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Cuando se pierde la
identidad
Hace
unos días hubo un asesinato en la Meseta. Tras el abigeato sufrido,
un comunero de Arantepacua pasó, como ya es costumbre entre quienes
pierden algún animal, a buscarlo por los terrenos de Urapicho, una
de las rutas más transitadas por los abigeos. Esa búsqueda le costó
la vida. Los sucesos más externos de esa tragedia ocuparon la nota
roja de algunos periódicos: el secuestro de Odilón, representante de
bienes comunales de Arantepacua, y de otros compañeros, en la
comunidad de Urapicho; la toma efectuada por ésta, del banco de
material de Paracho; la intervención de los presidentes municipales
de Paracho y Nahuatzen; la presencia de la fuerza pública, etc. Los
sucesos internos y sus causas, cual cáncer asesino que en metástasis
se dispersa, aunque no hayan ocupado espacio alguno en los medios,
aún siguen y permean cual ominoso reflejo de la continua
desintegración cultural que sufrimos en la Meseta.
Sujetas a un imparable e irracional
proceso exógeno y endógeno de aculturación, las comunidades de la
Meseta ya no están siendo lo que eran. Y me refiero a su economía de
prestigio, a su espíritu de servicio, a su tejido comunal, a su
unidad espiritual, a su inveterado sentido de comunidad, al uso de
su lengua, a la vivencia de su mimíxekua, al ideal estético
de su uénikua y a la práctica alquitarada de su pindekua.
Y no, porque ya esté viejo, pienso que todo tiempo pasado haya sido
mejor. Sé que las culturas evolucionan. Indudablemente. Que la
evolución ha sido evidente desde la creación. Que nada es
permanente. Pero para que la evolución cumpla su cometido, debe
conducir a algo mejor. En ese sentido, cuando un proceso de cambio
cultural comienza a convertirse en etnocidio, entonces hay que
redirigir rumbo, cantidad y calidad. Pasar así de cualquier
imposición cultural, de inclusiones ladinas, de todo integracionismo,
a una sana endoculturación y a una aculturación comunitariamente
dirigida.
Y si hechos trágicos, como los
habidos entre Arantepacua y Urapicho, no denotan una desviación
cultural, acudamos entonces a verificar cuáles están siendo los
cambios que se están dando en el territorio físico que abarca la
Meseta. Echemos una vista nomás a la eclosión de sus áreas boscosas,
a la erosión de sus suelos, a la contaminación de sus mantos
acuíferos, al abuso del cemento dentro de sus entornos urbanos, a la
proliferación de los ruidos, etc. para darnos cuenta de inmediato
que ese proceso de aculturación del medio físico delata un ecocidio.
Ambos factores –etnocidio y ecocidio- resultan por demás evidentes
cuando se pierde la identidad. Pérdida que sólo se da en una
cultura bajo asedio. En ese sentido aculturación y asedio
manifiestan a culturas en contacto desigual donde los elementos de
la cultura dominada se sincretizan con los de la cultura dominante,
de manera tal que un día aquélla pierde su lugar y su razón de ser.
Cuando se pierde la identidad, o más
bien, cuando se está sufriendo ese proceso, deviene la integración
como un proceso de cambio caracterizado por el desarrollo continuado
de un conflicto de fuerzas entre sistemas y relaciones posicionales
de sentido opuesto. No es otra cosa lo que ha estado sucediendo en
la Meseta. Y no sólo ahora, sino desde hace 500 años. Sólo que ahora
de manera por demás acelerada. De hecho hay ya comunidades que no
poseen prácticamente territorio comunal. Como Nahuatzen. Otras, que
en unos cuantos años, casi han dejado de hablar el p´urhépecha. Como
Sevina y Cherán. Muchas más que tras tres cuatro lustros, han
perdido su superficie boscosa. Como Patamban, Capacuaro y Corupo.
Alguna por ahí, que en ésos mismos ha partido en dos su filiación
religiosa. Como Nurío. Las más, que desde la antesala misma del
siglo XXI han terminado por mandar al carajo su imagen urbana. Pero
lo que más aculturación acusa es constatar, aunque duela, que
algunas, en unos cuantos días estén perdiendo la vergüenza. Como
Urapicho.
Francisco
Martínez
Comentarios:
palenquepurhe@yahoo.com.mx
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