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    S E C C I Ó N :   O P I N I O N E S   / 8 de junio, 2008

    San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México. 

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Leopoldo Juárez Urbina

Escribió: Ramón Guzmán Ramos

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”

Bertolt Brecht

El día que se lo iban a llevar para matarlo, Leopoldo Juárez Urbina, hombre del pueblo, anduvo muy serio y con un semblante que parecía presagiar una catástrofe. Dice su esposa, Teresa, que en la víspera había andado con una fiebre alta que lo había mantenido postrado en la cama durante algunas horas. Pero era de los hombres que no se dejaba maniatar por unos grados más de calor en su cuerpo, de manera que hasta compartió la medicina con un compañero que, también enfermo, fue a visitarlo y salió curado. El 8 de mayo por la mañana salió a reportarse a las oficinas de la supervisión escolar, donde estaba adscrito como asesor técnico pedagógico. Había regresado a su casa por un talón de cheque porque recibieron la visita de un representante del seguro de vida colectivo que le tenía un documento por 5 mil pesos como devolución.

Cosas por demás extrañas pasaron durante esos días aciagos en que Leopoldo, como le dice todavía la gente que lo quiere y lo extraña, y también sus adversarios y detractores, anduvo por las calles del pueblo con la sombra de la muerte persiguiendo sus pasos. Leopoldo, por cierto, es un nombre de origen germánico compuesto por la raíces Luit, que es pueblo, y polo, audaz, de manera que el significado original de Leopoldo es “aquel que es audaz o valiente al lado del pueblo”. Leopoldo, dice su esposa, siempre fue fiel a su nombre. El mismo día en que el comando armado lo levantó de las oficinas de la supervisión para meterle cuatro balas en el cuerpo, cuando todos en Cherán sabían de su desaparición forzada y la gente del movimiento capturó y retuvo a Sergio Bautista Chapina, hermano del alcalde; y a José Froylán Chávez Alvarez, primo del síndico, cayó una granizada seca sobre el pueblo. Fue como un mal presagio, recuerda su esposa Teresa, yo traté de ahuyentar los granizos con la punta de mi reboso para que no le fueran a dar a mi Leopoldo donde fuera que lo tuvieran.

Leopoldo era de los hombres que se quedaban sin nada, a veces hasta sin el gasto de su casa, por ayudar a la gente. Fue presidente municipal de Cherán en el periodo 93-95. De inmediato, redujo drásticamente su sueldo y el de todos los funcionarios de primer nivel. Cuando se quedaba en su despacho hasta tarde en la noche a atender gente o a terminar con algún asunto urgente, enviaba a alguien a su casa para que su esposa les preparara algo de comer y se los llevara. Teresa Sánchez Hernández, que lo recuerda ahora con lágrimas en los ojos y con un gran orgullo, tenía que poner del presupuesto familiar para cubrir esos gastos. Durante su gestión hizo lo que pudo con los escasos recursos del Ayuntamiento para satisfacer necesidades urgentes de la población. Levantó obras importantes como la Plaza de Toros e hizo posible la llegada de la escuela secundaria técnica al lugar. Algunos días después de que concluyó su gestión fue a ver a un amigo para que le prestara dinero, quien se sorprendió de que un recién estrenado ex presidente tuviera esa necesidad. Pues sí, le dijo Leopoldo, es que he vivido al día con el salario de presidente que tuve, y mientras hago mis trámites para mi reubicación como maestro no tengo para el gasto de la casa.

Fue de los fundadores del PRD en el municipio. Participó activamente en el movimiento cardenista contra el fraude electoral del 88. Esta fuerza arrolladora que alguna vez fue el cardenismo impactó en la localidad y permitió que el naciente PRD le arrebatara el Ayuntamiento al PRI. Leopoldo fue de los que sacó al último alcalde priísta de las oficinas de la presidencia. Casi dos décadas después, por causa de una división profunda en el PRD, y por un proceso de desgaste que el propio Leopoldo advirtió y se propuso revertir, el PRI volvería al poder a través de una elección severamente cuestionada en lo legal y en lo político.

