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    S E C C I Ó N :   O P I N I O N E S   / / 18 de diciembre, 2007

    San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México. 

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Oratorio de Navidad 2007

                                                             Por Francisco Martínez Gracián

     Hay entes a los que celebrar la Navidad, simplemente no les va. A los narcos, por ejemplo. O a trasnacionales como la Coca Cola. Y no es que no necesiten de la venida de Cristo. Son los que más. Pertenecen, como muchos de nosotros, a ese uno por ciento de las ovejas a las que Jesús se refiere cuando sentencia que Él dejará sin chistar a las 99 restantes, con tal de volverlas al redil. Sólo que, contumaces, hay ovejas que han tomado como opción vital -de muerte, diríase mejor- decir “no” al llamado del Pastor, porque se han aficionado a pastos que envenenan: la droga, el dinero o, en cuanto toca a muchos de nosotros, al banquete de la mediocridad cultural y/o de la tibieza espiritual. Para degradación de la imagen que somos de Dios. Por eso los narcos pasarán las posadas seduciendo con sus drogas, así terminen yendo a Misa de Gallo el 24 y echando a los cepos sus limosnas. Por eso la Coca Cola no dejará de aprovechar estas fiestas para, al son de algún pegajoso villancico, vendernos sus productos moteados de blancos ositos. Por eso, la mayoría de nosotros abundaremos en todo -regalos, tarjetas y abrazos- menos en la Buena Nueva de Cristo.   

 

            Muy al contrario de lo que hizo Bach. Sí, me refiero a Johann Sebastian. Con su Oratorio de Navidad, por ejemplo. Posterior a las dos grandes Pasiones, las de San Mateo y San Juan, para celebrar la Navidad del año 1734, ya en plena madurez, Bach reunió las formas de mayor uso en la Iglesia Luterana: el coral, la cantata y el oratorio, para escribir esta divina y alegre partitura. Basándola en los Evangelios (Lc 2, 1-21; Mt 2, 1-12) organiza su obra en seis partes: Primer, Segundo y Tercer día de Navidad, Fiesta de la Circuncisión, Domingo de la infraoctava de la Circuncisión y Epifanía. Cual vigía de Sión, en medio de un arrebatador derroche de música, casi sin contacto con los asuntos mundanos, anuncia la Buena Noticia de Salvación. Todo lo contrario de las pachangas enajenantes con las que nos apendejamos ahora. En realidad, Bach, cumpliendo a plenitud el delectare docendo, catequiza. Algo que nuestra liturgia y celebrantes actuales, por desgracia trivializan. Si no lo crees, lector amigo, asómate a cualquier iglesia en estos días. O ponte a escuchar el Coro inicial de la Cantata del primer día: Jauchzet, frohlocket, auf, preiset die Tage… “¡Exulten, alégrense, glorifiquen estos días!”. Claro, usando una interpretación egregia, como la de The Netherlands Bach Society, en el límpido registro de Channel Classics CCS SA 20103. Y en un buen equipo de sonido.

 

            ¿Por qué será entonces, que nuestra actual sociedad prefiere hartarse de ruidos? ¿Por qué en vez de utilizar elementos de tan alta pureza espiritual, como los que nos legó Bach, apabullando la poca fe que nos queda caemos en las garras del consumismo? ¿Por qué, entre lo sublime y lo peor, escogemos lo último? ¿Saben con cuánto alcohol, con cuánto sexo, con cuánta droga y con cuánto pleito recibimos con una blasfemia a la venida de Cristo? De ahí la importancia de rescatar a Bach, así luterano sea, para la liturgia de nuestras iglesias. O de hacer de nuestras celebraciones navideñas lo que en 1556, un siglo antes de Johann Sebastian, San Felipe Neri hiciera: oficiar servicios religiosos preparados especialmente para atraer y mantener la atención de los jóvenes hacia el mensaje de Cristo. Para ese propósito no usó la iglesia parroquial, sino un oratorio donde, entresacando elementos de obras sagradas teatrales y de los Laudi spirituali, interpolaba su prédica. Fue ahí, en Roma, y en ese entonces, que nació el Oratorio: composición musical extensa sobre un texto religioso, para coros, orquesta y solistas vocales, ejecutable en las fiestas más significativas del año litúrgico.

 

            Carissimi nos legó Jefté (1630). Händel, entre otros, Saúl y El Mesías (1739, 1742). Haydn, La Creación y el Regreso de Tobías (1798). Beethoven, Cristo en el Monte de los Olivos (1803) y, San Pablo, Mendelssohn (1836). Berlioz, La Infancia de Cristo (1880). Massenet, Eva (1875) y Saint-Saëns, El Diluvio (1876). Parry, Job (1892) y Perosi, su triología (1897-1899): La Transfiguración, La Resurrección de Lázaro y La Resurrección de Cristo. Todos de profunda belleza y espiritualidad. Nosotros, legamos sonsonetes y trivialidad omnímoda. Por eso necesitamos a Bach. Si de vivir la Pascua se trata, su Kommt eilet und laufet. Si de considerar la Ascensión de Cristo, su Lobet Gott in seinen Reichen. Y si de sumergirnos en el misterio de Dios hecho Niño, de acogerlo y de vivirlo: su Wehnachtsoratorium. Que es, esto último lo que debiésemos hacer ahora.

 

                       ¡Tsípeti Kánhuarhinhakua Tata Jesukrístueri!... ¡Feliz Navidad!


Francisco Martínez

Comentarios: palenquepurhe@yahoo.com.mx


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