Leopoldo Juárez Urbina
Escribió: Ramón Guzmán
Ramos
“Hay hombres que luchan un día y son
buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan
muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos
son los imprescindibles”
Bertolt Brecht
El día que se lo iban a llevar para matarlo, Leopoldo Juárez Urbina,
hombre del pueblo, anduvo muy serio y con un semblante que parecía
presagiar una catástrofe. Dice su esposa, Teresa, que en la víspera
había andado con una fiebre alta que lo había mantenido postrado en la
cama durante algunas horas. Pero era de los hombres que no se dejaba
maniatar por unos grados más de calor en su cuerpo, de manera que hasta
compartió la medicina con un compañero que, también enfermo, fue a
visitarlo y salió curado. El 8 de mayo por la mañana salió a reportarse
a las oficinas de la supervisión escolar, donde estaba adscrito como
asesor técnico pedagógico. Había regresado a su casa por un talón de
cheque porque recibieron la visita de un representante del seguro de
vida colectivo que le tenía un documento por 5 mil pesos como
devolución.
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Cosas por demás extrañas pasaron durante esos días aciagos en que
Leopoldo, como le dice todavía la gente que lo quiere y lo extraña, y
también sus adversarios y detractores, anduvo por las calles del pueblo
con la sombra de la muerte persiguiendo sus pasos. Leopoldo, por cierto,
es un nombre de origen germánico compuesto por la raíces Luit, que es
pueblo, y polo, audaz, de manera que el significado original de Leopoldo
es “aquel que es audaz o valiente al lado del pueblo”. Leopoldo, dice su
esposa, siempre fue fiel a su nombre. El mismo día en que el comando
armado lo levantó de las oficinas de la supervisión para
meterle cuatro balas en el cuerpo, cuando todos en Cherán sabían de su
desaparición forzada y la gente del movimiento capturó y retuvo a Sergio
Bautista Chapina, hermano del alcalde; y a José Froylán Chávez Alvarez,
primo del síndico, cayó una granizada seca sobre el pueblo. Fue como un
mal presagio, recuerda su esposa Teresa, yo traté de ahuyentar los
granizos con la punta de mi reboso para que no le fueran a dar a mi
Leopoldo donde fuera que lo tuvieran.
Leopoldo era de los hombres que se quedaban sin nada, a veces hasta sin
el gasto de su casa, por ayudar a la gente. Fue presidente municipal de
Cherán en el periodo 93-95. De inmediato, redujo drásticamente su sueldo
y el de todos los funcionarios de primer nivel. Cuando se quedaba en su
despacho hasta tarde en la noche a atender gente o a terminar con algún
asunto urgente, enviaba a alguien a su casa para que su esposa les
preparara algo de comer y se los llevara. Teresa Sánchez Hernández, que
lo recuerda ahora con lágrimas en los ojos y con un gran orgullo, tenía
que poner del presupuesto familiar para cubrir esos gastos. Durante su
gestión hizo lo que pudo con los escasos recursos del Ayuntamiento para
satisfacer necesidades urgentes de la población. Levantó obras
importantes como la Plaza de Toros e hizo posible la llegada de la
escuela secundaria técnica al lugar. Algunos días después de que
concluyó su gestión fue a ver a un amigo para que le prestara dinero,
quien se sorprendió de que un recién estrenado ex presidente tuviera esa
necesidad. Pues sí, le dijo Leopoldo, es que he vivido al día con el
salario de presidente que tuve, y mientras hago mis trámites para mi
reubicación como maestro no tengo para el gasto de la casa.
Fue de los fundadores del PRD en el municipio. Participó activamente en
el movimiento cardenista contra el fraude electoral del 88. Esta fuerza
arrolladora que alguna vez fue el cardenismo impactó en la localidad y
permitió que el naciente PRD le arrebatara el Ayuntamiento al PRI.
Leopoldo fue de los que sacó al último alcalde priísta de las oficinas
de la presidencia. Casi dos décadas después, por causa de una división
profunda en el PRD, y por un proceso de desgaste que el propio Leopoldo
advirtió y se propuso revertir, el PRI volvería al poder a través de una
elección severamente cuestionada en lo legal y en lo político.
