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La reconquista de los p´urhépecha (II)
Por:
Francisco Martínez Gracián
Conquistado que fue el
territorio p´urhépecha, aplastado su gobierno, soterrada su
religión, copada por el castellano su lengua, cual espada de
Damocles comenzó a pender el exterminio de esta etnia. De
hecho, al esculcar la historia t´urhixi, a no ser por
los primeros años de la Colonia, del pueblo p´urhépecha ni
se habla ni se cuenta. Y eso durante más de cuatrocientos
años. ¡Ah, cómo hace falta que al tenor de lo que hicieron
los nahuas surja un historiador p´urhé que se sumerja en la
tradición oral y se ponga a investigar cómo sobrevivió,
cuánta la resistencia cultural, cuál la salvaguarda de la
Xiranhua desde que este pueblo pasó del yugo del
conquistador a la sombra de Vasco de Quiroga y de éste a su
estancia silenciosa en las zonas de refugio hasta mediados
del pasado siglo XX! Eso, la Nación P´urhépecha se lo debe.
En fin, la entrega pasada terminaba con la
muerte de Tangaxoán II el 14 de febrero de 1530 en Paso del
Río de Nuestra Señora de la Purificación. Triste suceso.
Tras la reconquista perpetrada por Nuño de Guzmán,
asesinados que fueron sus pobladores, muchas comunidades
quedaron abandonadas o diezmadas porque sus hombres fueron
forzados a engrosar las huestes del presidente de la
Audiencia, en tanto los más huyeron a las montañas. El
pueblo quedó desolado. Inquieto. De modo que la segunda
Audiencia se propuso tranquilizarlo. Nada de eso pasó porque
ni el corregidor Pedro de Arellano, ni los licenciados
Cristóbal Benavente y Juan Álvarez de Castañeda que fueron
los encargados, hicieron otra cosa que hacerse de las pocas
riquezas que de los indios quedaban. Hasta que de la
Península llegó el oidor Vasco de Quiroga para hacer
justicia y tratar de fundar un pueblo-hospital como el que
ya funcionaba en México. Entre los indios y el misionero
surgió un cambio radical que dio lugar a su tercera
reconquista. Cosa curiosa, dio lugar también a que de alguna
manera resurgiera el antiguo Imperio de Occidente con ropaje
espiritual nuevo, pues el primer obispado llegó a abarcar
Michoacán, San Luis Potosí y Guanajuato y parte de Jalisco,
Guerrero y Tamaulipas.
La época subsiguiente avisa que el trabajo de
campo, las minas y los transportes lo desempeñaban,
sustituida la tarekua por el arado egipcio, los
indios. El gobierno del territorio, nunca. Con todo, la
comunicación y el intercambio comercial entre los indios se
incrementó gracias a los oficios de Don Vasco. También su
instrucción. Sin embargo, para el siglo XVIII las
condiciones de los indígenas eran críticas, pues a más de su
marginación total de la vida pública, habían sido duramente
castigados por las pestes: viruela, tabardillo y sarampión.
A las que hay que agregar el hambre. Situación que de una
manera u otra no comenzó a mejorar sino hasta que Hidalgo
abolió la esclavitud, la paga de tributos y otras gabelas
que pesaban sobre los indios, negros y castas. De ahí en
delante la cuestión del indio, circunscrito a sus tierras de
refugio, prácticamente desaparece. De hecho, mientras la
vida social del criollo se secularizaba, la del indio se
guarecía en el rito, viendo cómo desaparecía en su totalidad
la nobleza autóctona, se arreciaba su trastoque cultural,
crecía su densidad demográfica y se reducía su geografía
física, por lo que las presiones producidas por el
repoblamiento y la proliferación de pueblos autóctonos
redundaron en problemas agrarios pues había muchos pueblos
que no completaban siquiera las 600 varas del fundo legal.
De ahí a la sublevación indígena de 1767, sofocada casi de
inmediato, sólo hubo un paso. ¿Cómo sería esa reconquista,
que para 1902 los Talleres de la Escuela Industrial Militar
“Porfirio Díaz” de Morelia publicaron sin más, la Ley y
Reglamento sobre Reparto de las extinguidas Comunidades de
Indígenas?
Lo que sigue, me refiero al siglo XX, es
historia harto sabida. La reconquista continuó a veces
ataviada de paternalismo y buenas maneras. Otras, de la
compra silenciosa de sus tierras. Las más, acentuando su
dependencia del Gobierno Federal que se puso como primer
árbitro y final de cuanto problema tuvieran: educación,
obras de infraestructura básica, explotación de sus bosques,
problemas de linderos, reparto de sus tierras. Surgió luego
el levantamiento armado en Chiapas y, del 2 al 4 de marzo
del 2001 en Nurío, el tercer Congreso Nacional Indígena.
Pero tras una fuerte concientización, declaraciones en
abundancia, tanteos para una reforma constitucional, tomas
de carretera y marchas, vino una última reconquista que aún
no acaba de parar. Endógena esta vez, se halla a cargo de
algunos indígenas cuyo nombre prefiero callar. Se trata de
quienes, por ejemplo, en Patamban, Ocumicho, Corupo y
anexas, aceptan vender tierras de carácter comunal para que
aguacateros se apropien de ellas. Se trata de comunidades -Cheranástico,
Nahuatzen, Urapicho, Charapan, Turícuaro, etc.- cuyos
miembros prefieren ya y, sobre su conciencia histórica, la
propiedad privada e individual. Se trata de muchos
profesionistas y autoridades p´urhépecha cuyo fin se asienta
no en servir sino en lucrar. Se trata de los partidos
políticos que dividen en vez de unir, empotrando sus
intereses sobre los de la comunidad.
Francisco
Martínez
palenquepurhe@yahoo.com
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