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Para servir a la
Meseta (III)
Por: Francisco Martínez Gracián
Una de las razones de la
grandeza de Vasco de Quiroga radica en su visión de
conjunto. A diferencia de muchos de los actores de hoy no se
encapilló. Tampoco se comportó como ave de paso. Opuesto a
todo aquello que conllevan los fuegos de artificio -tras
ruidos y luces, sólo humo- asentó su vida y apostó sus
reales a favor de un proyecto amplio a favor de los
naturales. Lo que le llevó a adentrarse a su cultura y
territorio. A marchar junto. A guardar las distancias
necesarias. A gestionar en su patria lo que hubiera menester
y a promover el desarrollo integral del indio, partiendo de
los valores del Evangelio y aterrizándolos sin más en las
características físicas del territorio p´urhépecha y en las
particularidades propias de su entorno humano. De ahí la
atemporal trascendencia de esa su República del Hospital y
de sus reglas y ordenanzas. De ahí la natural practicidad de
su utopía. De ahí, en fin, que no cejase hasta iniciar una
revolución tal que transformara a la sociedad india al
tenor de Solon, Licurgo y Platón y a imagen y semejanza de
la Iglesia Primitiva.
Esa visión de conjunto le otorgó la capacidad de
aquilatar los detalles. En cada comunidad, Vasco supo
distinguir las luces y sombras de los individuos que la
conformaban. Sin actitudes reduccionistas. Sin generalismos.
Puso los pies en la tierra. La mente, en el horizonte. El
corazón, en el indio. Para incrementar sus luces y atemperar
las sombras ordenó hermanarse a la tierra haciéndolos
“diestros en el oficio de la Agricultura” y aprender sus
artes junto con el A B C, con la doctrina Cristiana y
repartiendo sus frutos de manera “aeque, congrua” y
honesta para que ninguno padeciese necesidad. Ordenó además
que las mujeres desde niñas fueran adentradas en oficios
mujeriles “como son obras de lana, y lino, y seda, y
algodón”. Sus ordenanzas abarcan el cuidado, la ordenación
urbana y la reparación comunitaria de los hogares y
edificios públicos. Es más, su amor a los detalles le llevó
a cuidar “de los vestidos que han de usar y cuáles”, de
“cómo se recreen”, de que “no se pierda el tiempo sin
provecho”, de que “haya limpieza espiritual y corporal”, de
que “no se encarnezcan de nadie”, del cuidado de los
enfermos y de la elección de sus autoridades y la
celebración de sus fiestas. Pero jamás olvidó el conjunto.
Como ayer, hoy, para servir a la Meseta, resulta
indispensable optar por una actitud similar a la de Don
Vasco y asumirla en su conjunto. A diferencia de quienes se
esconden en la oficina, la escuela, el consultorio o la casa
cural, tomándolos como madriguera y refugio; a diferencia de
quienes sufren de miopía territorial; a diferencia de
quienes se apoltronan en su feudo, así le llamen su
parroquia, comunidad o municipio; la utopía, el trabajo y la
doctrina de ese hombre de ley y de leyes quedan como una
advertencia, como testigos de cargo y como un aviso de que
no existe servicio verdadero sin amplitud de miras. Tampoco
sin gastar toda la vida acompañando al pueblo y radicando de
veras en los territorios que se hubo elegido. De esta
manera, al tenor de quien dijo “humanus sum, et nihil
alienum a me esse puto”=soy humano y nada de lo humano me
es desconocido, quien se diga servidor de la Meseta o
del pueblo p´urhé, ha de compenetrarse de manera tal con
este territorio que no le resulten ajenos ni uno de sus
montes, ni una de sus laderas, ni una de sus barrancas, ni
uno de sus paninos, ni una de sus piedras. Y ha de amar de
modo tal a cada comunidad y cada individuo que no pueda sino
tomarlos como referencia obligada a lo que no debe ser otra
cosa que una comunidad de comunidades, anclada en una
historia y cultura comunes. Con un destino manifiesto: vivir
libres, unidos, en armonía con la naturaleza y en autónomo
usufructo del territorio.
De esta manera quien presuma prestar sus
servicios en Uringuitiro, ha de tomar como cosa propia lo
que le suceda al Rancho del Pino. Quien rape el bosque en
Urapicho sabrá que daña el equilibrio ambiental de la cuenca
endorreica que empieza en Sicuicho. Quien diga que sirve en
Cocucho y no lo mantenga limpio, debe saber que de Nurío a
Camécuaro, de Pomocuarán al nacimiento de El Duero y de
Corupo al Río Cupatitzio afecta de propios y ajenos, los
recursos hídricos. Si es Cura y de veras sirve, su bondad se
tendrá qué manifestar doquiera alguien necesite trabajo,
educación, defensa de sus derechos, ser entendido en su
lengua o requiera abrigo. Nada de que aquí no te metes. Nada
de que esto es mío. Lo mismo se diga de cualquiera que
detente un puesto público. Lo mismo de cualquiera que
asumiéndose indio, rompa con la comunidad, con la tierra
matria, con la historia patria, cuando le convenga a su
individualismo. Para servir a la Meseta y a todo el pueblo
p´urhépecha, se requiere que cada uno se convierta en un
Vasco redivivo.
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