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El Diálogo
Imposible
Por Francisco Martínez Gracián
La cosa no es tan fácil.
El estudio de las culturas de los pueblos indios implica enormes
retos para su comprensión. Así, no basta decir “ya estoy en la
Meseta P´urhé, nada me tienen que contar”. Porque no se trata de
mirar, estudiar y hasta explicar a los “otros”; sino de insertarse y
comprometerse de manera tal, que ese “otros” se convierta en un
“nosotros”. Quien considere que no existen barreras naturales que se
deban traspasar, y me refiero a la cultura y la lengua, no sabe del
problema. Y no sólo éstas. Existen además formas complejas y
procesos múltiples, por su carácter endógeno anejos a las etnias,
que no se deben soslayar. De ahí que no baste el “estar”.
Necesariamente se ocupa, para quien se quiera inculturar, una
readecuación de sus marcos teóricos y metodológicos que le vayan
permitiendo abordar una realidad tan contrastante y enriquecedora,
como es la realidad de los pueblos indígenas. Tarea ardua que
arraiga la vida entera. Que exige consagración plena.
Tarea que no han comprendido ni aceptado los Gobiernos.
Porque durante los últimos decenios de su proceso histórico, su
política oficial se ha caracterizado por el afán de “integrar” al
indígena al proyecto nacional. Que no a otra cosa hubo dedicado un
enorme aparato burocrático el extinto Instituto Nacional
Indigenista, al presente devenido en la Comisión Nacional para el
Desarrollo los Pueblos Indígenas o C.D.I. De modo que a la
gubernamental abundancia de planes y programas de desarrollo “para
los pueblos indígenas” si algo la identifica, es la ausencia de
éstos en la concepción y elaboración de esos proyectos. Y no tras
galletas y un café en las oficinas de la Casa de Gobierno, sino
desde sus patrones de espacio temporales y, cual se debe, dentro de
su mecánica comunitaria. Lo que aún no se da. Nuestra legislación
actual no sólo limita la participación de los indígenas: de hecho
los excluye. Como el Derecho Mexicano es positivista, no va en su
carácter reconocer derechos ajenos al entorno nacional. De modo que
está en su jaez no admitir derechos consuetudinarios, tales como los
que caracterizan a los sistemas jurídicos indios. De ahí que por
antonomasia la autonomía indígena sea el cuco de los tres poderes de
gobierno.
Con todo eso, frente al mundo gubernamental, los grupos
étnicos de México mantienen un mundo propio. Aún. Sus estructuras
políticas, sociales y culturales siguen acusando una cosmovisión
tal, que no sólo les permite sino que les exige una cosmovisión
integrada a su entorno ecológico, a la vez que les induce a reforzar
de manera cotidiana sus relaciones intra e intercomunitarias.
También, sus estructuras lingüísticas. De esta manera no hay
integracionismos que valgan. Tampoco, homogeneidades civilizatorias.
Ni se trata de integrar al indio a la sociedad nacional, ni se trata
de “ayudarle” a la usanza populista para que “se desarrolle”
precisamente acorde a los patrones de la sociedad dominante. Es
más, ni siquiera se trata de un “indigenismo participativo” de ésos
que llevan a hacer política “con los indios”.
Se trata de una confrontación autonómica sin
conciliación posible. Si para el proyecto gubernamental la tierra
es tomada como mercancía y la economía como medio de generar divisas
y acumular bienes, para el proyecto indígena la tierra es vista como
madre y la economía como medio para alimentar y sostener el enjambre
comunitario. Si el Gobierno concibe a la sociedad como conjunto de
individuos, el indígena la mira como comunidad. De ahí que socialice
el trabajo. Que sus relaciones se basen en la fraternidad. Que sus
ancianos cobren un papel relevante. Si en el ámbito político lo que
interesa al gobierno es mantener y ejercer el poder preferenciando a
las clases dominantes, para el proyecto indígena política no es
otra cosa que consenso comunitario y servicio gratuito. Y si para el
proyecto dominante educar no significa otra cosa que engranar al
individuo al sistema de producción, para el indígena, educación es
encaminar a la comunidad de manera que entienda y conciba al mundo
desde su propia historia. Por algo a las etnias del país y al
Gobierno, dialogar -lo que es dialogar- se les dificulta en grado
sumo. ¿O se puede dialogar con el etnocentrismo?
Francisco Martínez
Comentarios:
palenquepurhe@yahoo.com.mx
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