|
La hora de las descalificaciones
“El hombre cauto medita
sus pasos” (Pro 14,15)
Por:
Francisco Martínez Gracián
El clima actual de las campañas
presidenciales, bien ilustrado por el pasado debate, no
constituye otra cosa que un reflejo fiel de una lucha sin
cuartel entre los grupos de poder por hacerse de las riendas
del país. Los ciudadanos votantes deberíamos hacer un
extrañamiento a quienes se están dando con todo por su
supuesto afán de servirnos. Nunca juntos. No uniendo
fuerzas. Ni siquiera compartiendo programas o estrategias
para sacar adelante el país. Más bien, buscando arrebatada,
apasionada, ansiosamente cada uno imponerse como el único,
sobre los demás, arriba de todos, hasta agarrar el sartén
por el mango, gozarlo, usufructuarlo y escanciarlo hasta la
última gota. Y es que a diferencia del concepto indígena del
poder como expresión de servicio comunitario, lo que traen
en juego es su propio beneficio. Y el de sus partidos. Por
eso la disputa que están teniendo el PAN, el PRI, y el PRD
por hacerse de la presidencia, sobra en diatribas lo que
carece de argumentos. De ahí que el ambiente nacional nade
ya a contracorriente y en río revuelto.
¿Hasta dónde puede subir esa calentura a la que nos quieren
empujar los partidos políticos de nuestro país? ¿Hasta dónde
su guerra sucia? ¿Hasta dónde la irreverente prepotencia de
quienes, como Joaquín López Dóriga, detentan el poder de la
prensa, de la radio y, sobre todo, de las cadenas
televisoras que se han erigido como árbitros incuestionables
de una querella que debiera dejarse en manos de los
ciudadanos? ¿Hasta dónde esa polarización generalizada y esa
de falta de prudencia? Porque más que cimentar sus
aspiraciones escuchando al ciudadano y alquitarando
propuestas, privan actitudes fundamentalistas donde todo lo
que no lleve su color lo descalifican. Olvidan lo que
advierte Pablo de Tarso: “Todo es lícito”, mas no todo es
conveniente. “Todo es lícito”, mas no todo edifica (1
Cor 10,23) y desechan lo bueno confundiendo “la gimnasia con
la magnesia”. En otras palabras, olvidan lo que advierte el
dicho: “el fin no justifica los medios”.
Todo candidato, sobre todo si aspira ser electo
a la silla presidencial, haría bien -y bien nos haría- si
guardara un poco de silencio interior, como lo hacen los
tata k´ericha, para disponerse de manera firme y
habitual, primero a saber escuchar, empezando por la escucha
de los más débiles y luego a, dejando protagonismos
caudillistas, buscar y hacer el bien, dando siempre lo mejor
de sí mismos. Que no a otra cosa equivale la virtud cívica.
Después, como litigantes de una responsabilidad de la que
penderá en mucho el destino del país, harían bien en buscar
a toda costa el hábito de la Prudencia. Sobre todo, porque
aparece más que claro que lo que pretenden, sobre todas las
cosas, es triunfar para dominar. De ahí que a todos y cada
uno de los candidatos, por su discurso interminable, les
quede muy bien el saco “chachalaca”. Porque se pajarraco
hace ruido y no otra cosa. En ese sentido se hallan muy
lejos de la Prudencia, antípoda de la ambición y de la ira.
Porque quien pretenda representar al pueblo, debe saber
cuándo hablar y cuando callar y, para una y otra cosa, a
escoger siempre el momento más oportuno. Algo indispensable
si se quiere ser gobernante.
En medio de la riña actual de carácter electoral
podrá parecer ridículo hablar de la virtud de la Prudencia.
Sobrará quien aduzca que los ruidos y pleitos deben darse
porque se trata de una verdadera guerra electoral con
permiso total para ser sucia, ya que la estrategia radica en
golpear, golpear y golpear hasta conseguir descalificar. Y
puede que tengan razón, no porque la tengan, sino porque
ninguno de los candidatos admitirá que esa virtud le haga
falta. Lo que nos remite al menos a que entonces seamos los
electores quienes, sin confundirla con doblez, simulación o
timidez, antes de sufragar, nos hagamos de ella. De modo
que, por bien propio y por el bien de México, habrá que ser
cautos, informándonos primero con la mayor objetividad quién
es quién de los partidos y los candidatos, cuál es su
historia, cuál ha sido su compromiso con los marginados,
cuál su conducta con los pueblos indígenas, para luego
reflexionar en comunidad y entonces, sólo hasta entonces, “porque
todo asunto tiene su cuándo y su cómo” y porque “lo
que se juega es grande” (Ec 8,6), definir nuestro voto.
Francisco Martínez
|
|
|