Editorial
Son
tantos los sucesos de carácter mundial que atiborran los programas
noticiosos de la imagen televisiva y las páginas de la prensa escrita,
que el ser prácticos pensando a lo que nos resulta inmediato se antoja
egoísta. Y bien pudiera ser. No cabe duda que matanzas encarnizadas como
las que el imperialismo ejecuta en el Oriente Asiático y en el Medio
Oriente, por nombrar el aplastamiento injusto de Irak por parte de los
americanos y el del Líbano por parte de Israel, su apéndice en esa área,
deben importar a cualquier habitante de la madre tierra porque al final,
como parte suya, todos somos los hombres somos hermanos. Sólo que ante
embates tan grandes y lejos como ésos, cuando se es un ciudadano común y
parte marginada de un país emergente, sobreviene la impotencia. Quede en
todo caso, como puntos de partida y de llegada, nuestro más hondo
rechazo.
Sin embargo, cuando sólo se apunta la mira a lo largo y
a lo lejos, habiendo tanta necesidad aquí a lo cercas, puede que
haga falta recurrir, para salvar lo propio, al punto de miopía en
orden a la sobrevivencia. Porque se trata del suelo que se pisa, de
la planta que cobija, de la carne que alimenta. Se trata de todo
aquello que atañe a nuestra familia y a la patria chica. Se trata en
fin de todo lo que nos sustenta. Que no es otra cosa que ese manojo
de raíces que conforman la Xiranhua que nos identifica como
pueblo, como nación y como raza única. Y eso significa hablar de una
cosmogonía e historia propias. También de un futuro por construir
sin que necesariamente medie la mano ajena. De esta manera (y por
importantes que parezcan las elecciones de carácter t´urixi
que traen como avispas en revuelta a esos grupos políticos que muy
poco se diferencian de los grupos económicos en su lucha
irrefrenable por hacerse de los hilos del poder para hacer de México
pretexto de sus intereses) es hora de dejar de lado los asuntos
ajenos para ocuparse de los asuntos de casa.
En ese sentido Xiranhua apunta a los pueblos
indígenas. Venga como obligada referencia y como botón único de
muestra esa revolución autóctona que ha necesitado emprender el
compañero Evo Morales para que éstos dejen de ser vistos como
objetos de acción de gobiernos y de explotación insaciable de los
poderosos, para darse cuenta que es a los pueblos originarios de
estas americanas tierras a quienes toca retomar las riendas de su
destino en tanto cierran puertas y postigos a manos ajenas. Eso como
un primer paso, que el segundo es obligado: despojarse de los
innumerables trajes que durante 500 años les han ofrecido y que en
más ocasiones de las que se quisiera ellos mismos se ha probado y
vestido. Véase si no la enorme privatización autóctona de la
propiedad comunal que como plaga asola y como droga enajena a casi
cada miembro de comunidades indígenas (al menos en la Meseta el
aparcelamiento y la figura de propiedad privada es visto como una
panacea) y, para no seguir abundando, la ubicua pirámide en que se
yergue y apoltrona cada vez más el ejercicio de sus autoridades.
Como las naciones indígenas de América, las comunidades
indígenas de México y de aquí las de la Región P´urhépecha, tienen
frente a sí un reto ineludible: reconquistarse a sí mismas.
San Lorenzo Narheni, Meseta
P'urhépecha.
México.
septiembre 1, 2006.
e-mail:
xiranhua@xiranhua.com