|
A los bosques p’urépechas los saquearon las empresas
madereras
Por:
Martín Equihua Equihua
*Empresas madereras y aguacateras,
los
depredadores
*Los talamontes de ahora, entre la culpa y el hambre.
La deforestación de los bosques purépechas no empezó hace
algunas semanas, cuando comuneros de Tingambato retuvieron a
sus pares de Capacuaro con madera robada. Después de cientos
de años de vivir en esos pedazos de sierra, de sortear entre
el monte las vicisitudes de su reproducción, los purés de la
meseta han sido actores ciertamente, pero sobre todo
testigos de cómo el arbolado ha ido sucumbiendo, sobre todo
desde que, a mediados del siglo XX, aparecieron las grandes
empresas madereras con las que se inició una explotación
forestal de manera intensiva, permanente y rapaz, al amparo
de la grotesca corrupción de las “autoridades forestales”.
No empezó cuando semanas después, comuneros de Santa Cruz
Tanaco habrían disparado contra policías de Paracho y de
comuneros de Cheranatzicurin que dicen defender su monte. No
fue su principio, la madrugada que los indígenas de Angahuan
hicieron trato con sus vecinos de Corupo para proveerlos de
madera, de donde viniera; ni cuando los de San Lorenzo
decidieron pasar sus hachas primero, los serruchos dobles
después, las motosierras por último, a los cerros de Zacan;
ni cuando lo mismo hicieron los de Huécato con los de
Cheran… pues para entonces el daño mayor ya estaba hecho.
La deforestación que parece irreversible –pero que no la es,
a decir de los especialistas- inició con las compañías de
apellidos notables, con los grandes aserraderos de Los
Doddoli, Los Méndez, Los Rosas, Los Barragán y otros,
quienes rebosantes de “legalidad” y a plena luz del día,
despelucaron desde el elevado Pico de Tancitaro, hasta los
cerros El Aguila, La Virgen, El Capén, El Tecolote, El Cerro
Chato; y otros de Angahuan, Quinceo, Comachuen, Tingambato;
hasta que alguien puso la voz de alerta.
Empezó cuando le llegaron a los indios purépecha con la
promesa de comprarles todo y de pagarles bien. Cuando tales
empresas de grandes aserraderos se establecieron en Uruapan,
y en menor medida en Cherán y Paracho; en fin, cuando
empezaron a “comprar monte”, que se convertiría después en
huertas de aguacate; y cuando tales madereros empezaron a
comprar lo que les vendían los medianos y pequeños talleres
de sierra cinta, que se especializaron en sortear el ojo de
los inspectores forestales, creando una tabla de cuotas para
“mordidas”, rica en detalles y en espíritu corruptor.
Los analistas y funcionarios serios lo dicen sin rubor, y se
sintetiza en lo que afirma el delegado regional de la
Comisión Forestal, Estanislao Esquivel Carreño: el problema
mayor a los bosques de esta región, en las partes altas ha
sido el hambre y la falta de empleo; en las partes medias y
bajas, el cambio de uso de suelo, fuera de toda norma. Sin
embargo, agregamos nosotros, hasta ahora no se ha aplicado
la ley que se pide sea estricta con los “talamontes”, es
decir, el viejo dicho popular: la ley es para el jodido.
SUCIOS, FEOS Y MALOS
“¡A cómo chingan con eso de talamontes!”, dice Arturo
Jiménez, quien ha tenido que aprender a vivir, y a trabajar,
como las hormigas, de madrugada; “ilegal en mi mismo
pueblo”, dice con cierta amargura, y todo por tener seis
hijos, sin contar el que viene en camino; y por no saber
leer, ni escribir, ni otro oficio más que el que le heredó
su padre, que “toda la vida le vendió a don Carlos Méndez,
de los más ricos de Uruapan”, y quien nunca habría tenido
problemas.
Si quieren, asegura, les cambió mi trabajo a los que sólo
piden que nos lleven a la cárcel; mis machucones, mis
peligros con lo truenos, y el miedo de la madrugada, por sus
autos o sus oficinas; o sus viáticos… ¿A poco creen que esto
es bonito y que lo hacemos nomás porque somos malos?
“Nooombreee, esto es una putiza, pero no hay más. Yo quería
ser maestro, pero mi papá dijo que estaba loco”.