Pero su lucha viene de mucho antes, de cuando era un niño en la
marginalidad de la vida y tenía que mantener la dignidad en alto para
sobrevivir. Su papá tomaba mucho y golpeaba con demasiada frecuencia a
su mamá. De manera que el infante Leopoldo dejó a su familia a los ocho
años de edad y se fue a vivir con unos tíos. Su rebeldía temprana lo
hizo reaccionar así ante la imposibilidad de enfrentar a su propio padre
por la actitud agresiva de éste contra su madre. No sería un hijo que
habría de reproducir en el futuro aquella conducta violenta de su padre.
Leopoldo no tomaba y mantuvo siempre una relación cariñosa, aunque
controversial, con su familia: su esposa Teresa, con la que compartió su
vida, sus ideales y sus luchas durante 30 años; y sus hijos Gamaliel
(quien se encuentra en Estados Unidos, trabajando), Olivia (quien logró
convertirse en dentista gracias al cargo temporal que tuvo su padre en
la Sedeso, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas Batel), Teresa (que
también está en Estados Unidos), Patricia (quien está estudiando en la
UPN), Leopoldo y Guadalupe, la última de 10 años de edad. A veces,
preocupados por su seguridad y por las condiciones de zozobra en que
siempre los tenía, los miembros de su familia le pedían, le rogaban, le
suplicaban que dejara la lucha y se dedicara a su trabajo y a ellos.
Pero Leopoldo, como reconocen su esposa y su hija Olivia, era un hombre
del pueblo, convencido de la causa que defendía, decidido a entregar su
vida, como ocurriría finalmente, por lograr que las cosas en su
comunidad cambiaran para bien de todos.
De los seis hermanos que fueron, él sería el único que saldría adelante
y se haría profesionista. Tenía que trabajar en lo que fuera y hacer
todo tipo de suertes para contar con los útiles escolares que necesitaba
y para comprarse algunos gustos mínimos de niño. A los cuatro años
perdió el dedo índice de su mano derecha al manipular un cuete que le
estalló en el cuerpo. Sería una marca que lo acompañaría toda la vida.
No tenía el dedo para señalar a los corruptos, a los tránsfugas, a los
traidores, a los enemigos del pueblo, pero lo sustituía con el discurso,
con la voluntad, con esa actitud de fortaleza y de arrojo con que
siempre sorprendió a la gente, y que lo hizo ganarse una malentendida
fama de intransigente. A los 18 años fue baleado en el pecho por un
priísta del lugar. Quizá fue por eso que se sintió profundamente
indignado ante la muerte del estudiante Mariano Ramos Tapia en
circunstancias que todavía no han sido lo suficientemente aclaradas y
donde se vieron involucrados policías municipales. Estudió la Normal
Básica en Morelia y la Normal Superior en Celaya. Fue maestro de
primaria y luego director. Fue secretario general de su delegación
sindical, comprometido también con el movimiento democrático del
magisterio. Es probable que las adversidades que tuvo que enfrentar
desde su infancia hayan forjado en él un espíritu duro, indomable, de
persecución de un sueño que después compartiría con su gente: que todos
pudieran vivir como iguales y que nadie se hiciera rico o poderoso a
costa del sufrimiento y el despojo de los demás.
Hay gente que ni siquiera tiene piso en sus casas, le decía a su esposa
Teresa. Por eso aceptó que la gente lo postulara por segunda vez para
alcalde. Hay que traer el agua a Cherán, le comentaba con entusiasmo.
Muchos necesitan muchas cosas y no saben cómo resolver sus necesidades;
no entienden a veces que la pobreza tiene un origen social y que hay que
atacarla con acciones políticas y sociales. Pero si se les dice bien, se
convencen de inmediato. El poder, sin embargo, sólo excepcionalmente
despierta buenas intenciones. En su partido, el PRD que él había
fundado, se produjo una dramática división. Una corriente que se
proponía alcanzar el poder para mantener privilegios le cerró la
posibilidad. Entonces, Leopoldo decidió buscar la candidatura, o mejor
dicho el registro, con otro partido.
