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¿Dónde andará la conciencia histórica de
los p´urhépecha? Ciertamente no en el centro de la etnia.
Tampoco en la mente de cada comunidad. Mucho menos en el corazón
de cada persona. Y no es que no exista. Porque el pueblo
p´urhépecha lleva bien asentado en su bagaje cultural que a cada
uno de sus miembros lo une un trasfondo histórico común, un
territorio, una misma cosmogonía y una misma lengua. De ahí lo
peculiar de su identidad. De ahí su utopía. Y sus reclamos. De
ahí también los avatares que se allega. De ahí además que
axiomáticamente adquiera la conciencia de que los males le
lleguen de fuera. Algunos, como el despojo de lengua, territorio
y religión, innegables. Otros, como el deterioro ambiental en
que se encuentra, no tanto, quizá. Pero donde la conciencia
histórica les flaquea, apunta a que antes, en su unión, tenían
la fuerza.
No más. Ahora duele y desespera que casi se vuelva
axioma que el peor enemigo de un p´urhépecha, pueda ser otro
p´urhépecha. Que el peor enemigo de una comunidad sea la otra.
Que el peor enemigo de su autonomía como Nación sea el estado de
desunión en que sus comunidades se encuentran. De ahí la
recurrente imposibilidad de que el pueblo p´urhépecha se ponga a
pensar y filosofar como ente cultural. De que, trascendiendo los
vivas y ayes locales, se ponga a mirar el conjunto de sus
bienes y sus males. O lo que pareciera inaudito, que en vez de
tratar sus asuntos comunitarios como si fuesen asunto
individual, los mire, gestione y trate de manera comunal. Ésa
cuya propuesta reza: lo que a uno le acontezca, asunto de todos
es. Por eso no es de extrañar que a coste de la asamblea
comunitaria -con su sensatez y su fuerza- el individualismo que
le aqueja esté dando pie, según la usanza neoliberal, a
innumerables líderes y profetas. Agoreros. Mercantiles.
Apócrifos. Saliendo entonces peor el remedio que la enfermedad.
¡Ah, cómo hace falta entonces que recobre su
conciencia histórica! Porque cuando toca atestiguar que antes de
sopesar un conflicto, vaya, entre dos comunidades vecinas, en
vez de apuntalar el diálogo intercomunitario, apuntalen no sólo
la coacción y la fuerza, sino que acudan sin más al secuestro y
a conatos o ejercicio de violencia; entonces es que las
generaciones actuales olvidan lo que históricamente caracterizó
a las de antes: la prudencia. También, el sentido de etnia. ¡Ah,
cómo hace falta entonces, reitera Xiranhua, que recobre
la conciencia histórica! Porque un número cada vez más grande de
jóvenes p´urhépecha, mero a la usanza t´urixi, no sólo se
atreve a aceptar, sino que se desvive por conseguir y medrar un
cargo comunitario. Sin un bagaje cultural endógeno se lanzan y
lanzan a sus comunidades por el camino de la improvisación y de
la imprudencia. Olvidan que si, para ejercer la autoridad como
servicio, algo no necesitaron los tata k´éricha, fue el
uso de consignas o actitudes violentas. Sobre todo a niveles
internos de una comunidad. Es más, ni siquiera para dirimir
intercomunitarias diferencias. Lo que un líder verdadero jamás
debiera olvidar.
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