
pueblos amerindios -y aquí en el Estado para el pueblo
p´urhépecha- la influencia de culturas lejanas no se daba o
se daba poco, de vez en vez y poco a poco. Hoy día, debido a
la afluencia del teléfono, la televisión, el internet, el
comercio internacional, la migración, etc. es otra cosa: las
influencias de las culturas dominantes pueden llegar al
rincón más alejado del planeta -o al más obscuro de la
troje- con tanta rapidez como accionar el ratón de una PC.
En la convocatoria, la
Secretaría de Cultura establece que “la cultura es el
espacio natural donde la sociedad dialoga… y de algún modo
constituye al propio ser social”. Referido a la cultura
p´urhépecha, ese espacio es el territorio donde ha asentado
su casa y consigue su sustento. Donde ha ido forjando
herramientas, leyes, modales, artes y mitos. Y, sobre todo,
donde acuna la lengua en que se comunica. Como sostiene el
compañero Ignacio Márquez J., ésta “es el elemento más
importante”. Tan es así, que “tratar de entender la
situación indígena desde el enfoque mestizo y sin hablar la
lengua, tal vez resulte difícil, si no imposible” (K´uanhari,
Celebrando Diez Años, Mecanoescrito, Cherán, Febrero
de 2006). Porque si bien, entre las muchas formas de medir
la diversidad cultural se halla, por ejemplo, la religión,
quizá el mejor indicador para medir la salud de una cultura
sea el estado cuantitativo y cualitativo en que se encuentre
su lengua. Por un lado. Por el otro, la posesión real que
mantenga de su territorio y la autonomía con que se rija. De
ahí la importancia de tomar en cuenta y clarificar ese “espacio
natural” al que alude la Secretaría de Cultura. Bajo el
punto de vista de los menos, resulta fundamental qué
definición de cultura adopte esa iniciativa de Ley. Porque
de no prevalecer un concepto antropológico, sólo servirá
para que los golpeen más fuerte los arietes de la cultura
dominante (acceso a las artes a través de idiomas ajenos,
importación pasiva de tecnologías con detrimento a las
propias, organización individualista y a costa de la
comunidad, olvido de la cultura ambiental y de todo lo que
tenga qué ver con el reclamo territorio).
Quizá entonces más
que una Ley, hayan de proponerse leyes emanadas de cada una
de las culturas que hay en el Estado. Y en ese caso, al
tenor de La Otra Campaña,
toca a los P´urhépecha -y sólo a ellos- haciendo valer su
propia oferta (científica, técnica y filosófica) y
rechazando todo aquello que signifique una violación a sus
formas de vida (lengua, cosmología, propiedad comunal,
organización comunitaria, espacio territorial y autonomía)
hacer prevalecer la propia. En ese sentido cultura y “espacio
natural” deben formar un matrimonio tan indisoluble como
unido. Una auténtica Ley de Fomento a la(s) Cultura(s) del
Estado no debería descartar ninguno, sino abrazarlos y
reunirlos.
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Francisco
Martínez
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