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Entre la incertidumbre
y la desesperanza
Por: Francisco Martínez Gracián
Ni
para dónde voltear. Las posiciones encontradas, antípodas,
previas a la toma de posesión de Felipe Calderón, que no han
cesado de darse entre los legisladores del PAN y los del PRD
(así hayan tenido un lapso de forzada coincidencia no sólo
al tomar la tribuna del Congreso, sino al acordar “no
jalonearse” mientras profanaban ese recinto privilegiado
para, bien calientitos y comidos, hacer su piyamada) empujan
por lo pronto al pueblo de México de la incertidumbre a la
desesperanza. Sobre todo a la clase marginada. Y, de una
manera trágica, a quienes, despojados de su lengua, cultura
y territorio, aún sobreviven (sin sleeping-bag y
pasando hambres y fríos) en zonas de refugio. Me refiero a
los pueblos indígenas. Ésos que lo único que le merecieron
al Presidente saliente fue el haber prometido de la manera
más banal que resolvería sus problemas, representados en el
conflicto chiapaneco, en no más de 15 minutos. ¡Joder!
Y ahora, en medio de acusaciones y
descalificaciones mutuas, entre empellones, se tuvo, se
tiene o se está teniendo el trabajo de parto de un nuevo
sexenio. Cómo haya sido ungido Calderón Hinojosa, si entre
gritos y sombrerazos, si dentro de una blindada esfera de
protección en algún lugar alternativo o si simplemente por
el hecho de haber amanecido como tal el 1º de diciembre, no
importa tanto, si bien en este caso la escenografía se
confunda con el drama. Porque lo que sí importa es cómo los
tres poderes de gobierno comiencen a gobernar.
Principalmente a favor de los secularmente desplazados.
Porque quienes menos tienen, hayan votado por la derecha,
por el centro o por la izquierda o simplemente no hayan
emitido su sufragio, merecen justicia. Ya. Lo que ningún
sexenio del priísmo, ni el del gobierno del cambio, hubieron
conseguido. Así hayan fundado uno y mil programas. Así lo
hayan cacareado una y otra vez. ¿Por qué? Porque jamás han
dejado de privilegiar a unos pocos, ni pensado en serio de
dar otra cosa que las sobras propias de un asistencialismo
que no pretende otra cosa que todo continúe tal y como está.
En otras palabras: que todo parezca cambiar, pero sin
cambiar.
Por eso, mientras el escándalo kinético
de las imágenes televisivas pasan una y otra vez suscitando
comentarios encontrados aquí y allende nuestras fronteras,
por acá en las “mesetas” y “cañadas” del país no merecen de
las comunidades indígenas ni siquiera un leve rubor, como
ése que provoca erdipia. Pena ajena. Estas comunidades
tienen bien sabido por su experiencia histórica, que
gobiernos van y gobiernos vienen, como vienen y van esos
candidatos políticos que les hablan y hablan, prometen y
prometen y al final no tienen ojos si no es para privilegiar
su propio ombligo. Saben también que si bien partidos
políticos como el PRD y el PRI al menos han privilegiado un
espacio para ellos en sus Programas de Acción y en su
Declaración de Principios, el PAN no ha pasado de
mencionarlos por su folklorismo. Al menos que Felipe
Calderón Hinojosa, haya tomado el poder medio en paz o entre
el jaloneo de tirios y troyanos, comience a demostrar lo
contrario. Lo que, habido su currículo, no parece probable.
Y menos, si su partido no consigue lo que como partido en el
poder está obligado: conjuntar voluntades y dialogar
infinitamente, aún a costa de asumir como propias muchas de
las posiciones de mayor compromiso social del PRD, partido
que recibió un sufragio cuantitativamente muy cercano y
cualitativamente más autorizado. Sobre todo en cuanto lo
obtuvo del pueblo marginado.
México, cuyo nuevo derrotero pende tanto de los
jaloneos habidos entre el PAN, el PRI y el PRD, como del
arte de gobernar del nuevo titular del Ejecutivo, habidas
esas posiciones tan irreductibles como encontradas, seguirá
siendo el país en donde unos cuantos van a continuar
capitalizando privilegios a costa de las necesidades
insatisfechas de la gran mayoría. Lo que no es justo ni se
vale. Y como hasta el presente, apoltronados en su machismo,
ninguno de esos actores ha hecho un verdadero trabajo
político porque nadie ha estado dispuesto de veras a
negociar, entonces no sólo pierde la democracia, sino que
pierden quienes ya no tienen prácticamente qué perder, a no
ser esa velada esperanza que a cada mexicano nos llega cada
vez que comienza un nuevo gobierno. Símbolo trágico: el
ambiente de cantina habido en un Congreso que nunca nació
para que lo convirtieran en eso. Los políticos se equivocan.
Nadie los eligió para que cada uno se atrinchere por su
lado. Los mexicanos necesitamos que pongan lo mejor de sí
mismos. Que destierren incertidumbres. Que no den lugar a la
desesperanza. Que desquiten a favor de los más necesitados
lo mucho que ganan. Que se conduzcan a la altura de su
cargo.
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