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La noche se mantenía despierta:
sufría de insomnio, igual que José, quien se revolcaba de un lado a otro del
petate que desde hacía un año compartía con Elena, joven mujer que a sus 16
años ya había dado fruto. José se levantó y sin hacer ruido salió de la
troje para divisar la calma del campo, aquél bañado de fr No se despidió de su mujer ni de su hijo, ordenó a sus pies la huida. En la plaza del pueblo de Ocumicho ya lo esperaba su compadre Nacho y otros cuatro comuneros jóvenes como él, quienes apresuraron el paso para alcanzar el camión que partiría a las 5 de la mañana hacia Uruapan y de ahí tomarían un autobús rumbo a Tijuana. El camino fue largo, dos días y dos noches tuvieron que permanecer sentados en el autobús y las nalgas ya se les habían hinchado, la comida se les había agotado y el estomago gruñía de hambre, sin embargo ninguno se quejó, eran más fuertes las ganas de percibir de cerca el olor a dólar que cualquier otra cosa. Por fin llegaron a Tijuana, allá ya los esperaba Cornelio, hombre alto, de tez blanca que usaba sombrero y ropa tipo Sinaloa, se presentó: “yo soy el coyote, el que los va a pasar p´al otro lado. Ya saben que son 20 mil pesos, no menos, y los quiero por adelantado”. Los humildes indígenas no pronunciaron palabra, le dieron inmediatamente el dinero y confiaron su suerte a ese hombre, quien les daba algunas instrucciones para cruzar la frontera: “van a hacer lo que les diga, la migra está bien brava estos días, traen mucha vigilancia, así que vamos a sufrirle un poco”. Debido a la estricta vigilancia policiaca de la que hablaba Cornelio, no había más remedio que cruzar la frontera a Estados Unidos por la parte del desierto de Arizona, a José y sus paisanos se les unieron otras diez personas, seis hombres, dos mujeres y dos niños de unos 8 y 7 años de edad. Ahí empezó la aventura hacia el país de la modernidad y los dólares. El pollero los subió a una camioneta que aparentemente transportaba cajas de aguacate, y emprendió el viaje. Luego de unas dos horas de camino, la camioneta se paró, se bajó aquél hombre tosco y les ordenó “yo hasta aquí llego, sigan este camino ustedes solos, es más peligroso entrar en carro y la migra puede pescarnos, caminen a paso rápido, no descansen, y como a unas dos horas de aquí los encontrará su paisano Felipe, el ya tiene mucho en este negocio y sabrá como pasarlos”. A partir de ese momento los indocumentados olieron la presencia de la muerte, sabían que por ahí andaba rondando y que les sonreía y besaba el rostro cada que un remolino alzaba su cuerpo con gran fuerza y levantaba la arena seca y desabrida. José sintió estremecerse, no sabía si de temor o del frío terrible que hacía a la una de la mañana. No había más remedio, hay que apurar el paso, dijo en voz alta y todos lo siguieron. Los primeros en desfallecer fueron cuatro hombres de unos 60 años de edad, quienes sintieron los pies entumidos, duros y luego de tres horas, al ver que no llegaba nadie por ellos, se negaron rotundamente a caminar, se les congelaban los dedos y ahí quedaron en medio del desierto, con la esperanza de recibir ayuda de la policía migrante. Los demás continuaron la aventura, sin embargo no contaban con que ya habían pasado seis horas y el camino no tenía fin. El sol asomó sus rayos cálidos que a cada minuto se tornaban más y más calientes, pero no se parecía al calor de su pueblo, este sol parecía enfurecido, rabioso. Descansaron por unos minutos, pero el sol calaba más fuerte cuando se quedaban inmóviles; el agua que llevaban se agotó, los niños y mujeres parecían envenenados y la boca se les veía seca y al tratar de respirar emitían un ruido forzado que a veces parecía enmudecer. Entre el ruido silencioso y agresivo del viento José perdió la noción del tiempo, sólo recuerda que tenía mucha sed y de vez en cuando veía la cara de su mujer que le gritaba: “que bueno que ya regresaste José. Mira nomás cuando dólar trais, ora sí vamos a comprar zapatos nuevos pa' mi y pa tu hijo, míralo que grande está...”, al pretender abrir los ojos para ver a su hijo que aparecía en su sueño o realidad, Juan supo que era su fin. Mientras tanto, en aquél pueblo de Ocumicho, otros seis comuneros reciben la bendición de su tierra y emprenden el paso hacia el Norte, con la esperanza de correr con mejor suerte. |