Nosotros hemos sufrido mucho señor, dice por su cuenta una
vieja “talamontes” de Huecato, quien perdió un hijo en el
enfrentamiento que tuvieron con militares hace tres años.
Aunque ella no sube al cerro de madrugada, es quien prepara
las tortillas y los frijoles “que se llevan los muchachos”,
o el pollo, porque es mentira que sólo tortilla y chile se
coma por acá, “también comemos carne, cuando nos va bien”.
Del enfrentamiento de hace tres años no quiere hablar mucho,
porque las lágrimas le ganan, y más que las lágrimas, “la
muina”, porque “los mataron por buscar qué darle de comer a
sus hijos; ahora aquí los tengo, cuidando los borreguitos”.
Las hormigas hablan
Sobran voces para contar cuánto accidente se ha acumulado en
sus brazos, en sus piernas, en sus dedos; voces para
denunciar a la “policía de caminos” y a otros que siguen con
las mordidas ahora mismo; pero sobre todo para pedir que se
enjuicie parejo a quienes han violado la ley, “y no solo a
los indios”; pero todos quisieran mantener sobre sus vidas
el manto del anonimato, porque es la única forma de trabajar
y porque sus hijos tienen hambre.
Son los chóferes, verdaderos especialistas en caminos mal
trazados, de madrugada y cargados; los “troceros”, que se
han especializado en subir los árboles derribados al
transporte; los motosierristas, que en el cerro mismo pueden
convertir en tablas, vigas o tablones el árbol sacrificado.
Los cuatro o cinco que se organizan por carro. Pero hay
otros, cada vez menos, quienes siguen siendo simples
burreros, que suben a mano limpia, por así decirlo, los
trozos al burro; los que con sus “hachitas” le daban forma
cuadrada a los trozos derrumbados para trasladarlos por
kilómetros en su burro hasta los talleres de sierra cinta.
Las carretas de Capacuaro
Hace algunos años su tecnología se limitaba al hacha, el
burro, la carreta de madera -que era un espectáculo de
velocidad y riesgo, en la bajada de 15 kilómetros de
Capacuaro a Uruapan- y un buen intermediario que les
comprara todo. Es decir, cuando sus ingresos madereros les
resultaron más atractivos que los del maíz, u otras opciones
agrícolas o ganaderas que quedaron como complementarias de
la necesidad casera, se arrojaron al monte, para “servir al
patrón”. Antes, los carros eran sólo de “los grandes”, pero
ahora se han agrupado para comprarlos y defenderse.
Es pues un trabajo de hormiga el suyo, por la forma y la
hora en que ocurre, en la oscuridad de la madrugada. Es
socialmente, y lo saben bien, el eslabón más débil sobre el
que pesa con mayor crudeza la crítica social porque
“destruyen los pulmones del mundo”, y porque, además, son
los de Capacuaro que también bloquean las carreteras, o los
de Tanaco que suelen andar armados, o los de Comachuen que
de por sí son broncudos, o los de Huecato que no temen a los
militares, o los de Arantepacua que son unos borrachos… los
sucios pues, los feos, los malos, “los talamontes”.
Pero si de rigor se trata, y sin suponer defensa alguna,
valdría la pena tener siempre en cuenta que la causa mayor
de la depredación forestal no ha sido la tala clandestina de
la que son actores en el alto riesgo, sino el cambio forzado
de uso de suelo, que representaría el ¡90%! de la misma,
mientras que el 10% restante correspondería a incendios,
plagas y la denostada “tala clandestina”, según estimaciones
de las Naciones Unidas. Sin embargo, los dineros del
aguacate y la madera se las han arreglado para cruzar el
pantano sin mancharse, que para eso hay indios y burros
sorprendidos en pleno hurto, en pillaje, mientras aquellos
presumen sus permisos de explotación con los sellos y firmas
bien puestos en sus sitios.
Incendios provocados: regidor de Tancitaro
Nosotros sabemos que la mayoría de incendios forestales son
provocados, y así ha sido desde hace muchos años, sobre todo
cuando nos enteramos que hay buenas noticias sobre el
aguacate, pues quemado el bosque se hace más fácil eliminar
lo que sobra, y hacer el cambio de uso de suelo, dice
Alberto Zamora, regidor de Ecología de Tancitaro.
