Editorial
La
muerte de la compañera Ramona o, como desde el 20 de febrero de
1994, comenzó a ser presentada, comandanta Ramona, quien
participara en la toma de Jovel del primero de enero de ese mismo
año; constituye una pérdida enorme y muy sentida para la lucha
indígena y para su emancipación en el país. Vocera desde ese
entonces de las necesidades de las mujeres indígenas, llevó a la
palestra nacional su protesta ante las injusticias históricas que
han padecido y sufren todavía. A pesar de que en la región tzotzil
la participación pública de la mujer era aún más restringida que en
otras, no paró un momento en organizar a las comunidades
nombrándoles de manera inusual comités femeniles de lucha. No cabe
duda que atrás del levantamiento armado masculino, gracias a su
labor, fueron muchas las mujeres que hicieron posible y empujaron la
participación de sus hombres en esa gesta. Años más tarde, en
octubre de 1996, la comandanta Ramona, aquejada de una grave
deficiencia renal que la llevaría a la tumba, participó en la
fundación del Congreso Nacional Indígena (CNI). Su legado
puede, quizá, resumirse en estas palabras suyas: “nosotras ya de por
sí estábamos muertas, no contábamos para nada”.
Esas palabras suyas con su profundo
significado constituyen su herencia. También todo un reto. Así lo
advierte Xiranhua. Porque la lucha por la autonomía indígena
no puede ser una lucha cabal si no lleva aneja la lucha de la mujer
por su propia autonomía. Y no sólo de la mujer indígena. Se trata
por razones de justicia y género, de la mujer universal. Y si bien
en otros lares ha habido mujeres que no sólo libraron esa lucha,
sino que consiguieron arrebatarse un lugar en las esferas del poder;
esa lucha, por razones obvias, han de continuarla de manera puntual
las mujeres indígenas de cada etnia del país. Particularmente, en
nuestra zona, las mujeres de las comunidades P´urhépecha. Pues para
nadie está oculto que la mujer p´urhépecha, también lleva a
cuestas una trayectoria histórica en la que siempre ha permanecido
sujeta no sólo por las estructuras injustas del t´urixi, sino
-lo que es más trágico- por los usos y costumbres de su propia
etnia. Que acá en estas tierras el achati (el varón) es el
que cuenta. El que posee. El que manda. El que arrebata la herencia.
En ese sentido, esa mujer de
pasamontañas -minúscula, pequeña entre las pequeñas, de huipil
blanco con bordados rojos a la usanza tzotzil- se ha adelantado a la
uarhí p´urhé. De no responder al reto de la comandanta
Ramona, la mujer de la cañada, de la Ciénaga, de la Región del Lago
y de la Meseta, no hará justicia a su historia. Tampoco, lo que
resultaría más que lamentable, haría justicia a la generación de
nuevas mujeres p´urhépecha. Ni siquiera, vamos, a sus propios
hombres. Porque tiempo ha que por acá está faltando una
Representante de Bienes Comunales, una Comisariado Ejidal, una
Presidenta Municipal, una Diputada, una Senadora, una Gobernadora
p´urhépecha que enriquezca con la pindekua que le heredaron
sus nana k’ericha, el arte de servir y regir estas tierras. Que sea
ésa y acá su otra campaña.
Xiranhua así lo espera.
San Lorenzo Narheni, Meseta
P'urhépecha.
México.
Enero 15, 2006.
e-mail:
xiranhua@xiranhua.com
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