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El fin de la
vejez idílica
Por: Francisco Martínez
Hace
algunos años, a la luz de mi amor ciego e incondicional al pueblo
p´urhé, publiqué un artículo intitulado “El arte p´urhépecha de
saber envejecer”. En sus líneas atribuí a los adultos mayores
indígenas un poder gerontocrático generalizado. También el
reconocimiento y aceptación por parte de las generaciones jóvenes de
su status y roll como autoridades de prestigio. Y de servicio.
Describí una serie de prerrogativas a la vejez adjuntas: veneración,
respeto, sabiduría, consejo y liderazgo. Recalqué que a diferencia
de lo que acontece en la sociedad t´uhrixi que circunda y
permea a las comunidades p´urhépecha, acá en la Meseta y en el acuyá
de las regiones de la ciénaga de Zacapu, de la Cañada y la del Lago,
el acheti p´urhépecha que durante su vida hubiere practicado
la economía de prestigio, un día podría llegar a formar parte del
Cabildo o Consejo de Ancianos, pasando sus tiempos postreros
usufructuando a favor de su comunidad un poder real en los campos
cultural, político y religioso.
No más. Y lo escribo con un
sordo dolor. Pensé en ese entonces que la costumbre p´urhé respecto
a la economía de prestigio constituiría una impronta imborrable; que
el respeto, cuidado y atención comunitarios a los ancianos sería muy
difícil de aculturizar. Y quizá, necio como soy, empecinado en
atribuir por amor lo que ya no hay, lo voy a seguir pensando. Y
sosteniendo. Al menos, porque nunca dejaré de luchar en pro de que
la cultura p´urhé conserve y fortalezca los valores de su
xiranhua y entable con las demás un diálogo horizontal que le
lleve a alejarse de valores falsos y a hacerse de las tecnologías y
valores exógenos necesarios. Sólo que éste
mi-amor-de-padre-hermano-y-compañero, aunque muchas veces ciego, no
me permite complicidad alguna. De modo que no puedo cerrar los ojos
y no mirar que esa costumbre p´urhé respecto a la valía de sus
adultos mayores ha sufrido bruscos cambios. Siempre, para su
desgracia y muy en especial para desgracia de su antiguo arte de
saber envejecer, a costa de un saldo negativo para el sector
envejecido: ¡adiós vejez idílica!
Quien piense ahora que el
anciano indígena no sólo es tomado en cuenta sino colmado de cariño
y de cuidados, que piense en la excepción. Quien como este iluso
escribidor sostenga que la gerontocracia sigue siendo el escenario
de decisión comunitaria donde el roll del viejo es protagónico y que
con eso la mayoría de los problemas de los adultos mayores estarán
comunitariamente resueltos, que lo sostenga en la ceguera utópica de
su corazón. Que lo sostenga como un anhelo. O como reto, más bien.
Porque trocando la primogenitura étnico-cultural por un triste guiso
de lentejas occidental, el pueblo p´urhépecha, en estos principios
del siglo XXI, ofrece a sus tata k´éricha descarnar el
deterioro de su salud física y mental sumándole el deterioro de su
inserción familiar y comunitaria. Arrejolándolos, pues. Mandándoles
a ser parte del club-de-adultos-mayores para que el Estado les
arroje una migajas. Como se halla muy ocupado en recibir el Programa
de Oportunidades, la atención y cuidado de sus viejos, moderno como
se quiere ver, los relega a programas institucionales. Olvida que
debido a mejores condiciones generalizadas de salud, quienes relegan
a sus viejos, no tardarán años en peinar canas también. Olvida que
si bien como p´urhépecha su población suma poco más de 200,000
miembros, su población mayor de 60 años, alcanza un porcentaje del
2.29%. O sea, más de 17,000 gentes.
¡Aguas! El anciano p´urhé, el
querido tata k´éricha, ha estado perdiendo su antiguo status
social. Ahora sabe no sólo que sus fuerzas le abandonan, sino que su
familia y comunidad lo abandonan también. A diferencia de unos años
ha, le hacen sentir que estorba, que ya no es útil para nadie. Que
el respeto con que él vio a sus mayores, no le toca ya. Siente que
sus hijos no le miran con ternura porque “ya está viejo”. Que le
miran como una boca qué alimentar. Que le tironean, si es que aún no
ha heredado en vida su propiedad (condición para que le cuiden hasta
el fin de sus días). Sabe que ahora, en vez de aconsejar y mandar,
él mismo se halla en manos de los jóvenes de edad, por lo que en vez
de acuñar su vejez como una arte, la toma como motivo de depresión
mental. Hasta que un día se vea empujado a suplicar a la uarhikua
que prefiere su visita al trato que su familia y comunidad le dan.
Comentarios:
palenquepurhe@yahoo.com.mx
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