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          DIARIO DIGITAL 14 de septiembre de 2006

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México..

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Para servir a la Meseta (III)

             

Por: Francisco Martínez Gracián

          

            Una de las razones de la grandeza de Vasco de Quiroga radica en su visión de conjunto. A diferencia de muchos de los actores de hoy no se encapilló. Tampoco se comportó como ave de paso. Opuesto a todo aquello que conllevan los fuegos de artificio -tras ruidos y luces, sólo humo- asentó su vida y apostó sus reales a favor de un proyecto amplio a favor de los naturales. Lo que le llevó a adentrarse a su cultura y territorio. A marchar junto. A guardar las distancias necesarias. A gestionar en su patria lo que hubiera menester y a promover el desarrollo integral del indio, partiendo de los valores del Evangelio y aterrizándolos sin más en las características físicas del territorio p´urhépecha y en las particularidades propias de su entorno humano. De ahí la atemporal trascendencia de esa su República del Hospital y de sus reglas y ordenanzas. De ahí la natural practicidad de su utopía. De ahí, en fin, que no cejase hasta iniciar una revolución tal que  transformara a la sociedad india al tenor de Solon, Licurgo y Platón y a imagen y semejanza de la Iglesia Primitiva.

 

            Esa visión de conjunto le otorgó la capacidad de aquilatar los detalles. En cada comunidad, Vasco supo distinguir las luces y sombras de los individuos que la conformaban. Sin actitudes reduccionistas. Sin generalismos. Puso los pies en la tierra. La mente, en el horizonte. El corazón, en el indio. Para incrementar sus luces y atemperar las sombras ordenó hermanarse a la tierra haciéndolos “diestros en el oficio de la Agricultura” y aprender sus artes junto con el A B C, con la doctrina Cristiana y repartiendo sus frutos de manera “aeque, congrua” y honesta para que ninguno padeciese necesidad. Ordenó además que las mujeres desde niñas fueran adentradas en oficios mujeriles “como son obras de lana, y lino, y seda, y algodón”. Sus ordenanzas abarcan el cuidado, la ordenación urbana y la reparación comunitaria de los hogares y edificios públicos. Es más, su amor a los detalles le llevó a cuidar “de los vestidos que han de usar y cuáles”, de “cómo se recreen”, de que “no se pierda el tiempo sin provecho”, de que “haya limpieza espiritual y corporal”, de que “no se encarnezcan de nadie”, del cuidado de los enfermos y de la elección de sus autoridades y la celebración de sus fiestas. Pero jamás olvidó el conjunto.

 

            Como ayer, hoy, para servir a la Meseta, resulta indispensable optar por una actitud similar a la de Don Vasco y asumirla en su conjunto. A diferencia de quienes se esconden en la oficina, la escuela, el consultorio o la casa cural, tomándolos como madriguera y refugio; a diferencia de quienes sufren de miopía territorial; a diferencia de quienes se apoltronan en su feudo, así le llamen su parroquia, comunidad o municipio; la utopía, el trabajo y la doctrina de ese hombre de ley y de leyes quedan como una advertencia, como testigos de cargo y como un aviso de que no existe servicio verdadero sin amplitud de miras. Tampoco sin gastar toda la vida acompañando al pueblo y radicando de veras en los territorios que se hubo elegido. De esta manera, al tenor de quien dijo “humanus sum, et nihil alienum a me esse puto”=soy humano y nada de lo humano me es desconocido, quien se diga servidor de la Meseta o del pueblo p´urhé, ha de compenetrarse de manera tal con este territorio que no le resulten ajenos ni uno de sus montes, ni una de sus laderas, ni una de sus barrancas, ni uno de sus paninos, ni una de sus piedras. Y ha de amar de modo tal a cada comunidad y cada individuo que no pueda sino tomarlos como referencia obligada a lo que no debe ser otra cosa que una comunidad de comunidades, anclada en una historia y cultura comunes. Con un destino manifiesto: vivir libres, unidos, en armonía con la naturaleza y en autónomo usufructo del territorio.

 

            De esta manera quien presuma prestar sus servicios en Uringuitiro, ha de tomar como cosa propia lo que le suceda al Rancho del Pino. Quien rape el bosque en Urapicho sabrá que daña el equilibrio ambiental de la cuenca endorreica que empieza en Sicuicho. Quien diga que sirve en Cocucho y no lo mantenga limpio, debe saber que de Nurío a Camécuaro, de Pomocuarán al nacimiento de El Duero y de Corupo al Río Cupatitzio afecta de propios y ajenos, los recursos hídricos. Si es Cura y de veras sirve, su bondad se tendrá qué manifestar doquiera alguien necesite trabajo, educación, defensa de sus derechos, ser entendido en su lengua o requiera abrigo. Nada de que aquí no te metes. Nada de que esto es mío. Lo mismo se diga de cualquiera que detente un puesto público. Lo mismo de cualquiera que asumiéndose indio, rompa con la comunidad, con la tierra matria, con la historia patria, cuando le convenga a su individualismo. Para servir a la Meseta y a todo el pueblo p´urhépecha, se requiere que cada uno se convierta en un Vasco redivivo.

 

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Comentarios: palenquepurhe@yahoo.com.mx


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