Cherán: causas de gravedad
Escribió: Ramón Guzmán
Ramos
Los
argumentos que hasta ahora se han manejado por parte del gobierno del
estado y del Congreso local con respecto a la demanda de desaparición de
poderes en el municipio de Cherán se caen por sí solos. Que no hay
pruebas sobre la responsabilidad del Ayuntamiento en los hechos que han
originado un fuerte movimiento de oposición de parte de la comunidad
indígena de ese lugar, cuya causa es acogida ya por otras comunidades de
otros lugares de la entidad. Que la desaparición de poderes podría
convertirse en un mal precedente, en un mal ejemplo a seguir por otros
movimientos en otros municipios. Que la ley habla de causas graves para
desaparecer los poderes municipales, pero no establece con precisión
cuáles serían tales causas.
Se ha dicho
también que Cherán está en calma; que son unos cuantos los que mantienen
la toma de la Presidencia; que los comercios están abiertos y que la
gente sigue sin mayores problemas su vida cotidiana; que no se ven
síntomas de desestabilización social.
Es necesario
apelar a los hechos. Hay tres muertes que se produjeron en
circunstancias totalmente extrañas que no han sido esclarecidas. En el
ánimo de la gente se han incubado suspicacias de todo tipo que apuntan
al Ayuntamiento. Estas sospechas se han convertido en un motivo poderoso
para mantener el movimiento de oposición. Lo que procede, entonces, es
que las investigaciones que se hacen de los casos hagan un deslinde
expedito de responsabilidades. El pueblo de Cherán tiene derecho a
saber. Pero es hora que no se han presentado resultados contundentes, en
tanto la situación se tensa cada día más y amenaza con hacer estallido
en cualquier momento.
Algunas voces del
Congreso sostienen que no es aceptable la posibilidad de desaparición de
poderes porque podría señalar un camino para otros grupos opositores en
otros municipios. La cuestión aquí es más bien de enfoques. De sostener
a una autoridad que se ha dejado ganar por tentaciones autoritarias, el
precedente que se deja es que el Congreso estaría apoyando
incondicionalmente a ayuntamientos que se convirtieran con sus acciones
concretas en enemigos y represores violentos de sus propios pueblos. El
pueblo tiene derecho a quitarle su apoyo a un gobierno que no responde a
los intereses de sus gobernados y que cae en actitudes violatorias de la
ley, de los derechos fundamentales de los ciudadanos. ¿O tienen los
gobiernos garantizada su permanencia en el poder sin importar lo que
hagan o dejen de hacer?
Habría que hacer
un acto de reflexión profunda y traer a la memoria el caso Oaxaca. El
gobierno de aquella entidad, encabezado por Ulises Ruiz, respondió con
violencia, muerte, persecución y cárcel a las demandas justas que le
planteaba un sector considerable de la población. El conflicto
trascendió los límites del estado y quedó prácticamente en manos de las
instancias federales. También se exigía la desaparición de poderes. Pero
una turbia negociación entre la dirigencia nacional del PRI y el
gobierno, en esos momentos severamente cuestionado, de Felipe Calderón,
impidió que la razón y la justicia se impusieran. El movimiento popular
sufrió entonces una represión como quizá no se veía desde las épocas más
sangrientas de la dictadura de Porfirio Díaz y de los gobiernos del PRI.
Y creyeron que apagando aquel fuego todo volvería a la normalidad. Pero
Oaxaca está dando señales de un renacimiento vigoroso. Y es que los
pueblos no olvidan.
Los comisionados
del Congreso local que han visitado Cherán se han quedado sólo con la
impresión superficial de la realidad. Es como el que contempla desde una
posición elevada el bosque y la sensación que percibe es de total calma.
No puede advertir desde allí la guerra brutal que por la sobrevivencia
mantienen abajo las especies. Los diputados no fueron capaces de
distinguir tampoco algo que se mantiene vivo en el ambiente, en el aire
que todos respiran, en los silencios obligados, en los cambios de rutina
de la gente: el temor, el miedo que se ha vuelto como humo invisible que
intoxica los pulmones y los sentidos, y que empieza a transformarse en
pólvora.
La gente en Cherán
se siente ofendida, agredida, olvidada, víctima de una infamia que el
gobierno estatal no quiere resarcir. Toda la vigilancia es para el
alcalde. Pero hay algunos demonios que andan sueltos y que mantienen el
acoso sobre el movimiento. Y a la gente nadie la protege. Al contrario,
sigue siendo objeto de amenazas, de agresiones, de toda clase de
ataques; y hasta de menosprecios oficiales. De parte del movimiento no
ha habido ninguna señal que haga pensar en una estrategia violenta.
Desde antes de que esto llegara a los extremos en que se encuentra, se
habían seguido los caminos institucionales para que las autoridades de
arriba intervinieran en serio. Pero allá dejaron que el problema
avanzara y entrara a un proceso de descomposición que podría llegar a un
callejón sin salida.
El conflicto de
Cherán llegó a los límites de la capacidad de las autoridades
municipales y ha trascendido sus propias fronteras. Pero las instancias
estatales no están dando muestras de una preocupación auténtica por
darle al problema la solución que demanda el pueblo. Finalmente, como lo
dice la propia Constitución, todo poder emana del pueblo, de la
soberanía del pueblo; es el pueblo el que delega estas funciones a
representantes que se ganan en las urnas la mayoría de votos en las
contiendas electorales. Pero los gobiernos pierden legitimidad cuando se
divorcian de los pueblos a los que gobiernan y hasta se vuelven sus
enemigos. Entonces, cuenta la voluntad del pueblo para que instancias
superiores regresen esa soberanía a donde pertenece y se corrijan los
caminos.
Los inconformes
han estado enviando misivas al gobierno federal para que se entere del
problema e intervenga para darle la solución que se está demandando.
Esto significa que, en el ánimo de la población, el conflicto estaría
rebasando también a las instancias estatales. La disyuntiva no ofrece,
sin embargo, mayores complicaciones. Si el conflicto ha llegado a esta
situación límite en que se encuentra es porque la autoridad municipal no
fue capaz de abrir desde el principio cauces apropiados de negociación.
Ahora es la autoridad la que se encuentra atrapada en su propio búnker.
No hay, en definitiva, condiciones para que las cosas vuelvan a como
estaban antes, a como siguen ahora. Es necesario que el Congreso, en un
acto auténtico de sensibilidad política, reaccione y resuelva a favor de
la causa del pueblo.