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          DIARIO DIGITAL 12 de abril de 2006

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México..

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Hasta que paguen-lo-que-han-robado

  Por Francisco Martínez Gracián

 

     Pasados los ruidos, queda la tarea. Si bien con el levantamiento armado en Chiapas revivió la lucha por la autonomía indígena, ésta sumaba ya 500 años. Sólo que fragmentada. Frente el enemigo común, cada pueblo se rascaba con sus uñas. ¿Qué comunicación, qué conocimiento del otro podían tener los rarámuris con los tsotsiles o tseltales? ¿Qué punto de encuentro los cora con los p´urhépecha o los mixe? En contraparte, los intereses neoliberales mantenían bien pertrechadas a las empresas trasnacionales. Mejor intercomunicadas que nadie (que lo diga hoy día, si no, el triunfo de una legislación por sobre los intereses patrios, como la malhadada “ley televisa”) ésas tales han logrado poner un bozal no sólo al Congreso de la Unión y al Senado, sino a los partidos políticos y, por ende, a los candidatos presidenciales. Su finalidad, la misma de los conquistadores hace 500 años: arrebatarlo todo. Y, para abonar ofensa a engaño, manipular de tal manera la opinión pública, que todavía haya que darles las gracias. Eso no se vale.

 

         La actitud de esos consorcios seguirá sin cambio. Tozudos, no cambiarán su intención, Jamás escatimarán recursos. Nunca dejarán de medrar porque de eso viven. A eso se dedican. Es su profesión. Y si alguna vez se vieran obligados a resarcir una pizca de lo que han usurpado (tierras, ciencias, religión), en cuanto se descuide el ofendido, darán un zarpazo mayor. Cosas de su oficio. En cambio, la actitud de los desposeídos presenta más aristas. Cierto, atacados, nunca han dejado de sacar las uñas, de lanzar ayes lastimeros, de protestar. De pronto hasta parece que van a lograr un cambio en la sociedad: otras leyes, otro trato y demás. Pero luego, su misma miseria les hace recular. Resulta casi imposible empuñar la mano y mantenerla sin soltar el arado. Primero está comer. No otra cosa, sino subsistir, han tenido que hacer los pueblos marginados los últimos 500 años. Hasta que, habido el levantamiento en Chiapas, comenzaron a darse cuenta que los sobrevivientes de la conquista eran tan ubicuos como muchos. Arrejolados uno a uno en sus zonas de refugio. Llegó luego un día en que se supieron, nomás por eso, unidos. Convirtiendo desde entonces en trinchera: lengua, asentamiento, cultura, religión y tierras. Lo que sí se debe y se vale.

 

         Por eso, años después (y lo digo por lo que respecta a este territorio y el pueblo p´urhépecha que lo detenta), habido el Congreso Nacional Indígena en Nurío y luego de 5 años, ya no importó que el Subcomandante Insurgente Marcos, regresado que hubo como Delegado Zero, pareciera que no tuvo el eco que desearan esos portavoces, a veces prostitutas de papel, que llamamos “Medios”. Porque la conciencia colectiva de los marginados ya se ha cimentado. Y lo quieran o no los grupos de poder, esa conciencia irá construyendo un edificio nuevo en que éstos ni están invitados, ni se les dará otro pase que no sea el que paguen-lo-que-han-robado hasta que se den las condiciones en las que pueda zurcirse una relación horizontal. Mal que les pese. Eso sí, si de aquí en delante va a estar del carajo que lo cimbren los de arriba, los de abajo, con sólo una descuidada, lo pueden derrumbar. Por “descuidada” me refiero a que algunas comunidades se sigan tratando como perros y gatos. A que otras les continúe dando por talar y asaltar los montes del vecino. A que la mayoría ahora termine rigiéndose por los intereses que mueven a los partidos políticos. A que a muchas otras les valga más una minuta privada que la propiedad comunal. A que a otras tantas ya no les interese su lengua originaria como lengua franca. A que algunos compañeros, no teniendo otros intereses que los de su propio ombligo, se anden pasando de listos y les dé por liderear. A que algunos de los más afortunados (fortuna política o laboral) prefieran el cheque mensual, a uncir alma y corazón a los avatares que tiene que soportar la Xiranhua p´urhé. Cuidado, que no hay palo que más dañe y duela que el que viene de la propia familia.

Francisco Martínez


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