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Cuando los
papeles
sociales se
trastocan (I)
Por Francisco Martínez Gracián
A
semejanza de lo que ocurre en Jalisco, Guanajuato y Guerrero,
estados limítrofes del nuestro, por lo largo y ancho del estado de
Michoacán cada año crece el número de comunidades y pueblos en que
su población decrece. Algunos a grado tal, que su fisonomía e
identidad social -a penas transcurre un decenio- resultan
irreconocibles. Si Ud. hubo conocido años atrás pueblos como ésos,
regrese y asómese, por nombrar a algunos, al Cerrito Pelón en la
Ciénaga de Chapala, al Valle de Guadalupe en la región de
Tangancícuaro o a Corupo, por acá en la Sierra. Pujantes otrora,
llenos de vida y de gente, parecen pueblos fantasma. Dicen que al
tenor en que se pueblan de casas nuevas se despueblan de gente. Que
sus cambios internos aparecen muchos y múltiples: otrora llenos de
muchachos y de familias completas, hoy prácticamente se reducen a
dos generaciones. Una de niños sin padres o de padres ausentes, de
viejos la otra. Antes, comunidades cuya estructura social se hallaba
compuesta, como es natural, por personas de ambos sexos en
proporciones casi semejantes. Hoy, las mujeres son más y andan
solas.
Lo que acarrea problemas. Cuando las estructuras
sociales corresponden armónicamente a una tradición que ha acunado
los anhelos culturales y religiosos de una comunidad cualquiera,
traen como consecuencia una sociedad sana, en paz consigo misma,
conciente de su pasado, viviendo con intensidad su presente y con
una visión definida sobre su futuro. Se trata de estructuras que
propician el desarrollo armónico de las capacidades y
potencialidades de la sociedad en su conjunto. Y del individuo en
particular. De esta manera la comunidad que las sostenga puede
realizar, sin más tropiezos que los propios de la cotidianidad, su
vocación histórica. ¿Por qué? Porque en ese caso la comunidad puede
asumirse como dueña de su estructura social y de sus recursos
naturales, de modo que los conoce, los valora, explota y administra
de acuerdo a sus necesidades. Deviene así en un grupo humano cuyas
estructuras sociales conforman in situ e in tempore la
casa-hogar donde vive. Pero cuando las estructuras sociales de ese
grupo humano terminan en contradicción con su cultura y vocación
histórica, ocurre sin más una tensión opresiva y/o represiva que
impide que la comunidad se goce y viva, simple y sencillamente
porque sus estructuras ambientales y sociales no son las que
corresponde a su entorno natural y cultural.
Y es en este último caso cuando una comunidad, como las
antes mencionadas, aparece a los ojos propios y a los ojos de los
extraños, como un grupo humano disminuido, en cuanto se encuentra
asfixiada por condiciones exógenas y endógenas que ni puso ni
quiere. Tal y como sucede cuando en un momento y lugares dados
existe una generación que, no habiendo conseguido cómo ganarse la
vida en su terruño, se ve obligada a dejarlo, aventurándose a buscar
la papa y a ser explotada allende las fronteras. Tal y como sucede a
muchos migrantes. Es entonces que poco a poco algunos papeles
sociales se trastocan. Por ejemplo, el de los hombres que a temprana
edad, mero cuando les corresponde estudiar, se ven obligados a salir
de su tierra a ganarse el pan en tierras extranjeras. O el de sus
mujeres, hijas, madres y abuelas, que ante el creciente abandono y
soledad en el que se quedan, terminan por asumir un papel que no les
corresponde de manera natural. De ahí la aparición creciente de
nuevos matriarcados, no sólo a través de lo largo y ancho del
territorio nacional, sino aún en sociedades tradicionalmente
“tradicionales”, como han sido la mayor parte de las comunidades
rurales y las de la Meseta Purhépecha. Debido al fenómeno de la
migración, ahora, por acá, las mujeres indígenas están siendo las
encargadas de preservar su lengua, costumbres, tradiciones y
educación de los hijos; así como de luchar con dignidad por la
subsistencia diaria, en un lugar, que si bien ya no es el mismo de
siempre, es el único que todavía les pertenece.
Se trata de mujeres que con un marido o hijos mayores
ausentes, se quedan solas intentando sostener una identidad familiar
y comunitaria que no sólo corre el riesgo de perderse, sino que se
está perdiendo de veras. Lo tienen qué hacer porque muchos de sus
hombres (padres, esposos, hermanos e hijos), orillados por la
necesidad, se enrolan -¿emboban?- con el sueño americano. Alejados
de su familia y desde un lugar que no les pertenece, alimentan la
fantástica ilusión de regresar un día cargados de billetes verdes.
Sólo que algunos no regresan porque se enferman o mueren. Otros,
porque se hacen allá de otra mujer y hacen otra familia. Otros
despilfarran su dinero en alcohol y consumibles hasta que quedan en
la ruina y se ven obligados a regresar con las manos vacías. Otros
regresan, pero contagiados de SIDA, Algunos, atrapados por grupos
fundamentalistas, vuelven con ideas comunitariamente ajenas. Otros,
aunque regresan bien, debido al proceso de aculturación sufrido, ya
no “se hallan” en su pueblo. Ni con su mujer. Factores que de hecho
generan, unas veces la degradación de la comunidad, otras, la
desaparición de culturas enteras…
Comentarios:
palenquepurhe@yahoo.com.mx
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