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Los mexicanos debemos preocuparnos. La sucesión de atentados
recientemente perpetrados a ductos de PEMEX constituyen una
señal de alerta social. A más de los innumerables problemas que
sacuden a nuestro país, intempestivamente han surgido uno o más
grupos que más allá de cualquier derecho a la resistencia civil,
comienzan a ejecutar actos de terrorismo. Lo que origina una
situación grave. Sobre todo cuando el Presidente en el poder aún
no es legitimado por una buena parte de la población y cuando en
el poder legislativo se la representación de un grupo político
que rechaza sin más cualquier iniciativa por el hecho de que
emane del grupo en el poder. Así acotado, las capacidades de
maniobra del Poder Ejecutivo se reducen. Lo mismo que su
capacidad de respuesta a actos terroristas que pueden sin más
emprender una espiral de violencia de por sí difícil de frenar.
Esas explosiones en los ductos
de gas a más de que han dejado sin suministro a las manchas
urbanas circunvecinas, a quien de veras dañan es al Estado.
Porque le apuntan al corazón. Por desgracia, otea en el
horizonte la actuación criminal de grupos organizados cuyo
propósito político es crear alarma social. Su objetivo consiste
en subvertir el orden constitucional alterando gravemente la paz
pública. Su estrategia: doblegar al Gobierno para que satisfaga
sus demandas, así consideren necesario volar ductos, volar
vidas, violentar derechos de terceros. Se trata entonces de la
llegada del odio institucionalizado. Acuse de llegada del crimen
organizado cuyo tejido puede sumar en la clandestinidad a
delincuentes comunes, a luchadores sociales, a partidos
políticos, a narcos y quizá, hasta grupos del terrorismo
internacional que nada tienen qué ver con lo que de veras le
importa a los mexicanos.
Destruir resulta fácil. Afectar de esa manera, cuesta poco y
daña mucho. Quedan en desventaja sociedad civil y sus gobiernos
democráticos. No cabe duda, el terrorismo actúa a escondidas y,
siempre, con premeditación y ventaja. Recluido en la
clandestinidad no sería de extrañar que en público se vista de
ciudadano común, de próspero empresario, de institución de
beneficencia, de partido político, de defensor de la justicia y
hasta de salvaguarda de los derechos humanos. De ahí que al
terrorismo le resulte fácil sumar a sus filas y finalidades a
grupos civiles que no son ni buscarían jamás “ser terroristas”.
Y es que, así se valga del asesinato, del secuestro, del
atentado y demás, siempre reviste su acción de causas legítimas.
Para el terrorismo el fin justifica los medios. Cualesquiera que
éstos sean. Por eso ahora aparece el EPR violentando el estado
de Derecho, en tanto exige sin más la libertad de algunos de sus
presos.
El Ejército Popular Revolucionario,
cabe recordar, es la organización guerrillera que reivindica la
autoría de esos atentados terroristas. Al asentar sus bases en
Michoacán y Guerrero, nos queda en casa. De hecho tiene una cara
pública: el PDPR o Partido Democrático Popular Revolucionario.
Y, que quede claro: también debe tener muchas caras ocultas. Por
eso en tanto los mexicanos debemos preocuparnos, los michoacanos
debemos ocuparnos. Jamás compartiendo sus métodos. Pero sí,
muchas de sus causas. Las que si denominamos marginación,
miseria e injusticia social, nos toca corregir sin más y con
todas nuestras fuerzas. Porque resulta trágicamente
significativo que mientras en México se halla el asiento del
hombre más rico del mundo, cundan los hogares de los que no han
tenido ni tienen otra cosa que la ofensa histórica del despojo
de sus derechos y tierras. Que no es otro el caso de los
marginados urbanos. Y de los grupos indígenas. Entre éstos, la
Nación P´urhépecha. Grupos humanos que en nuestro Estado
constituyen la mayoría más noble de los michoacanos. |