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          DIARIO DIGITAL 8 de noviembre de 2006

          San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México..

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Los demonios andan sueltos
             

Por: Francisco Martínez Gracián

       

            O la anomía. Que no es otra cosa, literalmente, que ausencia de normas. Durkheim la refiere a situaciones o “formas patológicas de división social que en lugar de solidaridad, producen resultados totalmente diferentes o, incluso, opuestos” (E. Durkhim: De la División del Trabajo Social. Schapire. Buenos Aires, 1967). Lo que no es gratuito, porque éstas se deben en gran parte a contradicciones de la estructura social. Y como México es un país de ambivalencias y contradicciones (donde el tener éxito en la vida, adoptado como norma implícita, no se da en la gran mayoría de la población, precisamente porque gobierno y sociedad no proveen a todos sus miembros con posibilidades objetivas de alcanzar el éxito personal, familiar y comunitario) entonces surgen imparables situaciones anómicas. Oaxaca, por ejemplo.

Tras quinientos años de marginación, esa sociedad atomizada, pone al descubierto que un solo mexicano, dedicado a la telefonía, anida los primeros lugares de riqueza a nivel mundial, según la lista Forbes. También, que una inmensa mayoría, no. ¿Será para rasgarse las vestiduras, entonces, que esa mayoría comience a ver con desprecio normas de privilegio? ¿O que hace unos días, Andrés Manuel López Obrador, a unos días de ser proclamado como presidente “legítimo”, se haya referido a la APPO como una “organización ejemplar”? De la anomía a la anarquía hay un paso, como lo demuestra el estallido de la Revolución Mexicana en 1910, cuya celebración acaba de abolir el presidente Fox. Lo que no es casualidad. Éste representa una sociedad que cobija a unos cuantos, a la vez que pretende taparla obsequiando “oportunidades” de carácter mensual a los marginados para que apuntalen la educación de sus hijos o establezcan un changarro. Aquél, me refiero a AMLO, representa a la sociedad que mandando “al diablo a las instituciones” tratará de impedir, promoviendo la “appización” del país, que siente sus reales el presidente electo.

Al final, todos resultaremos perdedores. Porque esa situación anómica refleja un fracaso estructural donde los actores principales, Poder Ejecutivo, Poder Legislativo y Poder Judicial, al igual que los Partidos Políticos, simplemente no dan su brazo a torcer. Cada uno se ha fabricado un altar, sintiéndose traicionado si no recibe culto de los demás. Y mientras ellos pelean por sus intereses, lo que en realidad patentan es su enorme desprecio por la sociedad mexicana, cuyo bienestar es lo único que les puede prestar legitimidad. Atestiguamos así a un Gobierno Federal cuya laxitud equivale a la táctica deshonrosa del avestruz. A un Fox que usa el tiempo aire de la radio y la televisión no para hablar seriamente sobre los bombazos, sobre la situación en Oaxaca o sobre el narcotráfico; sino para quejarse de que al haberle negado el permiso para ir a Australia, los diputados lo tienen “secuestrado”. A un Congreso donde a los nuevos diputados su nivel cultural no les ha alcanzado para otra cosa que para mofarse del Presidente de la República. A un PRI justificando lo injustificable, al continuar sosteniendo al gobierno de Ulises Ruiz. A un PRD encapsulado. A un PAN en pragmático amasiato con quienes se han apoderado de la economía nacional.

Y si esa puede ser una pincelada de la anomía nacional, la situación de inseguridad que priva en nuestro Estado puede estar reflejando de una manera harto preocupante las contradicciones y ambivalencias que soportamos los michoacanos. La marea intensa, creciente, imparable e impune de secuestros y asesinatos en Apatzingán, Aguililla, Uruapan, Morelia y Sahuayo, por ejemplo, acusan que también aquí los demonios andan sueltos. Que la anomía está sentando sus reales. Señal inequívoca de descomposición social. De focos rojos. Situación que exige entonces el trabajo acucioso de todos. Y no sólo a nivel estatal: a nivel comunitario. Así lo piden los choques infortunados como los habidos este miércoles 8 entre las comunidades indígenas de Capacuaro y Charanástico cuyo saldo trágico se extendió a San Lorenzo. O como los que han sufrido Tacuro e Ichán. Es más, la célula básica de la sociedad sufre también de anomía como lo demuestra el estado catatónico en que se encuentran nuestras familias. De modo que hay mucho que hacer. Y urgente. Empezando por recorrer todos -Gobierno, Instituciones y Pueblo- de manera leal el camino del diálogo. Que así lo han estado haciendo las comunidades hermanas de Cocucho y Urapicho. Por un año ya y con buenos resultados.



Francisco Martínez

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