Sin embargo, el clandestinaje hormiga sigue siendo un
problema en la región, porque además se siguen trabajando
las cajas de empaque, y porque se sigue usando la leña y
otros productos para las necesidades domésticas, “pero nada
que ver con los que desmontaron todo el pico”, los que
compraron cerro y madera, o sea, los mismos del aguacate,
asegura el joven regidor, quien no duda ante la pregunta de
quienes: “los Dóddoli”.
Están desapareciendo los ojos de agua: regidor de Cherán,
Juan Fabián Juárez
En Cherán están desapareciendo los ojos de agua porque el
clandestinaje ha sido intenso, y porque no hay conciencia, y
no sabemos si las nuevas generaciones vayan a ser capaces de
detener esa destrucción de la vida, asegura Juan Fabián
Juárez, regidor de ecología.
Y Juan introduce un nuevo elemento importante, la Comisión
Federal de Electricidad, que tendría que ver mucho en el
fomento del clandestinaje, porque son ellos quienes han
hecho “las bajadas trifásicas” con las que se operan los
aserraderos, que son muchos y todos clandestinos; si les
facilitaran la energía eléctrica sólo para uso doméstico,
asegura el miembro del cuerpo edilicio cheranense, no
podrían trabajar las sierras-cintas, por eso “pido a las
autoridades correspondientes que pongan una atención a estas
bajadas trifásicas, que vean por qué las autoriza la
comisión”.
Pero en realidad el problema es más de fondo, asegura Fabian
Juárez, pues se trata de la falta de empleo, y de que los
gobiernos no crean que es sólo enviar policías; por eso los
comuneros de Arantepacua y de Quinceo “nos siguen robando”
lo poco que nos queda de bosque. Nosotros no acusamos a
Santa Cruz Tanaco, porque a ellos mismos les han saqueado
los de Urapicho y hasta los de Capacuaro que ya están
llegando hasta acá. Mientras no haya trabajo, seguirá el
clandestinaje, y los aserraderos y su energía trifásica
seguirán; aunque los aserradores “ya están buscando una
opción legal”.
Los Compañía
Hermanos Doddoli, depredó “legalmente” gran parte del cerro
más alto de Michoacán, el Tancitaro
(Segunda parte)
Durante cientos de años los indígenas purépechas se han
servido del bosque para sus necesidades diversas, tanto
domésticas, como espirituales y otras. La forma tradicional
de relacionarse con los cerros se modificó cuando se
introdujo la necesidad del mercado, cuando aparecieron los
intereses extra regionales, entre los que destacan
significativamente los grandes industriales de la madera,
quienes se han quedado con el mayor volumen y ganancia, a
cuenta de un sistema de vigilancia que alcanzó niveles de
corrupción ridículos.
Junto a ellos se desarrolló toda una red de pequeños
aserraderos, carpinterías, y ciertamente que una camada de
“taladores hormiga”, que no cesa; que en conjunto giraron en
torno de las necesidades de acumulación de las grandes
empresas, cuando menos hasta principios de los años 90,
cuando el mercado habría entrado en crisis, y la materia
prima se hubo escaseado.
Pero no fue gratuita su presencia, es cierto, el contexto lo
exigía, les fue favorable, porque entonces las
preocupaciones ambientales no eran sino exquisiteces de
académicos y de otros estudiosos, o de artistas, como
algunos pintores uruapenses que advertían los riesgos para
el futuro. Así, la depredación estuvo respaldada por la
creciente demanda de productos madereros y de buenos precios
de mercado, cuando menos hasta principios de la década
pasada; además de una administración forestal que pronto se
convirtió en beneficiaria ilegal, directa, desvergonzada,
por decir lo menos, que facilitó la depredación a gran
escala. La apertura de caminos a cargo del Estado, fue otro
elemento clave; y por su puesto, la ausencia de opciones
productivas para los dueños del cerro, los “dueños de a
mentiras”, como dice alguien.
