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   E d i t o r i a l  // 15 de abril, 2007

   San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha. México. 

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 El elemento agua busca auxilio...


          

          

Asignado por la ONU, pasó si  dejar huella. Como el día de las madres. Como tantas fechas. Ni siquiera porque México fungió como sede del Foro Mundial del Agua. La verdad sea dicha, si no hemos conseguido adquirir una nueva cultura del agua, tampoco podemos remediar su contaminación y afrontar su escasez. Sucede que no hemos adquirido conciencia y si la hemos adquirido, así sea un poco, no hacemos nada porque carecemos de vergüenza. A mucha deshonra. Para todos los mexicanos y, muy particularmente, para todos los michoacanos que rondamos las inmediaciones de donde se escribe, edita y difunde Xiranhua, ésos que seguimos explotando y contaminando hasta el hartazgo los valles de Zamora, Apatzingán y Los Reyes; las Ciénagas de Chapala y de Zacapu y, sobre todo, ¡oh dolor!, la Meseta P´urhépecha.

 

            Porque sin ella no hay vida, al menos como la conocemos, al agua hay que cuidarla. En su cantidad. En su calidad. Porque el agua, componente fundamental en el equilibrio de los ecosistemas, es un recurso limitado y en la medida en que se deteriore, escasee o se pierda, las repercusiones son bastas y graves. Y dadas las condiciones naturales y socioeconómicas de nuestro entorno regional, de este mesavalle que alberga a t´uríxiecha y p´urhépecha en el noroeste de Michoacán, la tarea de compensar el desequilibrio ambiental que le hemos inflingido será ardua. Sobre todo porque es y será imprescindible conseguir un equilibrio entre la disponibilidad de agua limpia y la magnitud de su demanda. Como es y será imperativo evaluar, a la luz de la nueva Ley Estatal de Equilibrio Ecológico, de manera estricta y sin autoengaños las políticas actuales en el manejo de nuestros recursos hídricos.

 

            Miren que descartando desde ya una mirada simple, basta una simple mirada a nuestro entorno geográfico para darnos cuenta cómo la erosión de nuestros montes, desde el cerro de Ecuandureo hasta el cerro de La Aguja en Los Reyes, desde el cerro de San Francisco en Jiquilpan hasta el cerro de Patamban, desde el cerro de la Beata en Zamora hasta el cerro de El Aguila en Paracho, ha alcanzado niveles desastrosos. En todo ellos, perdida que hubieron sus laderas su cobertura vegetal, las precipitaciones pluviales, cada vez más escasas y variables, se infiltran menos y arrastran a las partes bajas mayores cantidades de suelo. Y si a esa pérdida edáfica le sumamos la contaminación por basuras, el problema se agiganta. Sobre todo en lo que respecta a los cuerpos de agua superficiales, la contaminación llegó para crecer y, de no poner remedio inmediato, para quedarse. Que lo diga si no, el estado en que se encuentran los lagos de Chapala, Pátzcuaro, Cuitzeo y hasta lagunillas como la de San Juanico, por citar una. Que lo griten si no el estado en que también se hallan ríos como El Duero, El Lerma, El Itzícuaro, El Cupatitzio y hasta riachuelos como los de Jiquilpan y Sahuayo. Y si a esto sumamos el desperdicio criminal del recursos hídrico y su reciclaje nulo, entonces debemos reconocer que hemos terminado de construir un área de desastre ecológico como herencia para nuestros hijos.

 

            De modo que a pesar de los discursos y escritos alusivos al Día Mundial del Agua, el pronóstico para nuestro entorno inmediato no es nada halagador. Lo que debería llenarnos de horror y de vergüenza. O más bien, lo que debería ponernos a trabajar desde ya para corregir el estado de la cuestión. Cuestión no sólo de bienestar, sino de supervivencia. Y si no hacemos caso, no tardará ni ocho años para comenzar a enfrentar una situación crítica, Al menos eso dicen los expertos de la CNA y los del Banco Mundial. De ahí que sea necesario promover desde todos los frentes una nueva cultura basada en el uso eficiente, en el saneamiento y en la reutilización de ese líquido vital cuyo día celebramos sin de veras celebrar. Por lo pronto mucho avanzaríamos si en cada población comenzamos por obturar las fugas, por no dejar abiertos los grifos, por evitar la contaminación salvaje de nuestras basuras, por parar en seco la deforestación, por prevenir los incendios forestales, por cuidar en grado sumo la no proliferación del cambio de uso del suelo como Zamora lo hace. Y, si nos decidiéramos a trascender las formas asegurando su fondo, comenzar a conformar el manejo integral de nuestras cuencas hidrológicas. Porque el agua, para nuestros bien, no necesita un día, sino todos y cada uno de los día de nuestras vidas.

 

           San Lorenzo Narheni, Meseta P'urhépecha.  México. Abril 01. 2006.

                                         

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