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Oratorio de
Navidad 2007
Por Francisco Martínez Gracián
Hay entes a los que celebrar
la Navidad, simplemente no les va. A los narcos, por ejemplo. O a
trasnacionales como la Coca Cola. Y no es que no necesiten de la
venida de Cristo. Son los que más. Pertenecen, como muchos de
nosotros, a ese uno por ciento de las ovejas a las que Jesús se
refiere cuando sentencia que Él dejará sin chistar a las 99
restantes, con tal de volverlas al redil. Sólo que, contumaces, hay
ovejas que han tomado como opción vital -de muerte, diríase mejor-
decir “no” al llamado del Pastor, porque se han aficionado a pastos
que envenenan: la droga, el dinero o, en cuanto toca a muchos de
nosotros, al banquete de la mediocridad cultural y/o de la tibieza
espiritual. Para degradación de la imagen que somos de Dios. Por eso
los narcos pasarán las posadas seduciendo con sus drogas, así
terminen yendo a Misa de Gallo el 24 y echando a los cepos sus
limosnas. Por eso la Coca Cola no dejará de aprovechar estas fiestas
para, al son de algún pegajoso villancico, vendernos sus productos
moteados de blancos ositos. Por eso, la mayoría de nosotros
abundaremos en todo -regalos, tarjetas y abrazos- menos en la Buena
Nueva de Cristo.
Muy al contrario de lo que hizo Bach. Sí, me refiero a
Johann Sebastian. Con su Oratorio de Navidad, por ejemplo. Posterior
a las dos grandes Pasiones, las de San Mateo y San Juan, para
celebrar la Navidad del año 1734, ya en plena madurez, Bach reunió
las formas de mayor uso en la Iglesia Luterana: el coral, la cantata
y el oratorio, para escribir esta divina y alegre partitura.
Basándola en los Evangelios (Lc 2, 1-21; Mt 2, 1-12) organiza su
obra en seis partes: Primer, Segundo y Tercer día de Navidad, Fiesta
de la Circuncisión, Domingo de la infraoctava de la Circuncisión y
Epifanía. Cual vigía de Sión, en medio de un arrebatador derroche de
música, casi sin contacto con los asuntos mundanos, anuncia la Buena
Noticia de Salvación. Todo lo contrario de las pachangas enajenantes
con las que nos apendejamos ahora. En realidad, Bach, cumpliendo a
plenitud el delectare docendo, catequiza. Algo que nuestra
liturgia y celebrantes actuales, por desgracia trivializan. Si no lo
crees, lector amigo, asómate a cualquier iglesia en estos días. O
ponte a escuchar el Coro inicial de la Cantata del primer día:
Jauchzet, frohlocket, auf, preiset die Tage… “¡Exulten,
alégrense, glorifiquen estos días!”. Claro, usando una
interpretación egregia, como la de The Netherlands Bach Society, en
el límpido registro de Channel Classics CCS SA 20103. Y en un buen
equipo de sonido.
¿Por qué será entonces, que nuestra actual sociedad
prefiere hartarse de ruidos? ¿Por qué en vez de utilizar elementos
de tan alta pureza espiritual, como los que nos legó Bach,
apabullando la poca fe que nos queda caemos en las garras del
consumismo? ¿Por qué, entre lo sublime y lo peor, escogemos lo
último? ¿Saben con cuánto alcohol, con cuánto sexo, con cuánta droga
y con cuánto pleito recibimos con una blasfemia a la venida de
Cristo? De ahí la importancia de rescatar a Bach, así luterano sea,
para la liturgia de nuestras iglesias. O de hacer de nuestras
celebraciones navideñas lo que en 1556, un siglo antes de Johann
Sebastian, San Felipe Neri hiciera: oficiar servicios religiosos
preparados especialmente para atraer y mantener la atención de los
jóvenes hacia el mensaje de Cristo. Para ese propósito no usó la
iglesia parroquial, sino un oratorio donde, entresacando elementos
de obras sagradas teatrales y de los Laudi spirituali,
interpolaba su prédica. Fue ahí, en Roma, y en ese entonces, que
nació el Oratorio: composición musical extensa sobre un texto
religioso, para coros, orquesta y solistas vocales, ejecutable en
las fiestas más significativas del año litúrgico.
Carissimi nos legó Jefté (1630). Händel, entre otros,
Saúl y El Mesías (1739, 1742). Haydn, La Creación y el Regreso de
Tobías (1798). Beethoven, Cristo en el Monte de los Olivos (1803) y,
San Pablo, Mendelssohn (1836). Berlioz, La Infancia de Cristo
(1880). Massenet, Eva (1875) y Saint-Saëns, El Diluvio (1876). Parry,
Job (1892) y Perosi, su triología (1897-1899): La Transfiguración,
La Resurrección de Lázaro y La Resurrección de Cristo. Todos de
profunda belleza y espiritualidad. Nosotros, legamos sonsonetes y
trivialidad omnímoda. Por eso necesitamos a Bach. Si de vivir la
Pascua se trata, su Kommt eilet und laufet. Si de considerar
la Ascensión de Cristo, su Lobet Gott in seinen Reichen. Y si
de sumergirnos en el misterio de Dios hecho Niño, de acogerlo y de
vivirlo: su Wehnachtsoratorium. Que es, esto último lo que
debiésemos hacer ahora.
¡Tsípeti Kánhuarhinhakua Tata Jesukrístueri!... ¡Feliz Navidad!
Francisco Martínez
Comentarios:
palenquepurhe@yahoo.com.mx
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