Madereros y políticos
Los grandes industriales madereros, a quienes poco ha
interesado el servicio ambiental del bosque, se han
aprovechado “inteligentemente del clandestinaje de la gente
pobre”, nos dice el investigador José Álvarez Silva; pero no
sólo eso, sino que han sido piezas claves del escenario
político regional y estatal; han sido presidentes
municipales, diputados locales y federales, e incluso,
“algunos gobernadores no han escapado a la coparticipación
como accionistas en las explotaciones mas poderosas y mejor
tecnificadas como la Promotora Forestal de Michoacán”,
sostiene Álvarez Silva en su tesis de maestría presentada en
el Colegio de Michoacán hace un par de décadas.
Este sector privilegiado, “en forma muy discreta, sin hacer
tanto ruido”, aportó sus cuotas para que se les permitiera
trabajar “legalmente”, pero lo hizo (¿hace?) “al más alto
nivel”, por lo que nunca se supo, ni se ha sabido, que les
clausuren sus talleres, o que les hayan aplicado otras
sanciones por infracción a la normatividad forestal,
“siempre aparecen limpios… porque es mucho el poder que los
rodea”, dice el citado investigador. Así, con esa rebosante
legalidad, los bosques de la meseta han sido mayormente
explotados por la industria privada, como muestra un
recuento de los aprovechamientos autorizados, donde destacan
con más del 70 por ciento los de carácter privado, sobre
todo si concedemos que la explotación ilegal es similar en
volumen a la autorizada.
Entonces, gran parte del volumen de madera y derivados que
han salido de la región, han sido a cuenta de este sector
que ha usado como simples peones a los “dueños de los
bosques”; sus capitales introdujeron técnicas de extracción
más rápida, y compraron enormes extensiones de terrenos
boscosos que hoy son prosperas huertas de aguacate; mientras
la justicia anda persiguiendo y escandalizando contra los
“talamontes”.
La Compañía Hermanos Doddoli
El caso más claro y grotesco en su presunción de legalidad,
es el de la Compañía Hermanos Doddoli que devastó grandes
áreas del cerro de Tancitaro: “Nos íbamos con mi cuadrilla
hasta por 22 días, y allá nos quedábamos a puro tumbar y
tumbar árboles”, dice un veterano motosierrista, “el
jubilado”, quien trabajó con ellos por cerca de 20 años,
pero él, en realidad, no se queja de nada: “siempre nos
pagaban puntuales”. Noche y día se las arreglaban las
brigadas para no dejar de hacer zumbar sus sierras, a razón
de un camión de trozo por hombre.
Por mínimo, se iban por dos semanas, en las que les
asignaban su zona, y a darle, “zummmmmm”, recuerda “el
jubilado”; “tumbábamos, desramábamos y cortábamos en trozos
para el tamaño de los carros”. Periódicamente les llevaban
alimentos, y por allá, en sus campamentos improvisados,
hacían vida; “algunos sí pasaban mucho frío, pero eso era
por pendejos, no por culpa de los Doddoli, porque las
cobijas las llevaba uno de su casa”. Lo más peligroso de su
trabajo, cuando los troncos caían a las barrancas, tremendo
pleito para sacarlos.
Alguien más, que trabajó en el aserradero que debe ocupar
alrededor de 20 hectáreas en Uruapan, nos recuerda que eran
“montañas impresionantes de madera, pero ahora eso ya se
acabó”, dice, y que las máquinas se mantenían encendidas a
todas horas, especialmente la Estufa de Secado, la primera
que se usó en la región.
Habría que decir que hay quienes afirman que “los Doddoli
trabajaron siempre en forma legal, y tan es así que hasta
quebraron”.
El mercado es el mercado, ni modo
Pero como dijimos, la industria obedeció a las necesidades
del mercado; a la creciente demanda de papel, celulosa,
cajas de empaque, y especialmente de productos madereros
para la industria mueblera y de la construcción, en momentos
en que las ciudades medias se desbordaban, a propósito del
proceso de emigración del campo a la ciudad, que se
profundizó desde la década de los sesentas. Se trató de un
hambre bárbara de productos forestales, con las fauces
abiertas en ciudades como México, Guadalajara, Morelia y
Uruapan, entre otras, que se consolidaron como mercado de
los productos regionales.