Pero su lucha viene de mucho antes, de cuando era un niño en la marginalidad de la vida y tenía que mantener la dignidad en alto para sobrevivir. Su papá tomaba mucho y golpeaba con demasiada frecuencia a su mamá. De manera que el infante Leopoldo dejó a su familia a los ocho años de edad y se fue a vivir con unos tíos. Su rebeldía temprana lo hizo reaccionar así ante la imposibilidad de enfrentar a su propio padre por la actitud agresiva de éste contra su madre. No sería un hijo que habría de reproducir en el futuro aquella conducta violenta de su padre. Leopoldo no tomaba y mantuvo siempre una relación cariñosa, aunque controversial, con su familia: su esposa Teresa, con la que compartió su vida, sus ideales y sus luchas durante 30 años; y sus hijos Gamaliel (quien se encuentra en Estados Unidos, trabajando), Olivia (quien logró convertirse en dentista gracias al cargo temporal que tuvo su padre en la Sedeso, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas Batel), Teresa (que también está en Estados Unidos), Patricia (quien está estudiando en la UPN), Leopoldo y Guadalupe, la última de 10 años de edad. A veces, preocupados por su seguridad y por las condiciones de zozobra en que siempre los tenía, los miembros de su familia le pedían, le rogaban, le suplicaban que dejara la lucha y se dedicara a su trabajo y a ellos. Pero Leopoldo, como reconocen su esposa y su hija Olivia, era un hombre del pueblo, convencido de la causa que defendía, decidido a entregar su vida, como ocurriría finalmente, por lograr que las cosas en su comunidad cambiaran para bien de todos.

De los seis hermanos que fueron, él sería el único que saldría adelante y se haría profesionista. Tenía que trabajar en lo que fuera y hacer todo tipo de suertes para contar con los útiles escolares que necesitaba y para comprarse algunos gustos mínimos de niño. A los cuatro años perdió el dedo índice de su mano derecha al manipular un cuete que le estalló en el cuerpo. Sería una marca que lo acompañaría toda la vida. No tenía el dedo para señalar a los corruptos, a los tránsfugas, a los traidores, a los enemigos del pueblo, pero lo sustituía con el discurso, con la voluntad, con esa actitud de fortaleza y de arrojo con que siempre sorprendió a la gente, y que lo hizo ganarse una malentendida fama de intransigente. A los 18 años fue baleado en el pecho por un priísta del lugar. Quizá fue por eso que se sintió profundamente indignado ante la muerte del estudiante Mariano Ramos Tapia en circunstancias que todavía no han sido lo suficientemente aclaradas y donde se vieron involucrados policías municipales. Estudió la Normal Básica en Morelia y la Normal Superior en Celaya. Fue maestro de primaria y luego director. Fue secretario general de su delegación sindical, comprometido también con el movimiento democrático del magisterio. Es probable que las adversidades que tuvo que enfrentar desde su infancia hayan forjado en él un espíritu duro, indomable, de persecución de un sueño que después compartiría con su gente: que todos pudieran vivir como iguales y que nadie se hiciera rico o poderoso a costa del sufrimiento y el despojo de los demás.

Hay gente que ni siquiera tiene piso en sus casas, le decía a su esposa Teresa. Por eso aceptó que la gente lo postulara por segunda vez para alcalde. Hay que traer el agua a Cherán, le comentaba con entusiasmo. Muchos necesitan muchas cosas y no saben cómo resolver sus necesidades; no entienden a veces que la pobreza tiene un origen social y que hay que atacarla con acciones políticas y sociales. Pero si se les dice bien, se convencen de inmediato. El poder, sin embargo, sólo excepcionalmente despierta buenas intenciones. En su partido, el PRD que él había fundado, se produjo una dramática división. Una corriente que se proponía alcanzar el poder para mantener privilegios le cerró la posibilidad. Entonces, Leopoldo decidió buscar la candidatura, o mejor dicho el registro, con otro partido.

