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Hasta que paguen-lo-que-han-robado
Por Francisco Martínez Gracián
Pasados
los ruidos, queda la tarea. Si bien con el levantamiento
armado en Chiapas revivió la lucha por la autonomía
indígena, ésta sumaba ya 500 años. Sólo que fragmentada.
Frente el enemigo común, cada pueblo se rascaba con sus
uñas. ¿Qué comunicación, qué conocimiento del otro podían
tener los rarámuris con los tsotsiles o tseltales? ¿Qué
punto de encuentro los cora con los p´urhépecha o los mixe?
En contraparte, los intereses neoliberales mantenían bien
pertrechadas a las empresas trasnacionales. Mejor
intercomunicadas que nadie (que lo diga hoy día, si no, el
triunfo de una legislación por sobre los intereses patrios,
como la malhadada “ley televisa”) ésas tales han logrado
poner un bozal no sólo al Congreso de la Unión y al Senado,
sino a los partidos políticos y, por ende, a los candidatos
presidenciales. Su finalidad, la misma de los conquistadores
hace 500 años: arrebatarlo todo. Y, para abonar ofensa a
engaño, manipular de tal manera la opinión pública, que
todavía haya que darles las gracias. Eso no se vale.
La actitud de esos consorcios seguirá sin cambio.
Tozudos, no cambiarán su intención, Jamás escatimarán
recursos. Nunca dejarán de medrar porque de eso viven. A eso
se dedican. Es su profesión. Y si alguna vez se vieran
obligados a resarcir una pizca de lo que han usurpado
(tierras, ciencias, religión), en cuanto se descuide el
ofendido, darán un zarpazo mayor. Cosas de su oficio. En
cambio, la actitud de los desposeídos presenta más aristas.
Cierto, atacados, nunca han dejado de sacar las uñas, de
lanzar ayes lastimeros, de protestar. De pronto hasta parece
que van a lograr un cambio en la sociedad: otras leyes, otro
trato y demás. Pero luego, su misma miseria les hace
recular. Resulta casi imposible empuñar la mano y mantenerla
sin soltar el arado. Primero está comer. No otra cosa, sino
subsistir, han tenido que hacer los pueblos marginados los
últimos 500 años. Hasta que, habido el levantamiento en
Chiapas, comenzaron a darse cuenta que los sobrevivientes de
la conquista eran tan ubicuos como muchos. Arrejolados uno a
uno en sus zonas de refugio. Llegó luego un día en que se
supieron, nomás por eso, unidos. Convirtiendo desde entonces
en trinchera: lengua, asentamiento, cultura, religión y
tierras. Lo que sí se debe y se vale.
Por eso, años después (y lo digo por lo que
respecta a este territorio y el pueblo p´urhépecha que lo
detenta), habido el Congreso Nacional Indígena en Nurío y
luego de 5 años, ya no importó que el Subcomandante
Insurgente Marcos, regresado que hubo como Delegado Zero,
pareciera que no tuvo el eco que desearan esos portavoces, a
veces prostitutas de papel, que llamamos “Medios”. Porque la
conciencia colectiva de los marginados ya se ha cimentado. Y
lo quieran o no los grupos de poder, esa conciencia irá
construyendo un edificio nuevo en que éstos ni están
invitados, ni se les dará otro pase que no sea el que
paguen-lo-que-han-robado hasta que se den las
condiciones en las que pueda zurcirse una relación
horizontal. Mal que les pese. Eso sí, si de aquí en delante
va a estar del carajo que lo cimbren los de arriba, los de
abajo, con sólo una descuidada, lo pueden derrumbar. Por
“descuidada” me refiero a que algunas comunidades se sigan
tratando como perros y gatos. A que otras les continúe dando
por talar y asaltar los montes del vecino. A que la mayoría
ahora termine rigiéndose por los intereses que mueven a los
partidos políticos. A que a muchas otras les valga más una
minuta privada que la propiedad comunal. A que a otras
tantas ya no les interese su lengua originaria como lengua
franca. A que algunos compañeros, no teniendo otros
intereses que los de su propio ombligo, se anden pasando de
listos y les dé por liderear. A que algunos de los más
afortunados (fortuna política o laboral) prefieran el cheque
mensual, a uncir alma y corazón a los avatares que tiene que
soportar la Xiranhua p´urhé. Cuidado, que no hay palo
que más dañe y duela que el que viene de la propia familia.
Francisco Martínez
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