Hasta principios de los 90 es que la industria habría tenido
problemas, por la competencia comercial ante una frontera
abierta, por un lado, y por la escasez de materia prima por
otro, lo que llevó al cierre de grandes aserraderos y de
talleres sierra cinta, astilladoras, carpinterías; hoy, por
ejemplo, el aserradero de los Dóddoli, como en general, se
mantiene en operación muy por debajo de su capacidad
instalada. Todos, pequeños y grandes, enfrentaron crecientes
problemas de comercialización, de financiamiento, de
abastecimiento de materia prima, sociales, técnicos; e
inevitablemente, de crítica, de acusaciones de una
conciencia ecológica que ha contracorriente ha ido ganando
terreno; y en consecuencia, la aplicación de la ley empezó a
ser menos permisible.
Pero los chicos no se pueden ir tan fácil
Junto a los grandes empresarios se amplio una red de
pequeños y medianos aserradores, que poco a poco fueron
adquiriendo un poder económico determinante en las regiones,
sobre todo por tratarse de gente de las propias comunidades,
con marcada influencia en las estructuras de poder; quienes
además, en ciertas micro regiones, se han organizado como
verdaderas bandas para mantenerse. Y en torno de ellos,
siguen operando los sucios, feos y malos, los “talamontes”,
el eslabón más débil.
Si los grandes movieron sus capitales de la madera al
aguacate, los medianos y pequeños no cuentan con esa
libertad de movimiento, salvo los que emigran; por eso, como
ya se ha dicho, esto no es asunto de policías.
Es decir…
Sin embargo, como lo sugieren algunos estudiosos, una
reforestación restauradora es posible, pero involucrando
como actores centrales a los “dueños de a mentiras”,
generando empleo, como se ha dicho un millón de veces, y
bajo una bolsa de recursos múltiple.
A decir de los que saben, la deforestación de la meseta
alcanzaría cerca de 125 mil hectáreas, de las 680 mil que
tiene de superficie forestal, en los municipios de Charapan,
Paracho, Cherán, Nahuatzen, Uruapan, Nuevo San Juan
Parangaricutiro, Tingambato y Tancitaro -sin considerar
Taretan y Ziracuaretiro, según la última regionalización-; y
aunado a ella habría una marcada erosión de suelos,
agotamiento de manantiales, disminución de los
escurrimientos y una creciente contaminación por las
toneladas de productos químicos que demanda la industria
aguacatera, entre otras.
El ritmo de su deforestación sería del orden de 200 has por
año, y cerca de 20 comunidades habrían perdido ya la
totalidad de sus recursos forestales, pero no sus oficios de
artesanos, ni siquiera su ocupación de vender madera, y no
son magos, por supuesto que no.
Las plantaciones comerciales, una alternativa real: INIFAP
“La situación sí es muy seria en la meseta, porque el
comunero no tiene de donde vivir, no tiene otras
alternativas de donde obtener dinero” , nos dice Ignacio
Vidales, Jefe del Campo Experimental de INIFAP, quien no
tiene duda en afirmar que “sí hubo una enorme corrupción,
eso se veía, era muy fuerte”; mucha corrupción y
deficiencias metodológicas para tomar decisiones sobre los
aprovechamientos, “se autorizaban sin razón técnica”,
sostiene, pero ahora ya hay productos de investigación y
métodos al servicio de quienes deciden.
Pero en realidad, dice el investigador, la demanda de la
madera está una vez más en auge, no en crisis; y no sólo de
la madera de zonas templadas sino de las tropicales. Asegura
que hay una demanda “desorbitante”, pero que la materia
prima sigue a la baja; por ejemplo, la capacidad instalada
de la comunidad de San Juan, su velocidad de extracción
sobrepasa la velocidad de renovación del recurso, “ese es el
gran problema”, por lo que deberá de retomarse una
estrategia de plantaciones con una verdadera perspectiva
social y comercial, “es posible, claro, hay tecnología y hay
recursos”.
El estado de la industria
En la región habría más de mil 500 industrias que trabajan
productos forestales o derivados, entre grandes, medianas,
pequeñas y micros, pero sólo estarían registradas alrededor
de 900, de las cuales una tercera parte estaría en Uruapan,
y el resto fundamentalmente en Paracho, Cherán y Nahuatzen.
La principal modalidad son los talleres sierra-cinta, que
representarían tres cuartas partes, quienes junto a los
grandes aserraderos consumen cerca del 80 por ciento del
volumen aprovechado legal e ilegalmente; del resto, las
carpinterías consumirían un 10 por ciento.
