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    S E C C I Ó N :   O P I N I O N E S   / 11 de julio, 2008

    San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México. 

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El fin de la vejez idílica

 

Por: Francisco Martínez

 

        Hace algunos años, a la luz de mi amor ciego e incondicional al pueblo p´urhé, publiqué un artículo intitulado “El arte p´urhépecha de saber envejecer”. En sus líneas atribuí a los adultos mayores indígenas un poder gerontocrático generalizado. También el reconocimiento y aceptación por parte de las generaciones jóvenes de su status y roll como autoridades de prestigio. Y de servicio. Describí una serie de prerrogativas a la vejez adjuntas: veneración, respeto, sabiduría, consejo y liderazgo. Recalqué que a diferencia de lo que acontece en la sociedad t´uhrixi que circunda y permea a las comunidades p´urhépecha, acá en la Meseta y en el acuyá de las regiones de la ciénaga de Zacapu, de la Cañada y la del Lago, el acheti p´urhépecha que durante su vida hubiere practicado la economía de prestigio, un día podría llegar a formar parte del Cabildo o Consejo de Ancianos, pasando sus tiempos postreros usufructuando a favor de su comunidad un poder real en los campos cultural, político y religioso.

 

         No más. Y lo escribo con un sordo dolor. Pensé en ese entonces que la costumbre p´urhé respecto a la economía de prestigio constituiría una impronta imborrable; que el respeto, cuidado y atención comunitarios a los ancianos sería muy difícil de aculturizar. Y quizá, necio como soy, empecinado en atribuir por amor lo que ya no hay, lo voy a seguir pensando. Y sosteniendo. Al menos, porque nunca dejaré de luchar en pro de que la cultura p´urhé conserve y fortalezca los valores de su xiranhua y entable con las demás un diálogo horizontal que le lleve a alejarse de valores falsos y a hacerse de las tecnologías y valores exógenos necesarios. Sólo que éste mi-amor-de-padre-hermano-y-compañero, aunque muchas veces ciego, no me permite complicidad alguna. De modo que no puedo cerrar los ojos y no mirar que esa costumbre p´urhé respecto a la valía de sus adultos mayores ha sufrido bruscos cambios. Siempre, para su desgracia y muy en especial para desgracia de su antiguo arte de saber envejecer, a costa de un saldo negativo para el sector envejecido: ¡adiós vejez idílica!

 

         Quien piense ahora que el anciano indígena no sólo es tomado en cuenta sino colmado de cariño y de cuidados, que piense en la excepción. Quien como este iluso escribidor sostenga que la gerontocracia sigue siendo el escenario de decisión comunitaria donde el roll del viejo es protagónico y que con eso la mayoría de los problemas de los adultos mayores estarán comunitariamente resueltos, que lo sostenga en la ceguera utópica de su corazón. Que lo sostenga como un anhelo. O como reto, más bien. Porque trocando la primogenitura étnico-cultural por un triste guiso de lentejas occidental, el pueblo p´urhépecha, en estos principios del siglo XXI, ofrece a sus tata k´éricha descarnar el deterioro de su salud física y mental sumándole el deterioro de su inserción familiar y comunitaria. Arrejolándolos, pues. Mandándoles a ser parte del club-de-adultos-mayores para que el Estado les arroje una migajas. Como se halla muy ocupado en recibir el Programa de Oportunidades, la atención y cuidado de sus viejos, moderno como se quiere ver, los relega a programas institucionales. Olvida que debido a mejores condiciones generalizadas de salud, quienes relegan a sus viejos, no tardarán años en peinar canas también. Olvida que si bien como p´urhépecha su población suma poco más de 200,000 miembros, su población mayor de 60 años, alcanza un porcentaje del 2.29%. O sea, más de 17,000 gentes.

 

         ¡Aguas! El anciano p´urhé, el querido tata k´éricha, ha estado perdiendo su antiguo status social. Ahora sabe no sólo que sus fuerzas le abandonan, sino que su familia y comunidad lo abandonan también. A diferencia de unos años ha, le hacen sentir que estorba, que ya no es útil para nadie. Que el respeto con que él vio a sus mayores, no le toca ya. Siente que sus hijos no le miran con ternura porque “ya está viejo”. Que le miran como una boca qué alimentar. Que le tironean, si es que aún no ha heredado en vida su propiedad (condición para que le cuiden hasta el fin de sus días). Sabe que ahora, en vez de aconsejar y mandar, él mismo se halla en manos de los jóvenes de edad, por lo que en vez de acuñar su vejez como una arte, la toma como motivo de depresión mental. Hasta que un día se vea empujado a suplicar a la uarhikua que prefiere su visita al trato que su familia y comunidad le dan.

 

         Comentarios: palenquepurhe@yahoo.com.mx


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