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Los demonios andan sueltos
Por: Francisco Martínez Gracián
O la anomía. Que no es otra
cosa, literalmente, que ausencia de normas. Durkheim la
refiere a situaciones o “formas patológicas de división
social que en lugar de solidaridad, producen resultados
totalmente diferentes o, incluso, opuestos” (E. Durkhim: De
la División del Trabajo Social. Schapire. Buenos Aires,
1967). Lo que no es gratuito, porque éstas se deben en gran
parte a contradicciones de la estructura social. Y como
México es un país de ambivalencias y contradicciones (donde
el tener éxito en la vida, adoptado como norma implícita, no
se da en la gran mayoría de la población, precisamente
porque gobierno y sociedad no proveen a todos sus miembros
con posibilidades objetivas de alcanzar el éxito personal,
familiar y comunitario) entonces surgen imparables
situaciones anómicas. Oaxaca, por ejemplo.
Tras quinientos años de marginación, esa sociedad atomizada,
pone al descubierto que un solo mexicano, dedicado a la
telefonía, anida los primeros lugares de riqueza a nivel
mundial, según la lista Forbes. También, que una inmensa
mayoría, no. ¿Será para rasgarse las vestiduras, entonces,
que esa mayoría comience a ver con desprecio normas de
privilegio? ¿O que hace unos días, Andrés Manuel López
Obrador, a unos días de ser proclamado como presidente
“legítimo”, se haya referido a la APPO como una
“organización ejemplar”? De la anomía a la anarquía hay un
paso, como lo demuestra el estallido de la Revolución
Mexicana en 1910, cuya celebración acaba de abolir el
presidente Fox. Lo que no es casualidad. Éste representa una
sociedad que cobija a unos cuantos, a la vez que pretende
taparla obsequiando “oportunidades” de carácter mensual a
los marginados para que apuntalen la educación de sus hijos
o establezcan un changarro. Aquél, me refiero a AMLO,
representa a la sociedad que mandando “al diablo a las
instituciones” tratará de impedir, promoviendo la
“appización” del país, que siente sus reales el presidente
electo.
Al final, todos resultaremos perdedores. Porque esa
situación anómica refleja un fracaso estructural donde los
actores principales, Poder Ejecutivo, Poder Legislativo y
Poder Judicial, al igual que los Partidos Políticos,
simplemente no dan su brazo a torcer. Cada uno se ha
fabricado un altar, sintiéndose traicionado si no recibe
culto de los demás. Y mientras ellos pelean por sus
intereses, lo que en realidad patentan es su enorme
desprecio por la sociedad mexicana, cuyo bienestar es lo
único que les puede prestar legitimidad. Atestiguamos así a
un Gobierno Federal cuya laxitud equivale a la táctica
deshonrosa del avestruz. A un Fox que usa el tiempo aire de
la radio y la televisión no para hablar seriamente sobre los
bombazos, sobre la situación en Oaxaca o sobre el
narcotráfico; sino para quejarse de que al haberle negado el
permiso para ir a Australia, los diputados lo tienen
“secuestrado”. A un Congreso donde a los nuevos diputados su
nivel cultural no les ha alcanzado para otra cosa que para
mofarse del Presidente de la República. A un PRI
justificando lo injustificable, al continuar sosteniendo al
gobierno de Ulises Ruiz. A un PRD encapsulado. A un PAN en
pragmático amasiato con quienes se han apoderado de la
economía nacional.
Y si esa puede ser una pincelada de la anomía nacional, la
situación de inseguridad que priva en nuestro Estado puede
estar reflejando de una manera harto preocupante las
contradicciones y ambivalencias que soportamos los
michoacanos. La marea intensa, creciente, imparable e impune
de secuestros y asesinatos en Apatzingán, Aguililla,
Uruapan, Morelia y Sahuayo, por ejemplo, acusan que también
aquí los demonios andan sueltos. Que la anomía está sentando
sus reales. Señal inequívoca de descomposición social. De
focos rojos. Situación que exige entonces el trabajo
acucioso de todos. Y no sólo a nivel estatal: a nivel
comunitario. Así lo piden los choques infortunados como los
habidos este miércoles 8 entre las comunidades indígenas de
Capacuaro y Charanástico cuyo saldo trágico se extendió a San
Lorenzo. O como los que han sufrido Tacuro e Ichán.
Es más, la célula básica de la sociedad sufre también de
anomía como lo demuestra el estado catatónico en que se
encuentran nuestras familias. De modo que hay mucho que
hacer. Y urgente. Empezando por recorrer todos -Gobierno,
Instituciones y Pueblo- de manera leal el camino del
diálogo. Que así lo han estado haciendo las comunidades
hermanas de Cocucho y Urapicho. Por un año ya y con buenos
resultados.
Francisco Martínez
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