Hasta hoy, el producto de los talleres de sierras-cinta
sigue siendo las cajas para empaque, principalmente de
aguacate, melón, limón, y jitomate de Sinaloa, estimándose
una producción anual de 12 millones de piezas. Otro destino
de la madera legal o ilegal, lo constituye la artesanía
local, especialmente de Paracho, Cherán, Nahuatzen y
Uruapan; y persisten los usos como combustible y otros
domésticos.
Pero como hemos sugerido en estas dos partes, una pieza
clave fue la corrupción de las “autoridades forestales”,
como lo veremos en la tercera entrega de mañana. La clave
entre inspectores y aserradores medios, para saber que un
alto funcionario forestal haría una revisión, era que “va a
venir el santo patrón”, lo que quería decir, “preparen la
fiesta”. Ya veremos.
Los
forestales
corrupción pura
(Tercera parte y ultima parte)
El bosque fue una fuente de enriquecimiento ilícito para los
administradores forestales que traicionaron su deber
institucional, y con ello atentaron contra las generaciones
del futuro; también lo fue para los grandes industriales de
la madera, como ya ha sido expuesto. Muchos de ellos
confluyen hoy en el próspero negocio del “oro verde”. En
términos del investigador José Álvarez, en su ya citada
tesis de maestría para el COLMICH, presentada hace un par de
décadas, “el bosque explotado clandestinamente se ha
convertido en una gallina de los huevos de oro, tanto para
los industriales de la madera como para los forestales
corruptos”, quienes solaparon la ilegalidad, y no sólo eso,
sino que la alentaron.
Charapan, el botón de muestra
Cuando María era una niña – ahora ronda los cuarenta años-
su padre instaló uno de los primeros aserraderos en
Charapan; después se unió con otros y formaron la Unión de
Madereros, en principio para buscar mercado y para procesar
la tramitología juntos; después para defenderse de la
extorsión, pero no hubo más remedio y le tuvieron que entrar
al sistema de mordidas.
Para ella, como para sus hermanos, como para toda su
generación, “los forestales” eran un terror, sobre todo
porque sin comprender mucho sentían los miedos del papá, “y
ya que tu papá tenga miedo, es como quedarte sin protección
siendo un niño”, nos cuenta, y por eso ellos, los niños, a
diferencia de los adultos, no fingían cuando en sus casas
tenían que preparar las “comilonas” para los presuntos
inspectores; “hasta llegamos a pensar en envenenarlos, o
hacerles algo”, porque sabían que aquel ambiente artificial
de fiesta no correspondía a la realidad. En los hechos, si
había mordida “trabajabas normal”, si no, a vigilar los
caminos para esconderse una vez que veían el polvo de los
Jeeps.
Y las cuotas no eran esa fórmula urbana de dar discretamente
unos cuantos pesos “para el refresco”, sino verdaderas
tarifas sujetas periódicamente a negociación. Así, los
chóferes de los camiones transportadores de trozo “ilegal”,
para entrar a la comunidad esperaban a que se hiciera de
noche para entonces acercarse a los campamentos de la
“autoridad forestal” y dejar su “cuota” de cinco mil pesos
por camión, para que les permitieran trabajar los troncos en
los aserraderos.
El estudio citado del investigador Álvarez Silva, en
referencia a la misma comunidad, asegura que en 1985 había
33 aserraderos, de los cuales 20 trabajaban de manera
intensiva, lo que quiere decir que procesaban arriba de un
camión diario de trozo, que a razón de cinco mil pesos de
cotización, implicaba mordidas diarias al campamento del
orden de 100 mil pesos. Eso explica porque incluso los
agentes forestales se peleaban por las guardias nocturnas, y
por qué las plazas se ofertaban, se vendían, se compraban,
se regateaban.
Pero, además, la madera transformada en caja de empaque,
pagaba, al mismo campamento, 10 pesos por caja, o cuatro mil
pesos por camión, “como se prefiera”, en un esquema de
aportaciones donde la tarifa más alta correspondía a los
camiones que “dobleteaban” cargas con la misma
documentación, cuya tasa era de 20 mil pesos por viaje. Así,
y sólo para el caso de la comunidad serrana, los forestales
tendrían un ingreso semanal superior a un millón y medio de
pesos, de hace 20 años, si consideramos que a la semana
salían en promedio 20 camiones cargados con algo más de 80
mil cajas.
