En el
principio era la palabra. Y la palabra se hizo comunicación.
Devino así la cultura oral. Fue desde la oralidad que el hombre,
al considerarla volátil, quiso perpetuarla por la tradición.
Tradición conlleva trasmitir de voz en voz, de familia en
familia, de pueblo en pueblo. Sólo que “de voz en voz”
resulta harto fácil que el contenido se trastoque. No es lo
mismo comunicar: “yace el rey en la cima”, que “el
pobre en la sima yace”. De ahí la necesidad ineludible de
fijar la palabra. Y la palabra se arropó de signos. Y el signo
dio pie al petroglifo y, tras múltiples tanteos, a la escritura.
Con la escritura la cultura pudo marcar un punto de referencia y
éste, un hilo conductor. Porque a “la palabra”, dicen, “se
la lleva el viento”. A lo escrito, no. Por eso la humanidad
dio un gran salto cultural cuando, dándoles un signo gráfico,
pudo codificar los fonemas y unirlos de manera tal que
estandarizaran la palabra escrita. Fue así que nació el escrito.
Milenios después, el papiro, el rollo. El libro. Y, con su
colección, la bodega del saber. Luego vino forjar las letras en
tipos, acomodarlas embarrándolas de tinta, imprimir el libro,
difundirlo y con su lectura, universalizar el acceso a la
cultura escrita.
Fue, gracias a este medio y su capacidad de copia
infinita, que el hombre común pudo hacerse más sapiens. Y
los pueblos también. Sobre todo los que comenzaron a tener un
acceso expedito a la palabra escrita. No hubo ciencia ni mito ni
mentira que no acabara envuelta en esa red de papel y tinta.
Nacieron así la historia subjetiva y la historia oficial. El
libro sagrado. El texto universitario. La cartilla de
alfabetización. Cuestión del color, de la ideología, del talento
y hasta de la posición social con que se escriba. Lo que dio pie
al postulado, al alegato, a la réplica y a la contrarréplica.
Alguien escribe su verdad. Otro le antepone la suya. Y entre
verdades y mentiras escritas devino la facilidad de discernir lo
que antes, mucho antes o “en el principio”, hubieron
estipulado como verdad o verdades absolutas. Y la palabra se
democratizó. Si cuando en la cultura oral la voz la imponían la
autoridad o el púlpito, al democratizar el escrito pudieron los
menos difundir los suyos. Fue así que pueblos empujados al
etnocidio, ésos de rancia tradición oral -y me refiero a pueblos
como los pueblos originarios de América- para protegerla de las
inclemencias del tiempo, comenzaron a empalmar su tradición oral
con la aserción escrita.
No por otra cosa, 500 años después del despojo
cultural de que fueron objeto, nació hace un poco más de dos
quinquenios un medio de expresión escrita arropado por el nombre
de Xiranhua, precisamente porque no quiso desarraigarse
de su raíz cultural. Pasados unos años, regresó a la palabra
oral, que es la de sus orígenes y Xiranhua escrita se
despegó de su papel y tinta y se encarnó en “palabra al aire”
para así poder desencadenarse de su entorno geográfico y abarcar
al mundo. Mundo moderno que tiene en poco la palabra oral y en
menos la palabra escrita. Mundo de la imagen. Que porque “una
imagen vale más que mil palabras”, arguye. Es por eso que
para reencarnarse, Xiranhua ha comenzado a transmitir
imágenes; sólo que esta vez, bajo el formato cibernético del
video digital, imágenes en movimiento. Así, para que la historia
y los reclamos de los pueblos originarios -como originario de
estas tierras lo es el pueblo p´urhépecha- den al blanco; se
propone atestiguar su vida, padeceres y logros en ese formato.
Así blindará su alegato. Llamará así a la atención propia y, en
medio de las ofertas trasnacionales de los poderosos, a la
atención de la aldea global. XiranhuaTV,
www.xiranhua.com.mx, continuará, nadie
lo dude, siendo fiel a las causas que la hicieron nacer. Que son
las causas: las raíces de los pueblos originarios.