Y se lanzó a una campaña frenética, incansable, recorriendo el municipio calle por calle, tenencia por tenencia, comunidad por comunidad, casa por casa, explicándole a la gente su nuevo proyecto de gobierno, las medidas que tendrían que implementarse para resolver muchos problemas añejos, para que el municipio pudiera tener otro grado de desarrollo. El esfuerzo fue descomunal. Pero la división del pueblo estaba marcada. Los electores se dividieron en las tres opciones: el PRD, el PRI y el Partido Alternativa, con Leopoldo Juárez Urbina como candidato. El PRD quedó en tercer lugar y Leopoldo perdió con una diferencia de apenas 76 votos.

Leopoldo le comentó a su esposa que no se sentía frustrado: es posible que él haya ganado la votación, pero no hubo tiempo de documentar las presuntas irregularidades del PRI. De cualquier manera, le dijo a su esposa, no deja de ser un triunfo en un sentido: el PRD quedó en tercer lugar y el PRI, que tiene una presencia de décadas, me ganó con unos cuantos votos. Había que darle la oportunidad al PRI de que gobernara y demostrara su proyecto y su voluntad. Contrariamente a quienes lo acusan de que se propuso no dejar gobernar al alcalde priísta desde el principio, Leopoldo estuvo de acuerdo en darle el beneficio de la duda. Pero Roberto Bautista Chapina empezó a cometer de inmediato toda clase de excesos, de abusos de poder que la gente no podía tolerar.

Varios de sus compañeros más cercanos recuerdan que en los días previos a su secuestro y asesinato Leopoldo anduvo muy serio, inusualmente retraído, con una sombra de presagio oscureciendo su rostro. Algunos afirman que el color de su piel se volvió pálido, como si la sangre lo estuviera abandonando. Ante cualquier situación inédita, siempre estaba creando en su mente un panorama general, planteándose la problemática, localizando las causas y construyendo alternativas. Todo al mismo tiempo. Ahora parecía que las señales que brotaban de sus horizontes eran sombrías, pero que no deseaba alarmar más de la cuenta a sus compañeros y familiares. Y es que había corrido fuerte el rumor en la víspera de que algo se estaba preparando contra Leopoldo. En su casa se recibieron llamadas con amenazas de muerte, y de voz en voz se decía en el pueblo que algo malo estaba a punto de ocurrirle. Un amigo cercano se lo dijo: Tememos por tu seguridad, Leopoldo. Tienes que tomar medidas para protegerte, para no exponerte así nomás; quizá sea conveniente que desaparezcas un tiempo del escenario. Pero Leopoldo no podía esconderse así porque sí. Era algo que estaba fuera de su naturaleza. No pasa nada, era lo que les decía a todos los que le expresaban su preocupación. Pero si llegara a pasar, le dijo a una compañera, por nada del mundo abandonen la lucha; este movimiento de dignificación del pueblo tiene que seguir y tiene que triunfar.

A pesar del dolor profundo que su muerte ha causado entre sus familiares, sus seres queridos y la gente del movimiento, incluso entre sectores de otros ámbitos que han reaccionado con indignación, Leopoldo debe sentirse orgulloso donde sea que se encuentre su espíritu rebelde. Su gente no lo ha abandonado. El movimiento se ha fortalecido como nunca. Quienes pensaron que con su desaparición física la protesta se caería por sí sola hicieron un mal cálculo. La lucha del pueblo de Cherán recibe muestras de solidaridad de muchos lados y de otras organizaciones. Quienes se han hecho cargo del movimiento han mostrado una inesperada capacidad de dirección. El movimiento se sostiene sobre principios sólidos de dignidad y autonomía. Y es capaz de construir una salida de autogestión popular a la crisis. Es también el legado histórico de Leopoldo, hombre audaz que encontró la razón de ser al lado del pueblo, haciéndose pueblo hasta la sangre y las cenizas.

 

   

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