Y se lanzó a una campaña frenética, incansable, recorriendo el municipio
calle por calle, tenencia por tenencia, comunidad por comunidad, casa
por casa, explicándole a la gente su nuevo proyecto de gobierno, las
medidas que tendrían que implementarse para resolver muchos problemas
añejos, para que el municipio pudiera tener otro grado de desarrollo. El
esfuerzo fue descomunal. Pero la división del pueblo estaba marcada. Los
electores se dividieron en las tres opciones: el PRD, el PRI y el
Partido Alternativa, con Leopoldo Juárez Urbina como candidato. El PRD
quedó en tercer lugar y Leopoldo perdió con una diferencia de apenas 76
votos.
Leopoldo le comentó a su esposa que no se sentía frustrado: es posible
que él haya ganado la votación, pero no hubo tiempo de documentar las
presuntas irregularidades del PRI. De cualquier manera, le dijo a su
esposa, no deja de ser un triunfo en un sentido: el PRD quedó en tercer
lugar y el PRI, que tiene una presencia de décadas, me ganó con unos
cuantos votos. Había que darle la oportunidad al PRI de que gobernara y
demostrara su proyecto y su voluntad. Contrariamente a quienes lo acusan
de que se propuso no dejar gobernar al alcalde priísta desde el
principio, Leopoldo estuvo de acuerdo en darle el beneficio de la duda.
Pero Roberto Bautista Chapina empezó a cometer de inmediato toda clase
de excesos, de abusos de poder que la gente no podía tolerar.
Varios de sus compañeros más cercanos recuerdan que en los días previos
a su secuestro y asesinato Leopoldo anduvo muy serio, inusualmente
retraído, con una sombra de presagio oscureciendo su rostro. Algunos
afirman que el color de su piel se volvió pálido, como si la sangre lo
estuviera abandonando. Ante cualquier situación inédita, siempre estaba
creando en su mente un panorama general, planteándose la problemática,
localizando las causas y construyendo alternativas. Todo al mismo
tiempo. Ahora parecía que las señales que brotaban de sus horizontes
eran sombrías, pero que no deseaba alarmar más de la cuenta a sus
compañeros y familiares. Y es que había corrido fuerte el rumor en la
víspera de que algo se estaba preparando contra Leopoldo. En su casa se
recibieron llamadas con amenazas de muerte, y de voz en voz se decía en
el pueblo que algo malo estaba a punto de ocurrirle. Un amigo cercano se
lo dijo: Tememos por tu seguridad, Leopoldo. Tienes que tomar medidas
para protegerte, para no exponerte así nomás; quizá sea conveniente que
desaparezcas un tiempo del escenario. Pero Leopoldo no podía esconderse
así porque sí. Era algo que estaba fuera de su naturaleza. No pasa nada,
era lo que les decía a todos los que le expresaban su preocupación. Pero
si llegara a pasar, le dijo a una compañera, por nada del mundo
abandonen la lucha; este movimiento de dignificación del pueblo tiene
que seguir y tiene que triunfar.
A pesar del dolor profundo que su muerte ha causado entre sus
familiares, sus seres queridos y la gente del movimiento, incluso entre
sectores de otros ámbitos que han reaccionado con indignación, Leopoldo
debe sentirse orgulloso donde sea que se encuentre su espíritu rebelde.
Su gente no lo ha abandonado. El movimiento se ha fortalecido como
nunca. Quienes pensaron que con su desaparición física la protesta se
caería por sí sola hicieron un mal cálculo. La lucha del pueblo de
Cherán recibe muestras de solidaridad de muchos lados y de otras
organizaciones. Quienes se han hecho cargo del movimiento han mostrado
una inesperada capacidad de dirección. El movimiento se sostiene sobre
principios sólidos de dignidad y autonomía. Y es capaz de construir una
salida de autogestión popular a la crisis. Es también el legado
histórico de Leopoldo, hombre audaz que encontró la razón de ser al lado
del pueblo, haciéndose pueblo hasta la sangre y las cenizas.