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          DIARIO DIGITAL 2 de mayo de 2006

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México..

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La hora de las descalificaciones

 

El hombre cauto medita sus pasos” (Pro 14,15)

Por: Francisco Martínez Gracián

           El clima actual de las campañas presidenciales, bien ilustrado por el pasado debate, no constituye otra cosa que un reflejo fiel de una lucha sin cuartel entre los grupos de poder por hacerse de las riendas del país. Los ciudadanos votantes deberíamos hacer un extrañamiento a quienes se están dando con todo por su supuesto afán de servirnos. Nunca juntos. No uniendo fuerzas. Ni siquiera compartiendo programas o estrategias para sacar adelante el país. Más bien, buscando arrebatada, apasionada, ansiosamente cada uno imponerse como el único, sobre los demás, arriba de  todos, hasta agarrar el sartén por el mango, gozarlo, usufructuarlo y escanciarlo hasta la última gota. Y es que a diferencia del concepto indígena del poder como expresión de servicio comunitario, lo que traen en juego es su propio beneficio. Y el de sus partidos. Por eso la disputa que están teniendo el PAN, el PRI, y el PRD por hacerse de la presidencia, sobra en diatribas lo que carece de argumentos. De ahí que el ambiente nacional nade ya a contracorriente y en río revuelto.

           

        ¿Hasta dónde puede subir esa calentura a la que nos quieren empujar los partidos políticos de nuestro país? ¿Hasta dónde su guerra sucia? ¿Hasta dónde la irreverente prepotencia de quienes, como Joaquín López Dóriga, detentan el poder de la prensa, de la radio y, sobre todo, de las cadenas televisoras que se han erigido como árbitros incuestionables de una querella que debiera dejarse en manos de los ciudadanos? ¿Hasta dónde esa polarización generalizada y esa de falta de prudencia? Porque más que cimentar sus aspiraciones escuchando al ciudadano y alquitarando propuestas, privan actitudes fundamentalistas donde todo lo que no lleve su color lo descalifican. Olvidan lo que advierte Pablo de Tarso: “Todo es lícito”, mas no todo es conveniente. “Todo es lícito”, mas no todo edifica (1 Cor 10,23) y desechan lo bueno confundiendo “la gimnasia con la magnesia”. En otras palabras, olvidan lo que advierte el dicho: “el fin no justifica los medios”.

 

            Todo candidato, sobre todo si aspira ser electo a la silla presidencial, haría bien -y bien nos haría- si guardara un poco de silencio interior, como lo hacen los tata k´ericha, para disponerse de manera firme y habitual, primero a saber escuchar, empezando por la escucha de los más débiles y luego a, dejando protagonismos caudillistas, buscar y hacer el bien, dando siempre lo mejor de sí mismos. Que no a otra cosa equivale la virtud cívica. Después, como litigantes de una responsabilidad de la que penderá en mucho el destino del país, harían bien en buscar a toda costa el hábito de la Prudencia. Sobre todo, porque aparece más que claro que lo que pretenden, sobre todas las cosas, es triunfar para dominar. De ahí que a todos y cada uno de los candidatos, por su discurso interminable, les quede muy bien el saco “chachalaca”. Porque se pajarraco hace ruido y no otra cosa. En ese sentido se hallan muy lejos de la Prudencia, antípoda de la ambición y de la ira. Porque quien pretenda representar al pueblo, debe saber cuándo hablar y cuando callar y, para una y otra cosa, a escoger siempre el momento más oportuno. Algo indispensable si se quiere ser gobernante.

 

            En medio de la riña actual de carácter electoral podrá parecer ridículo hablar de la virtud de la Prudencia. Sobrará quien aduzca que los ruidos y pleitos deben darse porque se trata de una verdadera guerra electoral con permiso total para ser sucia, ya que la estrategia radica en golpear, golpear y golpear hasta conseguir descalificar. Y puede que tengan razón, no porque la tengan, sino porque ninguno de los candidatos admitirá que esa virtud le haga falta. Lo que nos remite al menos a que entonces seamos los electores quienes, sin confundirla con doblez, simulación o timidez, antes de sufragar, nos hagamos de ella. De modo que, por bien propio y por el bien de México, habrá que ser cautos, informándonos primero con la mayor objetividad quién es quién de los partidos y los candidatos, cuál es su historia, cuál ha sido su compromiso con los marginados, cuál su conducta con los pueblos indígenas, para luego reflexionar en comunidad y entonces, sólo hasta entonces, “porque todo asunto tiene su cuándo y su cómo” y porque “lo que se juega es grande” (Ec 8,6), definir nuestro voto.

Francisco Martínez


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