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    S E C C I Ó N :   O P I N I O N E S   / / 12 de abril del 2007

    San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México. 

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El Diálogo Imposible

      Por Francisco Martínez Gracián

         La cosa no es tan fácil. El estudio de las culturas de los pueblos indios implica enormes retos para su comprensión. Así, no basta decir “ya estoy en la Meseta P´urhé, nada me tienen que contar”. Porque no se trata de mirar, estudiar y hasta explicar a los “otros”; sino de insertarse y comprometerse de manera tal, que ese “otros” se convierta en un “nosotros”. Quien considere que no existen barreras naturales que se deban  traspasar, y me refiero a la cultura y la lengua, no sabe del problema. Y no sólo éstas. Existen además formas complejas y procesos múltiples, por su carácter endógeno anejos a las etnias, que no se deben soslayar. De ahí que no baste el “estar”. Necesariamente se ocupa, para quien se quiera inculturar, una readecuación de sus marcos teóricos y metodológicos que le vayan permitiendo abordar una realidad tan contrastante y enriquecedora, como es la realidad de los pueblos indígenas. Tarea ardua que arraiga la vida entera. Que exige consagración plena.

 

            Tarea que no han comprendido ni aceptado los Gobiernos. Porque durante los últimos decenios de su proceso histórico, su política oficial se ha caracterizado por el afán de “integrar” al indígena al proyecto nacional. Que no a otra cosa hubo dedicado un enorme aparato burocrático el extinto Instituto Nacional Indigenista, al presente devenido en la Comisión Nacional para el Desarrollo los Pueblos Indígenas o C.D.I. De modo que a la gubernamental abundancia de planes y programas de desarrollo “para los pueblos indígenas” si algo la identifica, es la ausencia de éstos en la concepción y elaboración de esos proyectos. Y no tras galletas y un café en las oficinas de la Casa de Gobierno, sino desde sus patrones de espacio temporales y, cual se debe, dentro de su mecánica comunitaria. Lo que aún no se da. Nuestra legislación actual no sólo limita la participación de los indígenas: de hecho los excluye. Como el Derecho Mexicano es positivista, no va en su carácter reconocer derechos ajenos al entorno nacional. De modo que está en su jaez no admitir derechos consuetudinarios, tales como los que caracterizan a los sistemas jurídicos indios. De ahí que por antonomasia la autonomía indígena sea el cuco de los tres poderes de gobierno.

 

            Con todo eso, frente al mundo gubernamental, los grupos étnicos de México mantienen un mundo propio. Aún. Sus estructuras políticas, sociales y culturales siguen acusando una cosmovisión tal, que no sólo les permite sino que les exige una cosmovisión integrada a su entorno ecológico, a la vez que les induce a reforzar de manera cotidiana sus relaciones intra e intercomunitarias. También, sus estructuras lingüísticas. De esta manera no hay integracionismos que valgan. Tampoco, homogeneidades civilizatorias. Ni se trata de integrar al indio a la sociedad nacional, ni se trata de “ayudarle” a la usanza populista para que “se desarrolle” precisamente acorde a los patrones de la sociedad dominante. Es más, ni siquiera se trata de un “indigenismo participativo” de ésos que llevan a hacer política “con los indios”.

 

            Se trata de una confrontación autonómica sin conciliación posible. Si  para el proyecto gubernamental la tierra es tomada como mercancía y la economía como medio de generar divisas y acumular bienes, para el proyecto indígena la tierra es vista como madre y la economía como medio para alimentar y sostener el enjambre comunitario. Si el Gobierno concibe a la sociedad como conjunto de individuos, el indígena la mira como comunidad. De ahí que socialice el trabajo. Que sus relaciones se basen en la fraternidad. Que sus ancianos cobren un papel relevante. Si en el ámbito político lo que interesa al gobierno es mantener y ejercer el poder preferenciando a las clases dominantes, para el proyecto indígena  política no es otra cosa que consenso comunitario y servicio gratuito. Y si para el proyecto dominante educar no significa otra cosa que engranar al individuo al sistema de producción, para el indígena, educación es encaminar a la comunidad de manera que entienda y conciba al mundo desde su propia historia. Por algo a las etnias del país y al Gobierno, dialogar -lo que es dialogar- se les dificulta en grado sumo. ¿O se puede dialogar con el etnocentrismo?

 

Francisco Martínez

Comentarios: palenquepurhe@yahoo.com.mx


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