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Hablar en cristiano
Por: Francisco Martínez Gracián
Frente al embate
imparable de la globalización, particularmente en el ámbito
lingüístico, durante los últimos siglos la humanidad ha
atestiguado cómo, por ejemplo, cuatro cinco idiomas, han
devenido como lengua franca no sólo cuando de reuniones
internacionales se trata, sino también para cualquiera que
viaje y negocie. De ahí que aprender inglés sea ya una
necesidad insoslayable para el ciudadano mundial. O el
español, francés y alemán en los giros literarios,
comerciales y científicos. Y además el ruso, chino y japonés
en los círculos intercontinentales de la política. De hecho
se trata de idiomas que, pisoteando a otros, lograron
extenderse al ser impuestos en épocas coloniales. Con todo,
mientras el inglés fue utilizado como arma etnocida por los
ingleses en Norteamérica, de modo que prácticamente hizo
desaparecer a cientos de lenguajes indígenas, no sucedió
exactamente lo mismo en América Latina con la intromisión
del español y portugués entre algunos idiomas aborígenes.
Uno de los factores que ha marcado la diferencia
ha sido la importancia que ha tenido la religión a la
hora de cegar o promover situaciones multilingües en
el mundo (cfrt. Lodares J. LENGUA Y PATRIA, Taurus,
Madrid, 2002). En el territorio que ahora ocupan los Estados
Unidos, los protestantes británicos, por ejemplo, en su gran
mayoría no predicaron el cristianismo en las lenguas de los
indios: el inglés y su british way of life no dejaron
resquicio para las culturas amerindias. Por el contrario, en
América Latina los castellanos y portugueses católicos, a
pesar de imponer como lingua franca los idiomas de la
península, no dudaron en utilizar las lenguas indígenas como
vehículo de evangelización. Lo que favoreció el bilingüismo.
Las identidades lingüísticas, también. Paraguay, por
ejemplo, cuenta con grandes extensiones donde el guaraní es
la única lengua, gracias a que de los siglos XVI al XVIII
los jesuitas la utilizaron en sus misiones. Actualmente, si
en medio de un Canadá angloparlante en Québec se habla el
francés, se debe a la actitud de la Iglesia Católica “que
así aseguraba su ascendencia sobre la masa francófona” (Op.
cit.).
Y al revés. En Irlanda ha terminado por dominar
el inglés, a pesar de los esfuerzos de sus autoridades
civiles, debido a que a la Iglesia Católica, de gran
ascendencia local, olvidando el principio pentecostano de
“id y predicad a cada uno en su lengua”, no le ha importado
que sus feligreses abracen el idioma de los dominadores.
Todo lo contrario respecto a la actitud que esta misma
Iglesia ha mantenido en España donde los movimientos
nacional-católicos han respaldado al catalán y al eusquera,
en tanto el gallego pierde porque a sus eclesiásticos a
penas si les importa su idioma. La identidad lingüística se
halla profundamente relacionada a la predicación religiosa
que, ligándolos a sus lenguas, ha conseguido gestar naciones
de pueblos sometidos. Que así sucedió, simplificando las
causas, aplicando el ejemplo a nuestra matria, con el pueblo
p´urhépecha, gracias a la labor de misioneros franciscanos
como Maturino Gilberto, Juan Bautista Bravo Lagunas y Ángel
Serra; agustinos como Diego de Basalenque, Juan Ramírez
Calderón, Felipe de Figueroa, Juan de Medina Plaza, Diego
Rodríguez y Miguel Gómez; carmelitas como Manuel de San Juan
Crisóstomo Nájera, y protestantes como Maxwell D. Lathrop.
¿Qué está aconteciendo en la actualidad? Me
refiero al área p´urhé. Que prácticamente el siglo XX, con
la excepción de unos cuántos sacerdotes y profesores, el
idioma p´urhépecha se encuentra estancado porque no está
siendo utilizado en la exposición cotidiana del evangelio o
de la cátedra ni por el clero diocesano, ni por el
magisterio. De modo que si en los momentos de la conquista
hubo quienes tomaron el idioma local como un atributo
sagrado, trasunto de la raza y atributo de nación, ahora la
mayoría de los curas y maestros de la sierra lo eluden. No
así, por suerte, una parte significativa del pueblo p´urhé
que día a día estudia, abandera y recupera este hermosísimo
y culto medio de expresión. Por eso es una pena que mientras
aumentan los promotores de esta lengua, otros, determinados
por circunstancias económicas, culturales, religiosas o
políticas, aún se empecinen en exigirle a su interlocutor
hablar en cristiano, como si eso cristiano fuera. Quede
entonces como hecho de vergüenza que en los Seminarios
Diocesanos no se enseñe el idioma que define la identidad de
esta etnia. Tampoco en las universidades privadas. Y que en
ninguna, incluyendo nuestra UMSNH, se exija como obligatoria
al tenor del inglés.
Francisco Martínez
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