El modelo era el mismo con el que se operaba en los demás
campamentos instalados a las afueras de los pueblos
madereros, sin contar las casetas de vigilancia de acceso a
las zonas urbanas, donde se tenían que pagar de 10 a 20 mil
pesos por camión, como en Uruapan, Los Reyes, Zamora,
Pátzcuaro etc.
“Mi papá y todos los de la Unión ya sabían -señala María -,
por eso siempre llevaba su reserva para las mordidas, porque
era algo muy puntual”. Pero no todo se limitaba a dejar
pasar las unidades, sino que cuando eventualmente había “una
revisión de México”, los propios vigilantes se encargaban de
dar aviso a los aserraderos para que suspendieran
actividades y escondieran máquinas y madera, “ellos mismos
ayudaban en sus camionetas a los traslados de madera, o a
arrastrar en sus propios Jeeps para las orillas del pueblo”.
Y cuando el inspector de México o de Morelia “jalaba con
ellos”, los jefes de campamento pedían a los madereros que
les armaran unas comilonas impresionantes, que hasta por eso
decían, “va a venir el Santo Patrón”. Otros movimientos
importantes eran los relevos de los delegados regionales,
“después del cambio todo se ponía más difícil, pues no
sabían si el nuevo iba a jalar, y si los inspectores se iban
a quedar”, por eso hacían más retenciones, “tratando de
aparentar”.
A pesar de que no todos los aserraderos operaron
ilegalmente, lo que es un hecho es que sí todos trabajaban
con madera ilegal, y que gran parte de ellos sólo eran
maquiladores de los grandes industriales quienes tenían sus
propias formas de agasajar a las “autoridades forestales”.
Incluso, habría que decir que quienes quisieron trabajar de
manera legal, fueron sometidos a los procedimientos
corruptos por el aparato burocrático que ya se había
constituido; no estaba en sus planes perder ingresos
fáciles. Habría que decir también, que muchos de los
administradores forestales de antes, son ahora prósperos
aguacateros o políticos que se hartan con discursos de
honestidad, de los que en el pasado combinaron sus
actividades con la compra de monte y aserraderos, para el
trafico directo de los productos forestales.
Pero no siempre fue así, como que muy funcional todo, pues
cuando no querían pagar las mordidas, les detenían
ciertamente los camiones en las casetas, y se metían en
grandes líos de acusaciones mutuas, pero los madereros
cedían casi siempre porque al fin de cuentas les resultaba
más barata la mordida; y si de plano no tenían la cuota que
fijaban los forestales, tenían que salir de madrugada por
otros caminos, “pero sólo con carros chicos. La gente hacía
chistes diciendo que los pinches forestales no fiaban”,
señala María.
Elementales ideas del orden
Hace unas semanas, el Jefe del Orden del poblado 18 de
marzo, anexo de la comunidad indígena de Zicuicho, al ser
exigido de que parara la tala clandestina, que para eso era
justamente el jefe del orden, preguntó, “¿Y de qué van a
vivir?”, y dejó caer una lección que merece que la tengamos
en cuenta todos: “ese no es el orden que yo quiero cuidar,
con los árboles de píe y la gente muriéndose de hambre, ese
no es orden, ese es desorden… si los detengo, me van a
matar”, entonces los asistentes institucionales pidieron
pasar a otro punto del orden del día.
La defensa de su patrimonio, de su camioneta, de su hacha,
de su árbol, así sea ilegal, como le dicen, ha sido de
subrayar en Sevina, San Lorenzo, Capacuaro, Huecato,
Cheranatzicurín y otros sitios. No es una historia
exclusiva, es cierto, pero debe tenerse en cuenta cuando de
satanizar a “los talamontes” se trate, porque hoy mismo,
habría que reconocer que aquellas comunidades acusadas de
depredadoras son justamente las que no han contado con
fondos capaces de generar alternativas económicas reales,
más allá del discurso y de los parches intrascendentes
llamados proyectos productivos; se trata de una región donde
|