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¿Tarascos o p´urhépecha?
Por: Francisco
Martínez
Hace
ya una o dos decenas de años (de ésos t´urixiecha que con el
1º de enero comienzan) que algunos connotados poetas de Sahuayo me
invitaron a participar dentro de una apasionada inquisición sobre el
significado de la palabra “sahuayo”. Contendían, por decir así, dos
partidos: algunos lingüistas despiadados que la hacían derivar de
dos vocablos nahuas: tsauatl=sarna y yuh=a la manera
de, obligándole a significar “lugar de la sarna”. En contraparte,
los poetas, más amantes de la belleza que de la verdad, argüían que
Sahuayo viene de estas dos palabras: ayutl=tortuga y tetl=piedra,
para hacerle significar “tortuga sobre piedra”. Por mi parte me puse
a consultar no sólo los Vocabularios de Fray Alfonso de Molina,
Francisco Xavier Clavijero. Ángel María Garibay y Rëmi Simèon (que
por cierto confirmaban lo expuesto por los infames lingüistas), sino
que acudí directamente al Dr. Miguel León Portilla, insigne
nahuatlato y discípulo del gran Garibay, quien me expresó: “sahuayo
viene de tsacuayo, de tsauatl-cua-yuh= lugar de la
sarna”. Así lo expuse y lo expuse de manera tan contundente, que el
Profesor Arceo, el más bardo de los poetas sahuayenses, pontificó:
“nosotros somos de Sahuayo y para nosotros Sahuayo significa
tortuga sobre piedra y para que se fije en la memoria histórica
haremos esculpir en piedra con esas formas, una estatua para que sea
colocada a la entrada de la ciudad”. Y así lo hicieron.
El contenido del libro “¿Tarascos o P´urhépecha?”,
editado por Pedro Márquez Joaquín, bajo el auspicio de IIH, la
UIIM, el COLMICH, el Grupo Kw´anískuyarhani y Morevallado, de alguna
manera me ha remitido a ese episodio de la búsqueda de matria
identidad que hicieran mis paisanos de Sahuayo. A pesar de sus
diferencias, en ambos casos el gentilicio ha generado polémica no
sólo de parte de los estudiosos (lingüistas, historiadores,
antropólogos, etc.) sino de quienes con uno de esas palabras se
cobijan. Quizá porque una cosa son la historiografía y la
lingüística y otra lo que el amor a la matria dicte. Miren que uno
puede hacer que su nombre o el nombre de su tierra signifiquen lo
que le dé la gana. Muy su tierra y muy su nombre. Además, uno sabe
de qué barro está hecho y hecha de qué su identidad. Se lo grita la
sangre. No por otra razón, todo gentilicio identificativo, para que
lo sea, ha de contener una ecuación personal y social satisfecha por
todos los valores de las constantes y variaciones culturales que en
él entran. Pues para que en verdad lo sea, el gentilicio en cuestión
ha de contener nuestra mismidad. De modo que tras 34 años en la
Meseta no me cause gran problema si los juchá anapu=nosotros,
los de aquí, se identifican más como tarascos que como
p´urhépecha o aplican a un tiempo pasado la primer acepción y al
presente, la segunda. Y si “tarasco” les suena a ofensa, llevado por
el amor que les tengo, a mí también me sonará. Es por eso que
siempre me he referido a este pueblo bajo el nombre de
p´urhépecha. Y así bonito me suena.
Recordemos que mismidad implica identidad e identidad,
identificación. ¿Y qué es identificación sino la tendencia, como
dice Freud, de identificarse el niño con su padre y la niña con su
madre? En ese sentido todo gentilicio resulta subjetivamente
importante en cuanto introyecta una característica personal -y
comunitaria- tal, que va envuelta, como voz de la conciencia en que
se erige, en premios y castigos. En ese sentido la identificación
rehuye objetividad y ciencia, porque es una asunción inconsciente.
Por tanto, tal y como sucedió a Sahuayo y como ha sucedido al pueblo
p´urhépecha, existe una verdadera dialéctica entre la
autoidentificación y la identificación que hacen los otros, entre la
identidad objetivamente atribuida y la que es asumida de manera
subjetiva. Dialéctica que en todo momento puede presentarse cuando
un individuo o un pueblo se identifica o no con sus significantes.
Dialéctica porque corre entre la pertenencia y rechazo de la lealtad
a uno mismo. Y a su historia. Y a su lengua. Y a su territorio. Y a
su cosmogonía. A su pasado y destino.
Conste, en el libro que da pie a este escrito, hay una
alquitarada exposición donde intervienen historiadores
contemporáneos de la talla de Gerardo Sánchez Díaz, Francisco
Miranda Godínez y Benedict Warren y, entre los de cuño antiguo, José
Corona Núñez y Nicolás León. Aparecen además lingüistas de cepa como
Frida Villavicencio, Claudine Chamoreau, Fernando Nava y Luis
Vázquez León. No obstante, la aportación más autorizada viene de
sabios tata k´éricha: Pedro Márquez Joaquín, Moisés Franco
Mendoza y Néstor Dimas Huacuz. De hecho, no dejan tópico sin tratar.
El libro ilustra sobremanera. Sin embargo, a diferencia de lo que
pasó en la discusión con el gentilismo de mi tierra, al tenor de lo
que apunta Claudine Chamoreau: “Elegir una denominación no es
imparcial…”, abunda en rigor científico tanto como de pasión
adolece. De ahí que quizá el sentido matrio más acusado lo aporte un
volante: “Purhépechas o Tarascos”, que circuló por la Meseta hacia
1989 y que corona el libro. En ese sentido, la disyuntiva que al
volante titula, ¡que lo decida el pueblo mismo!
Comentarios:
palenquepurhe@yahoo.com.mx
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