Editorial
CARTA A EVO MORALES
La
asunción al poder del compañero aymara Evo Morales,
presidente electo de Bolivia, si bien marca un hito en la democracia
actual, no lo convierte en el primer presidente indígena de
Latinoamérica como afirmaron algunos medios (Reforma, La Jornada, El
Financiero, etc.). Ese privilegio lo tuvo en México otro hombre:
Benito Juárez, indígena mixteco, nacido el 21 de marzo de 1806 en
Guelatao, Oaxaca en una pequeña comunidad de apenas 20 familias y
fallecido en la Ciudad de México el 18 de julio de 1872.
Huérfano desde los 3 años, quien llegara a ser el
Benemérito de las Americas vivió con sus abuelos paternos, Pedro
Juárez y Justa López, hasta que éstos murieron, pasando en enseguida
al cuidado de un tío suyo que tenía un rebaño de borregos, del cual
fue pastor. Fue en ese tiempo que aprendió castellano. Un día, el 17
de diciembre de 1918, al perdérsele un animal, se fugó del pueblo y
se refugió en la casa de Antonio Meza entrando al servicio del
fraile Antonio de Salanueva, quien le patrocinó los estudios en el
Seminario donde terminó gramática latina en 1825, filosofía
escolástica en 1827 y teología moral en 1829. A punto de ordenarse
sacerdote, pasó a estudiar derecho en el Instituto de Ciencias y
Artes del estado, recibiendo su título de abogado e1 13 de enero de
1834.
Su desempeño como hombre liberal, grave
y capaz lo embarcó a una espiral ascendente de compromiso social:
regidor del ayuntamiento (1831), diputado a la legislatura local
(1833), magistrado del Tribunal Superior de Justicia (1834), juez
civil y de hacienda (1841), congresista federal (1846), gobernador
interino (1847-49) y constitucional de Oaxaca y, luego de su
expulsión a La Habana y de su trabajo en Nueva Orleáns, consejero
político del general Jesús Álvarez (1855) (cuando expidió la Ley
sobre administración de justicia y orgánica de los tribunales de la
nación, del distrito y territorios o
Ley Juárez), nuevamente gobernador de Oaxaca (1856-57),
Presidente de la Suprema Corte de Justicia en el gobierno de
Comonfort y, una vez depuesto éste, Presidente de la República
(expidiendo las Leyes de Reforma en 1859 y en 1860 la Ley
de Libertad de Cultos) siendo reelecto en
1867 y en 1871. Por sobra conocidos, prócer de carne y hueso, sus
méritos opacan algunas de sus sombras. Es de este gran indígena de
quien Evo Morales puede aprender y mucho, cómo gobernar y responder
a los embates globalizantes del capitalismo neoliberal actual.
Xiranhua, sin lugar a dudas, se
congratula ante la perspectiva de que un compañero aymara
pueda, como antes lo hiciera Juárez, desempeñar el poder que el
pueblo boliviano le ha confiado. Espera, además, que como buen
indígena, lo ejerza no de manera vertical sino comunitariamente
horizontal. Con eso enriquecerá esa forma de gobierno occidental
llamada democracia. Si Evo Morales consigue el desarrollo
alquitarado de su país, comenzando por los más pobres, dejará el
camino abierto para que en toda América haya otros indígenas que
puedan tomar las riendas. Al menos aquí en México, particularmente
en Michoacán, hace cinco siglos que esto está haciendo falta. Esta
vez un aymara se le hubo adelantado a los p´urhépecha.
¿No será hora de que surja un p´urhé que, anclado en la
xiranhua y en el ejemplo de Juárez, haciendo justicia a los
desposeídos, gobierne nuestro Estado?
San Lorenzo Narheni, Meseta
P'urhépecha.
México.
Diciembre 30, 2005.
e-mail:
xiranhua@xiranhua.com
|